Poco conocida fuera de Alemania, Sahra Wagenknecht se divisa como una posible revelación en las elecciones federales de la primavera de 2025, que bien pudieran avanzarse visto el desgaste del gobierno Ampel (semáforo): rojo (la SPD), amarillo (el FDP), verde (Die Grüne), presidido por Olaf Scholz, escasamente convincente como canciller después de Angela Merkel.

Una revelación que no sería la de una cara nueva en la política alemana, un outsider como últimamente han surgido aquí y allá. Wagenknecht es una profesional fogueada, que se inició en la política en 1989, unos meses antes de la caída del Muro de Berlín, ingresando a la edad de veinte años en el Sozialistische Einheitspartei Deutschlands, el SED, (Partido Socialista Unificado de Alemania), del cual ha conservado cierta tirada procomunista sin desprenderse del todo de cierta nostalgia de la Unión Soviética, que otros con parecido historial militante conservan también en forma de una rusofilia que los inclina a no condenar inequívocamente la guerra de Vladímir Putin.

En 2009 entró en el Bundestag (Cámara baja federal) en las listas de Die Linke (La Izquierda), el partido que reunió los rescoldos del SED y trató de avivarlos en los estados federados situados en el territorio de la que fue la República Democrática de Alemania, sin conseguir una implantación sólida en la Alemania occidental. Llegó a vicepresidenta del partido, aunque en constante tensión o abierta refriega con el resto del aparato dirigente, el cual intentó modernizar con aperturas poco digeribles para nostálgicos de paradigmas del pasado.

Con su Aufstehen (En pie!) intentó articular en 2018 un movimiento social al estilo de los chalecos amarillos de Francia o de los indignados de Podemos, sin conseguirlo. De las experiencias políticas ha conservado los colores rojo, amarillo y morado que alterna en sus trajes de chaqueta de muy buen corte, a modo de mensajes en clave, sin dejar de usar otros colores, incluido el verde, a pesar de lo mucho que detesta a Die Grüne (Los Verdes) por su ecologisme, que considera radical, inaplicable. El policromado de la vestimenta se puede interpretar como una alusión a las diferentes facetas de su proyecto.

 

Buena polemista

Wagenknecht no es una intelectual y es una exageración compararla con Rosa Luxemburgo (1871-1919), no ya en el terreno revolucionario, ni siquiera como teórica de la izquierda, pero intelectualitza conceptos políticos, algo poco frecuente en la generalizada aridez del terreno político. Habitual en las mesas de debate sobre la actualidad política, en particular en las que los domingos anima Anne Will en la cadena pública ARD, es una buena polemista con un cuidadoso dominio de la lengua y del lenguaje político, que defiende sus tesis con solvencia y aplomo, incluso con la frialdad que desprende una estudiada pose un tanto hierática.

Ciertos datos de su vida privada resultan útiles para la lectura política de su proyecto. Se divorció en 2013 de Ralph-Thomas Niemeyer, escritor y periodista, investigado en marzo de 2023 por sus presuntas conexiones con el grupo de extrema derecha Reichsbürger (Ciudadanos del Reich), y en 2014 se casó con Oskar Lafontaine, que lo fue casi todo en la política alemana: alcalde de Saarbrücken (1974-1985), ministro-presidente del Saarland (1995-1999), candidato a la cancillería federal en diciembre de 1990 —elecciones que ganó Helmut Kohl—, ministro federal de finanzas (1998-1999), presidente de la SPD (1995-1999), partido que abandonó en 2005 con gran estruendo mediático y público por su dura crítica a la posición, según él, neoliberal del canciller Gerhard Schröder. Participó en la fundación de Die Linke, ocupando la copresidencia (2007-2010) y siendo cabeza de lista en las elecciones federales de 2013 y 2017.

Sahra Wagenknecht afirma que la larga experiencia política de Oskar Lafontaine, es una orientación imprescindible en Alemania.

El 2022, Lafontaine dejó Die Linke, frustrado por su anquilosamiento, y se retiró de la actividad política, pero conserva un aura de outsider contestatario, de heterodoxo de la izquierda; en varias ocasiones ha manifestado su admiración por el mayo francés del 68, una pincelada significativa en el retrato del personaje.

Sin una participación pública en los sucesivos proyectos de Sahra Wagenknecht, esta afirma que la larga experiencia política de Oskar Lafontaine es una orientación imprescindible en Alemania. Además, ha sido un teórico notable de la socialdemocracia, su libro Die Gesellschaft der Zukunft. Reformpolitik in einer veränderten Welt (1988), (La sociedad del futuro. Política de reforma en un mundo cambiante), todavía es una referencia para el reformismo socialdemócrata (radical), y seguro que ella lo conoce.

 

El viaje inverso

En cierta manera, Wagenknecht pretende hacer el viaje inverso al de Lafontaine que, desde su trayectoria occidental, trató de aunar en Alemania a la izquierda occidental con la izquierda oriental. Ella, desde sus antecedentes políticos orientales, trata de penetrar con su proyecto en el campo alemán occidental, todavía el dominante en Alemania.

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Cuando en octubre de 2023 Wagenknecht rompió definitivamente con Die Linke llevándose nueve diputados del partido en el Bundestag, sin renunciar ninguno a su acta —Die Linke se queda solo con 28 diputados, insuficientes para formar una minoría parlamentaria— desgranó las razones que la mueven a fundar el partido que tiene anunciado para enero de 2024. Entretanto, su proyecto se incuba en Büdnis Sahra Wagenknecht, BSW (Asociación SW), una señal inequívoca de presidencialismo anticipado y de firme personalismo.

El país tiene que renunciar a «un activismo ecológico ciego» y a «la inmigración descontrolada», ha declarado.

Entre las razones invocadas destacan: «Si las cosas siguen como hasta ahora, dentro de diez años nuestro país será irreconocible»; «Alemania federal tiene el peor gobierno de su historia»; las infraestructuras y los servicios públicos «se encuentran en pésimo estado»; el país tiene que renunciar a «un activismo ecológico ciego» y a «la inmigración descontrolada»; hay que volver a «una política económica razonable» y liberarse de los lobbies que «han vaciado las arcas del Estado»; el Estado tiene que «recuperar la confianza de los ciudadanos», que ya «no se sienten representados por los partidos políticos actuales».

Por todo esto, según Wagenknecht, existe en Alemania «un espacio político vacante», que la actual deriva del gobierno de Scholz, con su «militarismo», insólito después de 1945, las sanciones ilegales en Rusia, la pérdida del gas y el petróleo rusos y el peligro de la pérdida o reducción del mercado de China, no hace más que ensanchar.

Wagenknecht apunta —incurriendo en un alto riesgo ideológico y político— a los electores de la ultraderechista Alternative für Deutschland, la AfD, que las estimaciones sitúan en el 20% del voto en el conjunto de Alemania y en más del 30% en la parte oriental, muchos de los cuales –dice— «no son de derecha, pero están desesperados, airados, y votan al AfD».

A estos, les hará «una oferta seria» que, según ella, detendría el crecimiento del AfD: medidas sociales decididas, salario mínimo de 14€ hora, aumento de impuestos a los acaudalados y a las empresas para financiar las medidas sociales, revisión o anulación de los gastos previstos en armamento, fijación de precios máximos en determinados productos para contener la inflación —traumática en la memoria alemana— y, muy especialmente, la contención de la inmigración masiva, «nos faltan 700.000 viviendas, no podemos alojar a nadie más», «la llegada de tantos inmigrantes y refugiados vuelve imposible la integración», lo mismo que decía Lafontaine ya a principios de este siglo.

Esta sensación de haber llegado al límite en la capacidad de acogida es ampliamente compartida por la opinión pública alemana. Incluso el respetado presidente federal Frank-Walter Steinmeier se ha referido a ello con rotundidad: «Alemania no puede acoger a más inmigrantes y refugiados» (con frecuencia la distinción y separación de los unos y los otros es difícil o confusa) y un dubitativo Scholz parece también dispuesto a encarar la cuestión de la inmigración.

 

Disputar el voto al AfD

Wagenknecht quiere transitar por la inédita experiencia de una formación política que defienda realmente a la clase trabajadora desde postulados de izquierda y, a la vez, corrija —si hiciera falta fuera de los estándares de la izquierda— las desviaciones, los excesos y las omisiones liberales, principalmente en inmigración, ecología y política exterior. En estos tres campos Wagenknecht piensa disputar el voto a la AfD, y en el social al SPD y a lo que quede de Die Linke.

La sensación de haber llegado al límite en la capacidad de acogida es ampliamente compartida por la opinión pública alemana.

En Alemania hay descontento en relación con los tres campos, sin que la política vacilante en el terreno social del gobierno semáforo lo compense y calme. De ahí la pérdida de confianza en socialdemócratas, liberales y verdes, así como la desconfianza hacia la política en general. Un fenómeno, este, nuevo en Alemania, donde la estabilidad política había sido una constante, traducida en la alternancia de la democracia cristiana de la CDU y la CSU bávara y la socialdemocracia del SPD con el comodín de liberales y verdes; estabilidad que sirvió de suelo de hormigón armado sobre el que asentar el éxito económico empresarial, una prosperidad extendida y la eficacia del Estado de bienestar.

Todo esto ha entrado en crisis, de un lado, por el desgaste de la fórmula de la alternancia de los viejos partidos, y, de otro, por la incidencia de factores externos; sin duda, por las consecuencias de la pandemia y de la guerra de Ucrania, que los alemanes tienen, y sienten, muy cerca —la distancia en coche de Berlín a Leópolis, la primera ciudad ucraniana grande pasada la frontera, que ya ha sido atacada por los misiles rusos, es de 924 km; la de Barcelona a Sevilla 993 km— y ahora por la guerra de Israel y Hamás en la Franja de Gaza que en Alemania agita conciencias y remueve sentimientos por la memoria del Holocausto judío.

Y el factor que provoca más inquietud transversal, hasta figurar como la primera preocupación de los alemanes, es la inmigración, en la cual incluyen a los refugiados, aunque su condición y estatus legal, si se confirma, sea diferente. Dicho sin tapujos, preocupan die Ausländer (los extranjeros) —palabra y significado que surgen a menudo en las conversaciones corrientes—, la presencia de los cuales en Alemania es visualmente perceptible, impactando en determinadas áreas urbanes: basta con visitar ciudades como Ludwigshafen, Colonia, Stuttgart, Frankfurt, Múnich, Hamburgo o la misma Berlín.

Wagenknecht, que iba denunciando este desbordamiento cuando todavía era una dirigente de Die Linke, ahora lo sitúa como punto central en su proyecto. Hasta Wagenknecht, la izquierda en Alemania no se había atrevido con la inmigración —ni tampoco la izquierda en otros países—, tanto más cuanto que Angela Merkel en 2015 tuvo el valor moral y político de abrir las fronteras de Alemania a cerca de un millón de refugiados sirios, lo cual se dice que ha provocado un efecto llamada –ciertamente, los refugiados de medio mundo gritan con mucho fervor To Germany! (A Alemania!)—. Mientras la sociedad alemana de acogida hace tiempo que siente el desbordamiento, se habla ya de «choque cultural» por la inmigración.

Si no se convierte en un proyecto colectivo y una marca identificable, diferenciada de las siglas SW, el partido de Sahra Wagenknecht puede durar lo que dure ella en escena.

Es una cuestión clave para la verosimilitud del proyecto de Wagenknecht hasta qué punto la contención de la inmigración masiva consistirá en un intento de gestión racionalizada del fenómeno inmigratorio respetando los derechos fundamentales y los principios y reglas democráticos o prescindirá de ellos, si resultan un obstáculo para la contención efectiva, y acabará derivando en un rechazo duro más o menos parecido al de la AfD.

Este es el aspecto más complicado, más arriesgado, más sensible del híbrido político de Wagenknecht, que todavía no ha revelado cómo se propone llevar a cabo la contención, y a este fin tendría que responder a unas preguntas elementales: ¿contener a los emigrantes en las fronteras de Alemania estableciendo controles, o en los países de origen aportando fondos para fomentar el desarrollo y retener a los eventuales emigrantes?, ¿cuántos inmigrantes más y quienes?, ¿qué hacer con los miles de inmigrantes irregulares y solicitantes de asilo no concedido que se encuentran en Alemania?

Si consiguiera encontrar respuestas equilibradas, su proyecto dejaría de ser un híbrido para conformar un modelo exportable. En todo caso, ante el auge de la ultraderecha, que conservadores, liberales y socialdemócratas no consiguen frenar, Wagenknecht tiene derecho a intentarlo desde su híbrido y a ser respetada en el intento, sobre todo por parte de las izquierdas que han dejado que la cuestión social de la inmigración se pudriera y fuera distorsionada y demagógicamente aprovechada por la ultraderecha.

 

Riesgo de personalismo

De momento, el híbrido tendrá que eludir acusados riesgos políticos e ideológicos con denuncias de populismo incluidas —también se escucharán penetrantes comparaciones con la AfD, que ya ha saludado el proyecto con un demoledor fast eins zu eins AfD (casi igual al AfD)—. Y, un riesgo no menor: el probado personalismo de Wagenknecht en la concepción del proyecto que, previsiblemente, continuará en la práctica del partido.

A lo largo de la historia, todos los partidos políticos han tenido su origen en fundadores, pero solo perduran los partidos que han sabido dotarse de una identidad colectiva, de una marca fuerte, que les haya permitido superar vicisitudes políticas y cambios sociales. El mejor ejemplo lo tiene Wagenknecht en la misma Alemania con el SPD, el Sozialdemokratische Partei Deutschlands, el origen directo del cual se remonta a 1875, siendo así uno de los partidos más antiguos del mundo, seguido a poca distancia por el PSOE, fundado en 1879.

Si no se convierte en un proyecto colectivo y una marca identificable, diferenciada respecto a las siglas SW, el partido de Sahra Wagenknecht puede durar lo que dure ella en escena.