La invasión de Ucrania ordenado por Vladimir Putin el pasado 24 de febrero causó un impacto colosal en todo el mundo, especialmente en una opinión pública europea poco preparada para asumir el retorno repentino de la guerra, pese a la acumulación de indicios que la hacían cada vez más probable. La reacción general fue tanto de condena y rechazo a la brutalidad y perfidia de la agresión como de simpatía y apoyo al pueblo ucraniano. Desde el principio se dibujaba un escenario en el que quedaba claro quién era el agresor y quién el agredido, mientras se consolidaba un estado de opinión mayoritario partidario de hacer frente a la salvaje transgresión de las normas del derecho internacional.

No obstante, un sector minoritario de la opinión pública, identificado con la izquierda radical, censuró la posibilidad de una injerencia occidental en el conflicto aduciendo justificaciones y atenuantes al ataque del ejército ruso y activando los resortes de un pacifismo y de un antiamericanismo de viejo manual progresista. Así, se escuchó el eslogan ritual del «¡No a la guerra, no a la OTAN!» y se descalificó a los partidarios de ayudar militarmente a Ucrania como «partidos de la guerra», al tiempo que se proponía como toda respuesta una etérea acción diplomática de «precisión».

Desde el corazón mismo de Ucrania, el historiador Tara Bilous dirigía una carta abierta a la izquierda «anti-guerra» occidental (sinpermiso, 26-2-22) en la cual consideraba que su oposición ideológica a la injerencia occidental en Ucrania les ahorraba la tarea de analizar seriamente quién era el responsable principal de la guerra.

Con la autoridad moral de un pacifismo acreditado, Santiago Alba Rico escribía en CTXT (25-2-22): «La consigna “no a la guerra, no a l’OTAN” es completamente inapropiada para el momento y para el acontecimiento. Este eslogan hoy sólo puede interpretarse o como regüeldo de la guerra fría o como mera yuxtaposición de males… Los pacifistas, que consideramos malas todas las guerras, no hemos podido evitar la invasión de Ucrania como no pudimos evitar la invasión de Irak.» De manera semejante se expresaba Sheri Berman en Social Europe (28-3-22), al constatar que aún hay sectores de la izquierda encallados en una visión del mundo propia de la guerra fría que reaccionan ante los acontecimientos mundiales con respuestas impulsadas por la oposición a los Estados Unidos.

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Se ha denunciado con lucidez que el simplismo de la extrema izquierda anti-OTAN ha permitido que pasaran ahora inadvertidas las relaciones de la extrema derecha occidental, del trumpismo norteamericano y de los brexiters británicos con Putin. Nick Cohen lo ha puesto de manifiesto en el caso británico al denunciar «el extraño silencio de la derecha que alababa a Putin» (elDiario.es, 25-3-22). Y Steven Forti, en CTXT (3-3-22), ha recordado que «el mejor y único amigo que Putin ha tenido en España en los últimos años es el propio líder de Vox. Y lo más espeluznante es que en los medios de comunicación casi nadie parece recordar ahora las conexiones de Abascal y compañía con el autócrata ruso».

Hay que decir que este tipo de reacciones se ha ido desvaneciendo con el paso de los días, a medida que se hacían más evidentes los efectos terribles de la agresión en una población civil impelida a huir y buscar refugio en países de la Unión Europa, cuando se manifestó la voluntad de resistencia de las autoridades legítimas de Ucrania bajo el valiente liderazgo de Volodímir Zelenski y el mundo asistía horrorizado a la bravata de Putin de escalar el conflicto hasta el límite de la amenaza nuclear.

 

Los que comprenden a Putin

Así y todo, han persistido opiniones y tomas de posición de que un modo u otro sirven para justificar y legitimar la acción emprendida por Putin. Son los putinversteher, neologismo alemán que significar «los que comprenden a Putin». Los que consideran plausibles algunos de los argumentos políticos e históricos utilizados por el presidente de la Federación Rusa para justificar la invasión de Ucrania, entre los cuales destaca el argumento de que la guerra es el resultado de la imprudencia de Occidente y de la OTAN en sus relaciones con los países del hinterland de Rusia, que habrían provocado el sentimiento de inseguridad esgrimido por Putin.

Se obvia así la historia convulsa de los países del Este europeo, marcada por la recurrente amenaza imperial, primero de la Rusia zarista, luego de la Unión Soviética y, ahora de la Federación Rusa. Es esta amenaza latente la que ha decantado a los países del Este hacia Occidente, buscando la prosperidad y la seguridad negada por el poderoso vecino oriental, como lo expone Michael Ignatieff (Letras Libres, 24-3-22), que afirma que «la raíz más profunda de la catástrofe ucraniana se halla en el fracaso trágico de Rusia para seguir la ruta democrática».

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Nos enfrentamos a dilemas que no admiten ni diagnósticos errados ni respuesta simplistas, y que exigen rigor intelectual y claridad moral.

Al mismo tiempo, han arraigado opiniones que relativizan esta agresión, comparándolas con otras acciones llevadas a cabo por los países occidentales bajo el paraguas de la OTAN. Una actitud bien representada por el añadido «¿Y qué hay de…?», tendencia que en los Estados Unidos se denomina whataboutism y que se remonta al clásico latino tu quoque. Lo explica María Ramírez en elDiario.es (24-3-22): «Tras la invasión de Ucrania, se han multiplicado los “¿Y qué hay de…?” En algunos casos vienen de la pura maldad para promover la inacción, pase lo que pase, ante cualquier guerra; en otros, de la ignorancia y de unos pocos lemas inanes y cacareados sin cesar… El “qué” es lo único que importa, siempre, en cada momento. Y el “qué”, ahora, es Mariúpol, Járkov, Kiev»

También, en nombre del realismo geoestratégico, se difunde una interpretación basada en el determinismo de las relaciones de poder y se propone, en consecuencia, facilitar una solución del conflicto que consagre la existencia de una zona de influencia que limite la soberanía de los países limítrofes con Rusia. En esta posición se ha producido una extraña connivencia entre los sectores de la izquierda contrarios o reticentes a la injerencia occidental con representantes conspicuos de la escuela realista de las relaciones internacionales, como John Mearsheimer, tratando a Ucrania y a Europa del Este como un objeto en juego de un sujeto de la historia. Una connivencia que subleva a Paolo Flores d’Arcais, quien no se cansa de denunciar en sus artículos en MicroMega que la omisión de la ayuda militar que pide Ucrania es un regalo al agresor Putin.

 

Desafío cognitivo interminable

Contra el realismo determinista de Marsheimer se han oído voces como las de Anne Applebaum o Adam Tooze. Especialmente pertinente es la reflexión de Tooze en The New Statesman (8-3-22), donde escribe que «adoptar un enfoque realista respecto al mundo no consiste en buscar siempre un gastado juego de herramientas de verdades eternas, ni consiste en adoptar una actitud dura para vacunarse para siempre contra el entusiasmo liberal. El realismo bien entendido implica un desafío cognitivo y emo