La escultura El Discóbolo, de Mirón de Eléuteras, del 450 aC describe con precisión fotográfica la anatomía desnuda de un atleta griego ejecutando el movimiento previo al lanzamiento del disco. El cuerpo girando, las costillas y los abdominales muy marcados y un cuádriceps portentoso.

Desde los primeros Juego Olímpicos de la Antigua Grecia el hombre se ha sentido fascinado por el deporte. No solo por las marcas y la competición en sí misma, sino también por el encanto de las formas de los cuerpos en pleno esfuerzo. En estos JJOO  de Pekín, cien años después de los primeros juegos de invierno de Chamonix, se han hecho unas fotografías impactantes. Las cámaras digitales y los objetivos de última generación hacen posibles unas imágenes cada vez más espectaculares.

La posibilidad de disparar a altas sensibilidades (ISO) permite trabajar a velocidades más altas deteniendo cualquier movimiento, por rápido que sea. También se puede disparar con mayor profundidad de campo, consiguiendo, cuando se utilizan largos teleobjetivos, una compresión de los elementos de la foto, de manera que las cosas o personas que están relativamente separadas, parece que estén pegadas unas a otras. Gracias a estas mejoras técnicas también han desaparecido el indeseado pixelado, el grano y la falta de resolución.

Si podemos considerar el fotoperiodismo una rama de la fotografía en general, dentro de este, la fotografía deportiva constituye otra especialización. Cuando hay un acontecimiento de la importancia de unos Juegos Olímpicos, las agencias internacionales envían a los profesionales más experimentados en la foto de acción.

La conjunción de la plasticidad del deporte, las mejoras técnicas de las cámaras y las manos expertas de los mejores fotógrafos hacen que incluso las personas no muy interesadas en el deporte queden boquiabiertas ante la belleza de las imágenes.