Las ciudades que compiten con Barcelona en la carrera de las reputaciones urbanas excelsas están de enhorabuena porque ella languidece desangrada por heridas profundas. Las principales son la crisis existencial de Catalunya (recordemos que para buena parte de la opinión pública mundial es una simple segunda denominación de Barcelona), las frecuentes algaradas rodeadas de dejación policial que prolongan el descarrilamiento del Procés, y la profundidad de su decaimiento económico por la particular incidencia que tiene en ella el parón turístico debido a la pandemia.

Hay una infeliz coincidencia de decadencias con la de la otra gran marca acreditada de Barcelona. El Barça, hasta hace poco reconocido a escala planetaria como el mejor y más atractivo club de fútbol por su perfecta rotación en torno al rey sol Messi, se ha apuñalado a sí mismo. El mundo ha descubierto que en la entidad que admiraba conviven la ruina económica, un duro momento deportivo y un inmenso desprestigio por malas prácticas de delincuencia común. Quien enamoró a las almas sensibles de todo el planeta convirtiendo gratuitamente su camiseta en una plataforma de respaldo a UNICEF degeneró hasta gestionarse entre sonrisas amables sin ningún respeto a la ética. Ahora sus dirigentes deben responder ante la justicia por un encadenamiento de delitos fiscales, despilfarros imprudentes, probables apropiaciones indebidas y maniobras barriobajeras a través de la red para agredir a rivales personales del presidente e incluso a jugadores del primer equipo –como el propio Messi y Piqué– por no considerarlos suficientemente sumisos en sus opiniones y actuaciones ajenas al juego. Todo lo anterior ha ido unido a un desprecio absoluto a los socios, propietarios legales de la entidad, sorteando los mecanismos democráticos internos de control.

¿Están relacionados estos dos declives? Aunque haya puntos de vista diferentes sobre ello se puede dar por seguro que la esquizofrénica situación política catalana haya influido para mal tanto en el declive de la imagen de la Barcelona-ciudad como en el desbordamiento de la racionalidad en el Barcelona-club. La sociedad catalana ha perdido sentido común y compostura con la profunda fractura interna en dos que padece y es muy difícil para Barcelona vivir en la toxicidad y las situaciones generales con estas características son propicias para los aventureros de todo tipo. Cuando éstos, así como militantes antisistema e independentistas elegidos democráticamente anteponen con prisas desde esferas de poder sus objetivos particularistas a los objetivos más amplios compartidos por la mayoría absoluta de la gente, las cosas suelen ir bastante mal.

 

Vivir en la toxicidad

A la ciudad de Barcelona le está costando todavía más de lo que le correspondería en estos tiempos del covid conservar su modelo económico. Desde hace tiempo las televisiones de los cinco continentes muestran insistentemente una de las nuevas y poco atractivas banderas que la representan: los incidentes callejeros. Por razones de información general pero también con cierta saña (la competencia entre los destinos turísticos es una de las guerras menos frías que se han declarado entre sí los países pudientes), los reportajes publicitan que viajar a Barcelona proporciona probabilidades de comprobar desde primera fila pillajes casi impunes de grandes establecimientos comerciales, rachas de ataques a oficinas bancarias (a cargo de enmascarados que llevan tapada la cara desde mucho antes del inicio de la pandemia), y la ya tradicional quema ritual de contenedores así como de mobiliario urbano que tanto tuvieron que reclamar otrora los movimientos vecinales democráticos. Estas cosas pasan asimismo en otras ciudades pero la capital catalana tiene cierto liderazgo.

De repente se le ha puesto cara seria tanto al turismo masivo potencial, tan necesario para el buen nivel de vida burgués de la ciudad como a los inversores de todo tipo que en las décadas anteriores habían hecho suculentos negocios entre el Tibidabo y el mar dejando copiosas migajas a los trabajadores locales. Pasear o trabajar con la banda sonora del siniestro ruido de los helicópteros policiales que sobrevuelan las algaradas callejeras no es agradable, máxime cuando varias generaciones nunca podrán disociar eso de algunas imágenes de Apocalipsis Now, aunque la comparación sea exageradísima.

En paralelo, otro conflicto fundamental perturba la marca barcelonesa: la rebelión propagandística de quienes no aceptan que los electores municipales derrotasen institucionalmente a cierto aburguesamiento con toque progresista y le diesen la alcaldía a una sensibilidad joven básicamente verde y humanista. La alcaldesa Ada Colau ensaya traducir en hechos cosas que sus antecesores habían defendido preferentemente sobre el papel: la lucha contra la escandalosa contaminación local, dar prioridad a quienes caminan y a los vehículos de servicio público respecto al coche particular, poner límites y reglamentos al fantástico éxito de la atracción turística e impulsar una diversificación geográfica de las pernoctaciones y un freno al libertinaje con los pisos turísticos. Aunque explicado así parezca un simple pulso estas cuestiones se han elevado a la categoría de guerra de guerrillas por parte de diversos lobbies (hoteles, fabricación de automóviles, grandes propietarios del sector de la vivienda…). Colau aplica una estrategia de tanteos y probaturas con resultados desiguales, como el del aprovechamiento para uso popular de algunos cruces octogonales del Eixample. En cualquier caso el enfrentamiento tiene componentes mediáticos no siempre rigurosos que influyen en la imagen exterior y causan desprestigio a la ciudad, como ha ocurrido con campañas sobre la suciedad de las calles o la inseguridad que han tenido como denominador común la ausencia de comparaciones científicas con otras grandes ciudades similares. ¿Qué marca de éxito de la ciudad de Barcelona tiene más posibilidades de trascender, la vanguardista vital que proponen quienes la gobiernan o el intento de regreso a la apacibilidad burguesa básicamente comercial que plantean los discrepantes?

 

Ganar por una lona

Muchos analistas consideran que la victoria de Jan Laporta en las elecciones barcelonistas se decidió antes del disparo de salida cuando colocó su lona moderadamente desafiante en el centro de Madrid y a pocos metros del Bernabeu. A efectos de reputación ese puñetazo en la mesa dio la vuelta al mundo y era el mensaje que deseaban recibir quienes después de las trapacerías de Bartomeu no habían roto el carnet o no habían jurado desentenderse para siempre de su adhesión. En el corazón deprimido de los barcelonistas, electores o no, solo había posible receptividad para una campaña presidencial que demostrase con agresividad el regreso del pisoteado orgullo culé. El mensaje de que se haría todo lo que buenamente se podría para recuperar la estabilidad económica y volver a reunir un equipo de fútbol ilusionante era un simple sobreentendido. Las elecciones iban de sentimientos tras un ultraje, de darle el poder a quien tuviese más posibilidades de consolar a los niños heridos en su estima que pelotean con camisetas azulgranas en las cuatro esquinas del mundo, incluso en las azotadas por guerras, migraciones o hambre física. Víctor Font, el candidato perfecto, ante Laporta se pasó de científico cuando tomó en serio que un más que un club despechado lo que reclamaba era solo lógica, números y ejercicios probatorios de una ausencia de improvisaciones. Otra cosa: si en el pasado este tipo de elecciones las ganaba quien prometía el fichaje mentiroso más increíble, el muy mediático y mercantilizado fútbol posmoderno de hoy en día requiere otras cosas. Aunque sean igual de tramposas. Pero si un resquicio del sistema permite que el voto de la base elija al presidente en vez de que lo designe un consejo de administración o un jeque rico, puede pasar perfectamente que consiga el cargo el mejor corte de mangas contra todo lo sufrido.

Han sido estos elementos los que han aupado curiosamente tras el despilfarro y la corrupción a un expresidente que hace unos años llegó a perder moralmente una moción de conducta presentada contra su mala conducta. Pero Laporta ha sabido encarnar esta vez con una lona el mensaje de la ilusión virtual, e incluso ya se le atribuye –más que a Koeman– el subidón final en la eliminación del Barça en la Champions a manos del P. S. G. Con todo, su segunda oportunidad tampoco es ajena a la situación política catalana, pues al independentista Laporta le avalaba la bendición de los poderes fácticos secesionistas. Este tema, y la habilidad que muestre el nuevo presidente al administrar firmeza y ambigüedad, hacen pender desde ahora de un hilo que se amplíe o no el alcance de la expandida marca barcelonista en el resto de España y el mundo.