Durante la primavera de 1964 Camilo José Cela realiza su primer viaje a los Estados Unidos, conferenciando –gracias a un plan que ha tenido en Gonzalo Sobejano su cerebro– en cerca de treinta universidades: Harvard, Columbia, Princeton, Yale, Stanford, Berkeley y un largo etcétera. Ese mismo año el escritor se traslada a su nueva casa de La Bonanova frente a la bahía de Palma de Mallorca, al tiempo que celebra el número cien de su impagable revista Papeles de Son Armadans (1956-1979). Su actividad es incesante y emprende la aventura, acompañado de su clan familiar, de Ediciones Alfaguara. Los tiempos editoriales prometen mejorar sustancialmente con la llegada de Manuel Fraga Iribarne al Ministerio de Información y Turismo en el verano del 62. En una carta a su admirado Américo Castro (3-VIII-1964) CJC le anunciaba a título privado:

«El próximo día 1º de septiembre comenzarán a dar sus primeros y previos pasos de tanteo y puesta en marcha las Ediciones Alfaguara, empresa que inspiro, superviso y manejo. Procuraremos hacer una editorial selecta, muy cuidadosa y respetuosa y honesta con los autores y con todos, de tendencia liberal y de realidades muy concretas y medidas y pesadas».

Detrás de la aventura editorial estaba el capital del constructor navarro Jesús Huarte, que contaba con el futuro Premio Nobel como presidente, junto a sus hermanos Juan Carlos, director gerente, y Jorge, director literario. De entre las muchas realizaciones –algunas de ellas inacabadas– es importante la proyección de la narrativa en catalán, tanto en la estupenda colección «Ara i Aci» (cuyo novelista estrella fue Xavier Benguerel) como en la colección de novelas cortas, que en paralelo con La Novela Popular Española (nacida a principios de 1965 y dirigida por Jorge Cela), se denominó La Novel·la Popular Catalana. Colección que finalizando la primavera de 1966 alumbró su primer número, Adéu, abans d’hora de Ramon Folch i Camarassa.

 

Contemporània, inèdita i catalana

Los primeros pasos del proyecto los explicaba CJC en unas declaraciones a poco de arribar a Buenos Aires al periódico La Nación (10-VIII-1966): «Alfaguara ha iniciado la publicación de La novela popular, quincenal en castellano y mensual en catalán. Si hubiera material para darle un sentido continuado, también se publicaría La novela popular en gallego y en vasco». Mientras La Vanguardia había dado noticia el 21de abril, a las puertas de Sant Jordi, de que «Alfaguara publica La novel·la popular, bajo el lema “contemporània, inèdita, catalana”. En ella podremos leer a novelistas consagrados y a noveles. Ramón Folch y Camarasa ha sido el autor del número primero de la colección».

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La colección La Novela Popular. Contemporánea. Inédita. Española (este era el marbete completo), ofreció su primer número el 5 de febrero del 65: se trataba de El rapto de Francisco Ayala. La colección paralela, La Novel·la Popular. Contemporània, Inèdita, Catalana, tenía como director a Manuel Costa-Pau, quien fue propuesto por Rafael Borràs Betriu, que en el otoño del 65 se hizo cargo, a propuesta de CJC, de la delegación de Alfaguara en Cataluña.

Borràs recordó en la primera parte de sus interesantes memorias de un editor La batalla de Waterloo (2003) las circunstancias de la puesta en marcha de la colección catalana: «Hubo una cierta resistencia por parte del Ministerio, pues entendían que lo de catalana se enfrentaba a lo de española, pero supongo que Camilo, que presumía de amigo de Fraga, les convenció». En efecto, convenció a Robles Piquer, con el visto bueno de Fraga.

Veamos en qué consistió esa resistencia, que se inscribe en un contexto más amplio de continuados contenciosos, entre los años 63 y 66, del escritor gallego con Carlos Robles Piquer, director general de Información del ministerio Fraga, a quien Cela apela en contadas ocasiones, aunque estoy convencido que la opinión del ministro decanta las querellas que se van produciendo. Cito algunas: la censura y la edición por parte de la editorial de Esther Tusquets de Izas, rabizas y colipoterras (1963), la censura y El rapto de Francisco Ayala, la censura y la edición de La colmena (1966) en la colección Puerto Seguro de Alfaguara, la colección La novel·la popular (1966) o la entrevista que le realizó el periódico bonaerense Galicia durante la estancia de Cela en la Argentina en la segunda mitad del verano del 66, que motivó un informe de la Dirección general de Seguridad dirigido a Fraga Iribarne.

 

Dos de los libros de la colección, de 1965, La Novela Popular Catalana de Alfaguara.

Dos de los libros de la colección, de 1965, La Novela Popular Catalana de Alfaguara.

 

Cortes y tachaduras

Examino brevemente un episodio contextual, que revela la autoridad con la que Cela negociaba con Robles Piquer. Tras los cortes y las tachaduras de la censura a El rapto (que parecen hechas –según Cela– «por una estreñida dama catequista»), el escritor gallego comunica a Robles Piquer (17-I-1965): «Ante mi conciencia y tu superior autoridad –que acato y a la que me someto– he decidido dar por no hechos los cortes y editar la novela tal cual la escribió su autor», apoyándose en esta contundente afirmación: «en el terreno del patriotismo y la política, no admito lecciones de un pequeño funcionario, ya que llevo cuarenta y ocho años demostrando que amo a España y sé servirla».

Por otra parte, Robles Piquer dejó escrita en su Memoria de cuatro Españas (2011) una reflexión que ilumina la atmósfera de aquellas dialécticas: «La verdad es que, en el caso de Cela, todo era más fácil, porque la amistad era sólida y estuvo viva hasta su muerte, en enero de 2002».

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«No admito lecciones de un pequeño funcionario, ya que llevo cuarenta y ocho años demostrando que amo a España y sé servirla», escribió Cela.

Para promocionar las dos colecciones de novela popular, Alfaguara editó un prospecto que aprovechaba el prestigio de Papeles de Son Armadans para su divulgación (en Papeles se anunciaban desde la Editora Nacional a la Editorial Lumen y naturalmente Alfaguara, siempre bajo el control del alma mater de la revista). A Robles Piquer no le gusta que el prospecto equipare las colecciones de la novela popular española y la novel·la popular catalana: «viéndolas juntas se establece una contraposición que, sin duda, no habéis buscado, pero que en modo alguno debemos favorecer», le escribe a Cela el 27 de junio del 66. En su meditada contestación (6-VII-1966), el escritor gallego le empieza por decir:

«No, querido Carlos. No busquemos los tres pies al gato, ni veamos fantasmas donde no los hay. Es cierto que una de las colecciones de la novela popular se subtitula contemporánea, inédita, española y la otra contemporània, inèdita, catalana. Pero, ¿dónde está la contraposición que me denuncias?»

 

La mano de Manolo Fraga

A continuación, le expresa sus puntos de vista. En primer lugar, le advierte que no está de acuerdo con el nuevo bautizo que se produjo en el diccionario de la Academia en 1925, cambiando «lengua castellana» por «lengua española», ya que «tan españoles como los castellanos son los hombres y los idiomas gallegos, vascos y catalanes». En segundo lugar, respetando la autoridad de don Ramón Menéndez Pidal (Cela ingresó en la Academia cuando don Ramón la presidía), ha decidido llamar «novela española a la escrita, originariamente, en español, y catalana, a la escrita, originariamente, en catalán». Y en tercer lugar, le confiesa con un ademán exaltado y peligroso, que nunca trasladó a los papeles públicos, lo siguiente:

«Si al español, al idioma español, se le hubiera seguido llamando castellano, el tema ni se hubiera planteado. La contraposición no está entre España y Cataluña, que también es España y estoy dispuesto a mantenerlo con las armas en la mano, sino entre la lengua española castellana y la catalana, lo que desde mi punto de vista es una contraposición gozosa y enriquecedora. Estos días, de vuelta de Soria, pasé por Cataluña, y vi, con muy sano gozo, que al Jefe del Estado se le saludaba, en no pocos pueblos del camino, con pancartas en catalán. Tras estos carteles creo adivinar la mano de Manolo Fraga y a él (o a quien haya sido), me gustaría hacerle llegar mi felicitación por su noble intención unitaria, eficaz en su pluralidad lingüística e inoperante para todos y humillante para catalanes, vascos y gallegos (que, no lo olvides, también somos españoles) en su excluyente –y por fortuna parece que prescrito– centralismo a ultranza. Aspiro a que hagas tuyas mis razones».

«El error es llamar español al castellano, bien lo sé; otro es llamar al castellano “lengua oficial”, adjetivo siempre alarmante e impopular».

El 14 de julio Robles Piquer le contesta, compartiendo el «fondo» de la argumentación celiana de la carta anterior, acudiendo a Martín de Riquer (frente a Julián Marías) para señalar que prefiere la dicotomía lengua castellana / lengua catalana, y manteniendo que «la contraposición es desafortunada y que agradará mucho a los catalanistas de hueso colorado, es decir, a los que querrían formar una especie de nuevo Portugal, con Cataluña, Valencia y Baleares». Cela cierra la correspondencia sobre este asunto (19-VII-1966) sin enmendar su propósito y sigue adelante, añadiendo de nuevo que «mi adjetivación no va aplicada, como piensas, al sustantivo novela, entendida como “novela nacional”, sino al sustantivo novela referida a la lengua en que está escrita».

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Lengua común

En esta carta del 19 de julio, Cela se explaya en una consideración general que sostuvo a lo largo de todos sus días, salvo en los últimos años (aunque este es asunto para otro artículo) y desde tribunas muy diversas:

«El problema catalán es muy grave y culpo al poder central (no a Fraga  y a ti, por supuesto, que la cosa viene de muy atrás) de haber regalado a los separatistas la delicada herramienta de la lengua. Joan Maragall cantó a España en catalán. Cuando el catalán, la lengua catalana, fue tan impolíticamente perseguido, el hombre catalán empezó a usar la lengua como arma política. Algo análogo sucede con el español de los portorriqueños de Nueva York. Lo que me duele es que el poder central no haya sabido hacer y engrandecer a España en castellano, catalán, gallego y vasco. Lejos de esto, impuso el castellano hasta el punto de llamarlo español y de aquellos polvos sí que vinieron estos lodos. El error, uno de los errores, es llamar español al castellano, bien lo sé; otro es llamar al castellano “lengua oficial”, adjetivo siempre alarmante e impopular. ¿Por qué no se llamó lo que realmente es y a nadie hubiera molestado: lengua común?»

Por cierto, que la analogía que Cela traza con el español de los portorriqueños también la emplearía por esas fechas Maurici Serrahima en Realidad de Cataluña. Respuesta a Julián Marías (1967), citando a medias su procedencia, que no es otra que un artículo de Jaime Benítez, rector de la Universidad de Puerto Rico (recinto de Rio Piedras) y gran amigo de Juan Ramón Jiménez, «El futuro de Puerto Rico», publicado en la Revista de Occidente en enero de 1966.