¿Vivimos esperando una catástrofe? Ese parece ser el signo de los tiempos, por mucho que la hecatombe nunca se consume o sea un espejismo. Desde la pandemia, dos guerras aún en curso y un inexorable cambio climático así lo estarían preludiando. Sin embargo, aunque a veces nos creamos únicos y exclusivos, sin duda por culpa de esa cultura del narcisismo con la que nos ha tocado convivir, otros periodos de la Historia ya atravesaron esos caminos. Retrocediendo un poco hacia el siglo XX, sin ir más lejos, los años 20 y 30 quedaron emparedados entre dos contiendas bélicas, a cuál más monstruosa, y dejaron tras de sí un arte del cataclismo que acabó, entre otras cosas, con la pintura figurativa y la novela realista. En breve: abandonó a la persona como medida de todas las cosas.

Tampoco nada de eso era nuevo. Por no salir del ámbito literario, el siglo se inició con la destrucción de la poesía tal como se había concebido hasta entonces, algo que debemos a Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé, en orden ascendente. Y en cuanto a la narrativa, ni siquiera debió esperar a Kafka para verse capidismimuida en su poder de identificación con el lector, como demuestran ya las últimas novelas de Flaubert o los volúmenes iniciales de En busca del tiempo perdido, que Marcel Proust empezó a publicar justo antes de que diera inicio la Primera Guerra Mundial.

Los años 20 y 30 quedaron emparedados entre dos contiendas bélicas, y dejaron tras de sí un arte del cataclismo que acabó con la pintura figurativa y la novela realista.

Por ello, cuando Henry James, en 1906, llevó a la imprenta La bestia en la jungla, su cuento hasta entonces más arriesgado, el proceso estaba ya en marcha. Aunque no suele atribuírsele mérito alguno al respecto, esta prodigiosa nouvelle debería constar entre los artefactos narrativos que contribuyeron en mayor medida a derrocar el viejo orden y profetizar la aparición del nuevo.

 

Catástrofe que se avecina

Quizá por eso, en el último año, esa obrita medio olvidada ha sido objeto no de una, sino de dos adaptaciones cinematográficas. No es de extrañar, pues su tema es, ni más ni menos, esa catástrofe que se avecina, materializada en la obsesión de uno de sus personajes en torno a algo que está por venir y que, según dice, cambiará su vida para siempre, como una bestia agazapada en la jungla que de repente se abalanzara sobre cualquiera que se aventure a pasar por las inmediaciones. La bestia en la jungla, el quinto largometraje de Patric Chiha, sigue con fidelidad el argumento que inventó James, pero cambia por completo tanto el espacio como el tiempo en los que transcurre.

En el otro extremo, La bestia, la última película de Bertrand Bonello, lo toma como punto de partida para fragmentar la historia en tres relatos entrelazados, que se desarrollan en paralelo manteniendo a los dos protagonistas principales. En cualquier caso, ambos films se niegan a realizar una adaptación de época, dan por muerto ese tipo de ejercicios y prefieren captar el espíritu de la obra original para ajustarlo a nuestro tiempo.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

La bestia en la jungla, en versión Chiha, sitúa a los dos personajes principales en una discoteca y los hace atravesar el último tercio del siglo XX, desde los años 80 hasta el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001, al son de los hitos del pop de cada momento. No estamos, sin embargo, ante una película musical, ni tampoco ante una crónica histórica, ni siquiera frente a una reflexión sobre el paso del tiempo y la crueldad que supone, aunque también haya un poco de todo eso.

Como en la novelita o cuento largo de James, somos testigos del reencuentro de una pareja que se ha conocido en otro lugar, del recuerdo de ella acerca de la obsesión de él y de los sucesivos diálogos que tienen lugar sobre la cuestión, a lo largo de los años, hasta que algo les hace ver que la «bestia» o la catástrofe siempre ha estado ahí, a su lado, observando implacable su tránsito hacia la vejez.

 

Estilización extrema

Mientras la obra de James avanza a lo largo de procelosos y densos diálogos, que envuelven a los personajes y a los lectores en una bruma espesa, imposible de descifrar hasta que ella misma procede a dispersarse, el film de Chiha utiliza el club nocturno como una especie de útero materno del que nunca salen, como si alguien los hubiera encerrado allí para que contemplaran su propia decadencia. El tiempo se inmoviliza, por mucho que se nos vaya informando de acontecimientos paradigmáticos que van de la victoria de Mitterrand hasta la irrupción del SIDA.

La ambientación del lugar, entre un barroquismo psicodélico y un inquietante estilo retro, consigue que el halo sobrenatural de la trama tome cuerpo en decorados imposibles, secundarios turbadores y fulgurantes elipsis. Y esa estilización extrema queda coronada por las interpretaciones abiertamente antinaturalistas de los dos actores principales,Tom Mercier y Anaïs Demoustier, ambos espléndidos en sus respectivos roles.

El film de Chiha utiliza el club nocturno como una especie de útero materno del que nunca salen, como si alguien los hubiera encerrado allí para que contemplaran su propia decadencia.

Pues bien, es precisamente esa tensión de la puesta en escena consigo misma, que en la película de Chiha resiste incólume hasta el final, la que termina rompiéndose en La bestia, la peculiar adaptación de la obra de James que ha llevado a cabo Bertrand Bonello, responsable con anterioridad de otros trabajos igualmente peturbadores, de Casa de tolerancia (2011) a Zombi Child (2019) pasando por Nocturama (2016).

Aquí ya no hay unidad alguna, sino que el argumento original se fractura en tres secciones de las cuales solo la primera mantiene una relación directa con él. Ahora es una mujer quien sufre la obsesión del título, el convencimiento de que algo va a suceder en su vida en un futuro inmediato, y es el hombre quien la persigue e interroga en el París de 1910, en medio de pavorosas inundaciones. Ella es, también, quien atravesará tiempos y épocas para reencontrarse una y otra vez con él, en lo que parece una historia de amor inmortal, pero también incumplido, que recala igualmente en 2014, en forma de delirante psychothriller que vuelve a reunirlos, y en 2044, en una distopía post-pandémica, en pleno auge de la inteligencia articifial, donde quizá podrían consumar su romance, que parece eternamente frustrado.

No piensen, sin embargo, que Bonello quiere construir una narración torrencial, una apoteosis del relato, ni tampoco que se entrega a una indiscriminada mezcla de géneros, del melodrama a la ciencia ficción, en la ya venerable tradición posmoderna. Sus intenciones son muy distintas. El paso de un registro a otro apenas observa variaciones de tono o estilo. Y el film aborda su material desde una poesía extraña, a la vez apoyada en ecos y repeticiones constantes y entregada a una disolución de las imágenes que toma como metáfora el agua y que culmina en una escena memorable: una persecución constantemente interrumpida por cortes tan anticlimáticos como el propio montaje paralelo que estructura el film.

 

La aniquilación de las imágenes

El objetivo de esta estrategia es indagar en un universo sin emociones ni pasiones, donde los afectos son progresivamente evacuados por la promesa de un futuro aséptico, allá donde se cumplirán las más aberrantes pesadillas tecnológicas. ¿Estará el cine incluido en esa gran devastación, enigma que la hipnótica presencia de Léa Seydoux parece poner sobre la mesa con melancólica fisicidad? ¿No es su progresivo declive, en favor de otras imágenes, un anuncio de la catástrofe? ¿Y no será esa la verdadera “bestia en la jungla”, la que ya está aquí pero aún somos incapaces de ver?

Si James anunciaba una dolorosa transformación de la novela hace más de un siglo, Bonello se atreve a insinuar lo propio ahora en el territorio del cine.

Pues el último film de Bertrand Bonello, sin duda uno de los más ricos y sugerentes de los últimos años, se ofrece con tal radicalidad a su audiencia que no se conforma con poner en duda la viabilidad de una emoción genuina en estos tiempos digitales. Su lenguaje se enfrenta al de las plataformas o internet asumiéndolos y subvirtiéndolos. Y se sumerge así en el líquido amniótico de la bestia que están gestando para dejar en evidencia lo que se proponen: la aniquilación de las imágenes del mundo tal como lo conocíamos. Si James anunciaba una dolorosa transformación de la novela hace más de un siglo, Bonello se atreve a insinuar lo propio ahora en el territorio del cine. ¿Cabe, en estos días, mayor provocación?