Cuando en la noche del 27 de octubre de 2019 se dieron a conocer los resultados de las elecciones presidenciales, el sistema político argentino recuperaba una foto que, con las consecuencias de la crisis económica, social y política de comienzos de siglo, había perdido: las dos grandes coaliciones —Juntos por el Cambio (JxC) de centroderecha y el Frente de Todos peronista, hoy renombrado Unión por la Patria (UxP)— aglutinaban, conjuntamente, a 9 de cada 10 electores. La Argentina recuperaba el bipartidismo o, mejor dicho, inauguraba el bicoalicionismo.

La pandemia, la frustrante experiencia macrista y la decepcionante vuelta del peronismo, y la percepción de lejanía entre la clase política y la realidad cotidiana de la ciudadanía, produjo un combo que se aceleró en los últimos dos años. Ahora, las dos coaliciones tradicionales pasaron de contener a casi el 90% de sus votantes a poco más del 55%.

Una reedición del «que se vayan todos». Pero si hace 20 años aquella proclama la resolvió la política misma (el sistema), su nueva versión, por el contrario, pareciera zanjarla un outsider.

 

La centralidad de la conversación

«Milei ya ganó». La frase podría pensarse que se escribió en plena euforia durante la campaña electoral. Pero no. Fue escrita, con mucha seguridad, en un tuit por Darío Epstein —economista y hombre fuerte de Javier Milei— 62 días antes de las PASO (primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias). Por entonces, la figura del candidato libertario parecía haber perdido brillo y, de hecho, él mismo denunciaba que sufría una campaña de censura en los medios de comunicación. En aquel tuit, Epstein sostenía el ya ganó «porque corrió el arco político hacia la libertad. Ahora se habla de equilibrio fiscal, de no gastar más de lo que entra, de reducir el gasto, de independencia del BCRA».

El frame «libertad». Milei ha logrado muy hábilmente conectar la actual atmósfera emocional, que comenzó con la larga cuarentena experimentada durante la pandemia, con su propuesta electoral. Supo leer correctamente el clima de época y la fuerte ruptura semántica de un amplio sector de la población con la clase política, especialmente con los menores de 30 años, que constituyen alrededor del 30% del padrón electoral.

Ahora la derecha habla sin complejos ni eufemismos. Y, gane o no, su agenda tendrá una voz potente en el parlamento.

La Ventana de Overton. Si a comienzos de siglo, el célebre «que se vayan todos» expresaba demandas y consignas con salida colectiva que podrían ser tachadas de izquierda, 20 años después el quiebre ha sido opuesto: tanto en un sentido individualista como en los tópicos. Como señala el consultor Fernando Pittaro, «más allá de su desempeño electoral futuro, él ya ganó. Porque sus ideas ya permearon en gran parte de la opinión pública normalizando propuestas y enfoques, que hasta hace muy poco tiempo eran marginales». En otras palabras: logró introducir temas que antes no estaban, y resignificó otros que eran vistos como negativos, como la dolarización y el recuerdo de la Convertibilidad (que terminó con la hiperinflación de 1989-1990 y acabó en el colapso del 2001). Además, rescató sin pudor a personajes con condena histórica y social, como el expresidente Carlos Menem y el exministro de Economía, padre del «Uno a uno» y el Corralito, Domingo Cavallo.

A diferencia de hace ocho años con Macri, ahora la derecha habla sin complejos ni eufemismos. Y, gane o no, su agenda tendrá una voz potente en el parlamento.

 

Geografía y mecánica electoral

La novedad Milei no se agota ahí. Su performance electoral presenta algo inédito: a nivel marca, gana las PASO prescindiendo de la provincia de Buenos Aires (solo triunfa en 4 de 135 municipios) —que reúne a casi 4 de cada 10 electores—, el Gran Buenos Aires —el área más densamente poblada— y la Ciudad de Buenos Aires.

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En ese sentido, Milei pareciera estar alejándose de su génesis. Está dejando de ser un fenómeno de grandes ciudades para crecer en el interior del país y los pueblos. De hecho, en términos nominales (papeleta por candidato, y no la sumatoria de las internas de cada espacio), Milei fue el más votado en seis de las doce ciudades con más de 500 mil habitantes. Pero en las ciudades de entre 300 mil y 499 mil habitantes, que son 20, Milei se impuso en 11, es decir en más de la mitad. Y mientras más nos alejamos de los grandes centros urbanos, mejora su rendimiento: entre las urbes de entre 100 mil y 299 mil habitantes, que son 60, el candidato de ultraderecha fue el más votado en 50 de ellas.

Un voto transversal. Milei se impone en provincias ricas de la zona núcleo de la Pampa Húmeda, como Córdoba, La Pampa y Santa Fe, pero también en provincias pobres del norte argentino: Salta, Jujuy, Tucumán, Misiones, La Rioja. De hecho, a nivel marca, se impuso en el 73% de los municipios de mayor promedio salarial y en el 83% de los de promedio salarial medio. Y fue, nominalmente, el más votado en 8 de las 10 ciudades más ricas y en 6 de las 10 ciudades más pobres del país.

Ni locos ni de ricos, pero tampoco exclusivamente de lectores de Rand, Friedman ni Hayek. La ultraderecha criolla escapa a la caricatura y penetra en territorios —hasta ahora— vistos como impenetrables. Un fenómeno transversal y una mecánica electoral inédita en 40 años de democracia.

 

Milei y Vox

Las comparaciones surgen rápidamente. Es cierto, tienen muchos puntos de contacto y previamente han hecho sinergia. Pero también hay diferencias.

Una agenda compartida. Existen temas que son transversales en la ultraderecha global. En ellos, Milei y Vox conversan con naturalidad. El antifeminismo y los temas de género son, tal vez, los más palpables. El horizonte rupturista con los modelos de integración regional —MERCOSUR y UE— también los encuentra juntos. Milei, en su cara libertaria, aboga por un libre mercado y sin las restricciones que impone el MERCOSUR, ya que, en sus palabras, «restringe el desarrollo». Algo con lo que también coincide Santiago Abascal, que ve a las instituciones europeas como «una fuente de problemas, ansiedad e incertidumbre».

La mirada histórica. Otro punto donde concuerdan es en la memoria histórica. Milei no hace una abierta defensa del genocidio de la última dictadura cívico-militar (1976-1983) y su gobierno, pero niega la cifra de 30 mil personas desaparecidas. No lo reivindica, pero impugna el consenso alrededor de ella: «una visión tuerta de la historia». De igual modo, Vox, como dijo Abascal en 2019, «no tiene una posición sobre Franco».

No hace una abierta defensa del genocidio de la dictadura cívico-militar (1976-1983) pero niega la cifra de 30 mil personas desaparecidas.

Casta. Cuando en la tarde del 8 de octubre pasado Javier Milei subió al escenario como orador invitado del festival Viva 22 de Vox, realizó un enérgico discurso con su habitual repertorio: habló contra el «zurderío», el socialismo y la «ideología de género». Tampoco faltó su icónico grito de guerra: «¡Viva la libertad, carajo!». Pero sí, en cambio, estuvo ausente un concepto central de su retórica: la casta. Milei eligió obviarla. Porque, así como republicano en España es sinónimo de izquierdas y en Argentina de derechas, «la casta» también tiene diferente interpretación en ambas orillas.

Otra diferencia. La ultraderecha española es, sobre todo, identitaria. Su origen son las demandas posmateriales (territorio, identidad, migración, género). Mientras que la argentina es más bien materialista (inflación, salarios, impuestos). Entender esta gran diferencia es crucial.

 

Llegó para quedarse

La Argentina está viendo el nacimiento de un nuevo ciclo político. El primer síntoma: por primera vez en 20 años, los apellidos Macri o Kirchner no aparecen en la papeleta presidencial.

Este nuevo ciclo político, además, rompe con una ley no escrita desde el retorno democrático en 1983: que la presidencia sea una discusión entre el radicalismo (de la Unión Cívica Radical) de la Ciudad de Buenos Aires (hoy en JxC de Macri) y el peronismo del conurbano bonaerense. Así, abre la puerta a que un candidato outsider pueda acceder a la Casa Rosada.

Si se repitiesen los resultados del 13 de agosto en la primera vuelta Milei tendría apenas el 16% de la Cámara de Diputados y el 11% del Senado.

Milei puede ser un presidente sin territorio. Puede ganar y no gobernar ninguna de las 24 gobernaciones del país, e incluso tener pocas intendencias (alcaldías). En cualquier caso, si se repitiesen los resultados del 13 de agosto en la primera vuelta —22 de octubre—, Milei tendría apenas un bloque de 41 diputados y 8 senadores; el 16% de la Cámara de Diputados y el 11% del Senado. Esto, en un país tan presidencialista, implicaría un rediseño de la gimnasia del poder.

De hecho, en las 17 elecciones provinciales del año, previas a las PASO, el espacio de Milei obtuvo resultados marginales. Lo que devela que el candidato libertario no ha hecho una construcción colectiva, sino que todo gira en torno a su personalidad. Otro posible indicador de este nuevo ciclo: las personalidades importan más que los aparatos.

Problemas para unos y otros. El fenómeno Milei puede traer un conjunto de nuevas dinámicas. Algunas de ellas, incluso, quizás no logramos verlas aún. Pero a priori, sabemos de algunos retos para JxC y UxP.

Los del primero son, tal vez, más fáciles de percibir. Milei es la versión más clara de que el gran Cambiemos de Macri 2015, que contenía a todas las sensibilidades de la derecha argentina, ya no existe más. Dependerá, en parte, de la suerte de Milei poder recuperar esa capacidad.

Los de UxP son más subterráneos. Milei ha logrado capturar tres targets históricamente ligados al peronismo: jóvenes, sectores medios-bajos y la clase baja. La juventud ya no ve al peronismo como la herramienta de rebeldía contra el establishment; para las capas medias-bajas, el peronismo dejó de ser una garantía de movilidad social; y a los sectores populares dejó de asegurarles las condiciones mínimas. Todo ello, sumado a la percepción de que el peronismo ya no asegura estabilidad económica, supone un escollo a resolver, independientemente de cómo acabe este proceso electoral.

 

Un doble desafío

A 40 años del fin de la dictadura y del comienzo del ciclo democrático más largo de la historia argentina, los bordes de la democracia se ven resquebrajados. La alternativa autoritaria representa un doble desafío: contener la frustración ciudadana y recuperar la capacidad de conducción de las dos grandes coaliciones. La incógnita, en todo caso, está puesta en si este nuevo ciclo político traerá un reacomodo del tablero político, con Cristina y Macri aún en la partida. Interrogantes que, eventualmente, comenzarán a responderse en lo que queda de este año. Veremos qué nuevas reglas de juego surgen.