Las estadísticas demográficas registran que este verano ha sido el más mortífero en España desde 1950 y cifran en unas 20.000 muertes el incremento respecto a las esperadas entre junio y agosto, de manera que la mortalidad ha aumentado un 13 % en relación con el verano pasado y un 18 % respecto al 2020 (información de Ana Ordaz y Raúl Sánchez en elDiario.es, 10-9-22).

Difícilmente el frío dato estadístico llega a conmovernos personal y socialmente. Basta recordar cómo el terrible goteo de las muertes causadas por la pandemia del covid ha sido asimilado colectivamente como una fatalidad natural, sin que nos hagamos demasiadas preguntas sobre los motivos de que la mortalidad fuese más intensa en determinados territorios y colectivos. Un incómodo recordatorio explicitado por Josep Miró y Ardèvol en La Vanguardia (26-9-22).

En este contexto general, este verano se ha producido una sucesión de defunciones de personas con una proyección pública relevante que, de un modo u otro, han causado cierto impacto colectivo. Sin ánimo de exhaustividad y siguiendo un orden cronológico, se puede confeccionar una lista con los nombres de José Luis Balbín, Patxo Unzueta, Peter Brook, José Guirao, Emilio Ontiveros, Eliseo Aja, Josep Espar Ticó, Núria Feliu, Manolo Sanlúcar, Vicenç Pagès, Joan Ollé, Francesc Granell, Mijaíl Gorbachov, Jordi Cervelló, Isabel II, Javier Marías, Lola Ferreira, William Klein, Jean-Luc Godard, Irene Papas…

Como es habitual, los diarios les han dedicado artículos necrológicos y, en función de su relevancia, otros artículos y testimonios. Conviene recordar que el obituario constituye todo un género periodístico con unas reglas bien definidas: una breve información sobre la defunción y sus circunstancias da pie para ofrecer un contexto y resaltar la trascendencia pública y la significación de la vida de la persona fallecida. Con la dificultad de saber encontrar el tono adecuado para evitar que se convierta en una elegía, como recomendaba Bruce Weber, redactor de obituarios en el New York Times entre 2008 y 2016.

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Las muertes de Mijaíl Gorbachov y de Isabel II han provocado un alud de artículos necrológicos de todo tipo, entre los cuales destacan, por su excelencia, el obituario que Marilyn Berger dedica al último líder de la Unión Soviética en el New York Times (30-8-22) y el artículo del historiador Simon Schama en el Financial Times (9-9-22) sobre la reina de Inglaterra.

La periodista Marilyn Berger, en la tradición de excelencia de los obituarios de su diario, escribe una pieza canónica, sobria y exhaustiva a la vez. La larga extensión del artículo, con más de 8.000 palabras, habla por sí sola de la importancia capital otorgada a Mijaíl Gorbachov. Resiguiendo minuciosamente su biografía, describe sus éxitos y fracasos, explica el contexto y, sobre todo, señala su papel catalizador de un cambio histórico: «En 1989, y durante unos cuantos meses de euforia, la arquitectura política de Europa se transformó por la demanda popular de democracia. Siete países que durante más de cuatro décadas estuvieron encerrados tras el Telón de Acero volvieron a ser independientes. Algunos historiadores consideran que 1989 tiene tanta importancia como 1789, el año del comienzo de la Revolución francesa, y 1848, un año marcado por la agitación política en toda Europa.» Para concluir que «pese a las dificultades con las que se enfrentó, Gorbachov tuvo éxito al cambiar de modo drástico y permanente el carácter político, económico y social de lo que había sido en su momento la Unión Soviética, así como el mapa completo de Europa del Este. Pero él, más que nadie, sabía lo corto que se había quedado».

El historiador Simo Schama se aleja del canon periodístico de los obituarios y escribe un ensayo histórico sobre Isabel II y su significación para la monarquía británica, en un período de declive definitivo del Imperio Británico y de repliegue nacional del Reino Unido.

La cuestión que plantea Schama es cómo la reina fue capaz, pese a todo tipo de contratiempos, de mantener el prestigio de la Corona: «¿Qué quiere una nación de su personificación real? ¿Expectativas de que su jefe de Estado simbólico pueda elevarse de algún modo por encima de las abrasiones y agravios de la vida contemporánea y, sin embargo, comprender instintivamente y conectar con la suerte común? ¿Una persona que surja de la corriente del pasado, pero que extienda una mano guía hacia el futuro? ¿Quizá alguien que, en medio de la deriva y el zumbido del mundo digital, represente el anclaje y la sustancia?; ¿alguien impermeable a las prisas, que encarne la integridad, que se adhiera desinteresadamente, pase lo que pase, a las promesas hechas hace tiempo, a la tarea que tiene entre manos?»

Quizá por su carácter repentino, una de las muertes que ha causado más impacto en los amantes de las letras es la del escritor Javier Marías.

Y la respuesta que encuentra Schama no es otra que la de que Isabel II fue siempre fiel a la promesa que hizo antes de ser reina en 1947: «Declaro ante todos vosotros que toda mi vida, sea larga o corta, estará dedicada a vuestro servicio y al servicio de nuestra gran familia imperial a la que todos pertenecemos. Pero no tendré la fuerza para llevar a cabo esta resolución yo sola, salvo que os unáis a mí como ahora os invito a hacerlo.»

Quizá por su carácter repentino, una de las muertes que ha causado más impacto en los amantes de las letras es la del escritor Javier Marías, sobre quien se siguen publicando numerosos artículos. Ignacio Echevarría ha escrito en El Cultural (28-9-22) un elogio definitivo: «Javier Marías escogió muy pronto la liga en la que quería participar, la misma en la que jugaban sus escogidos maestros, y se reveló capaz de entrar en ella». Pero quizá es José Carlos Llop quien ha conseguido reflejar mejor el desamparo que deja la desaparición de Marías en sus lectores, al reproducir su reseña de Tomás Nevinson: «De momento a mí me gustaría estar en la piel de alguien que todavía no haya leído la última novela de Javier Marías y le esté esperando en una librería. Menudo festín le aguarda» (The Objective, 1-5-21).

Referirse a todos y cada uno de los nombres de esta lista luctuosa excede las posibilidades de este espacio. Valga, sin embargo, el comentario elegíaco que José Andrés Rojo, al constatar esta presencia impactante de la muerte, escribió en El País (16-09-22) sobre la huella que dejan algunos de estos artistas, periodistas, escritores, economistas, políticos…: «Los trataste, los leíste, los viste en la televisión y fuiste testigo de sus cambios, te enseñaron a mirar lo que pasaba con sus películas y fotografías, algunos quisieron transmitirte que las cosas del pasado tienen un valor y que hay que conservarlas, y otros más bien te sugirieron que hay situaciones que toca liquidar con urgencia y de modo fulminante, hubo aquellos a los que quisiste parecerte por su actitud o su elegancia, su heterodoxia o su inteligencia, de otros obtuviste consuelo, te hicieron temblar con su música, quisieron que supieras del valor de la palabra y de la importancia de escuchar al otro, algunos exploraron el camino de la sabiduría, pero sin nombrarlo nunca de este modo tan pomposo, aunque ya lo creo que lo hicieron: atrapar el sentido del mundo, tener noticia de la felicidad, descubrir la importancia de lo más pequeño.»

Y solo podemos decir amén a las bellas palabras de Giuseppe Ungaretti que Antoni Puigverd citó en su oración fúnebre por el escritor Vicenç Pagès: «Solo añadiré que estamos aquí para darnos los unos a los otros “la caridad feroz del recuerdo”».