Iciar Bollaín no es solo una actriz de talento, sino también una directora intuitiva y dotada. Desde que debutó interpretando a la joven protagonista de El Sur (1980), la obra maestra de Víctor Erice, supimos que tras aquel rostro enigmático se escondía algo más. Y las películas que empezó a dirigir más tarde, desde Hola, ¿estás sola? (1995) hasta Flores de otro mundo (1999), descubrieron a una cineasta que sabía mirar y querer a sus personajes, en especial a las mujeres, algo no demasiado habitual en el cine español.

Te doy mis ojos (2003), que culminó ese periodo, quizá siga siendo su mujer película hasta el momento, no tanto un estudio sobre la mentalidad machista como el conmovedor retrato de una pareja cuyos miembros, sin duda, son incapaces de envejecer juntos. La delicadeza en el trazo y la sensibilidad en la mirada que Bollaín inscribió en esta película dejaron paso a una época más confusa, dominada por la figura del guionista Paul Laverty, en la que su cine adquirió matices más explícitamente políticos, también menos sutiles.

Ahora vuelve con La boda de Rosa y demuestra, de entrada, dos cosas: primero, que allá donde se mueve mejor es en el universo femenino, en un mundo de mujeres frágiles y soñadoras enfrentadas a un universo hostil, y, segundo, que quizá para continuar por esa senda necesita acompañarse de otras féminas, de otras cómplices que la ayuden a delinear las fronteras de los territorios que le permiten mayor libertad de acción. No en vano, en La boda de Rosa, repite con la guionista Alicia Luna, que ya coescribió con ella el libreto de Te doy mis ojos.

No es La boda de Rosa una película perfecta, ni mucho menos. Intenta ser una comedia coral, casi a la manera berlanguiana, con muchos personajes y abundante, quizá demasiado movimiento. Luego se decanta por el retrato colectivo, el de unas cuantas generaciones de españoles y españolas marcadas ahora por la soledad y la búsqueda desesperada de ciertos paraísos artificiales que acaban revelándose falsos o inexistentes. Y finalmente se lanza a un triple salto mortal sin red, al relato de una historia a la vez tierna y absurda, protagonizada por una mujer abatida por la vida pero también empeñada en sobrevivir.

Rosa, en efecto, decide casarse, aunque consigo misma. Y se lo comunica a sus hermanos y a su padre, que componen una familia desvalida y sin rumbo, una de las visiones más implacables que ha dado el último cine español sobre la deriva de un país que ha perdido la ilusión. La mejor baza de La boda de Rosa es el modo en que Bollaín gestiona ese punto de partida: su decisión, en principio alocada e inverosímil, nunca se presenta como una extravagancia, ni mucho menos como un enfrentamiento amargo con el mundo. Es más bien el último gesto de resistencia de una mujer que ha dejado de creer en su entorno y que, por eso mismo, decide creer en sí misma, por muy estrambóticos que sean los deseos y las ilusiones que la asaltan cuando se sitúa al borde de la cincuentena.

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Por supuesto, todo eso, que sobre el papel es tan atractivo, da lugar a una película desigual y turbulenta, que avanza un poco a trompicones, pero también a una semblanza conmovedora, en ocasiones llena de verdad. ¿Qué hace que La boda de Rosa pueda llegar a interesarnos, incluso a emocionarnos en algunos de sus más alambicados pasajes?

Permítanme responder a esta pregunta mientras les invito a abandonar momentáneamente a Iciar Bolláin y a fijarse en otra película española, otra historia filmada también por una mujer. Las niñas está dirigida por Pilar Palomero, cuyo perfil es muy distinto al de Bollaín, por lo menos desde el punto de vista generacional y el modelo de cine que persigue. De hecho, es el primer largometraje de su autora, tras una serie de cortos realmente estimulantes, y parece elaborado con toda la disciplina y el rigor que quizá le falten a La boda de Rosa.

 

Fotograma de La boda de Rosa de Iciar Bolláin.

Fotograma de La boda de Rosa de Iciar Bolláin.

 

Esta bildungsroman más bien adusta, de inspiración grave y serena, acude a un punto de vista muy concreto, el de una preadolescente que vive en la Zaragoza de los años 90, se siente ahogada en el colegio de monjas al que asiste y se enfrenta a sus amigas como si quisiera expiar algún oscuro pecado familiar, ese que su madre se empeña en ocultarle. Y Palomero filma ese itinerario con encuadres claustrofóbicos, asfixiantes, que solo se liberan en contadas ocasiones, sobre todo cuando Celia (la niña protagonista a la que interpreta la sorprendente Andrea Fandos) empieza a rebelarse contra su entorno.

Mientras Rosa no deja de moverse ni un solo instante, convoca a familiares y amigos, y los introduce a todos en una farsa en la que solo ella cree, por lo menos en un principio, Celia siempre mira y espía, acecha y se oculta, únicamente encuentra su propia voz cuando descubre que el mundo no es un lugar fácil de habitar.

Pero, ¿cuál es ese mundo? En el fondo, el mismo que habita Rosa, pues la pregunta que recorre y anula la aparente distancia entre estas dos películas es la siguiente: ¿en qué clase de país viven esas mujeres? Y también: ¿lograrán algún día reconocerlo como un espacio propio, como un universo en el que puedan sentirse a gusto? En este sentido, yo no sé si existe otro cine parecido al español. Creo que, por el contrario, los demás cines de la Europa occidental hace tiempo que llegaron a una especie de pacto de no agresión entre sus protagonistas y el entorno que los rodea.

Quiero decir que, en el cine francés o en el británico, en el italiano o incluso en el alemán, los personajes disponen siempre de las armas suficientes para resolver sus propios conflictos, por mal que lo estén pasando. Lo lograrán o no, que esa es otra historia, pero por lo menos no dejan de batirse en duelo a plena luz del día, lo cual ocurre hasta en las situaciones más desesperadas. Tanto en La boda de Rosa como en Las niñas, en cambio, las mujeres solo pueden acudir al territorio del sueño y del espacio privado para respirar un poco de aire fresco. No sé qué quiere decir eso, ni tampoco extraer conclusiones precipitadas, pero es evidente que algo pasa. Quizá vivimos en un país donde todavía no ha sido posible conquistar el ámbito público, como si temiéramos siempre nuevos enfrentamientos y prefiriéramos evitarlos.

El Sur, la película con la que Iciar Bollaín debutó como actriz, mostraba un universo cerrado sobre sí mismo, atravesado por una posguerra inclemente y feroz. Hola, ¿estás sola?, su primer trabajo como directora, ponía en escena a dos muchachas que buscaban su camino en medio de la confusión de los años 90, la misma década en la que Celia, en Las niñas, intenta abrirse paso en un ambiente igualmente opresivo. La boda de Rosa, que transcurre en la actualidad, filma a una mujer madura que solo piensa en casarse consigo misma en una playa paradisíaca, lejos del universo irrespirable en el que vive su existencia cotidiana, de un trabajo que no soporta, de un padre viudo con el que no puede ni quiere cargar.

En el cine español de la Transición, aquel que El Sur cerró de un portazo, la única escapatoria posible al desencanto posterior a la muerte de Franco era el sueño, la memoria, la huida. ¿Hemos cambiado? Sin duda, pero directoras como Iciar Bollaín y Pilar Palomero, tan distintas en tantas y tantas cosas, aún coinciden en decirnos que todavía quedan restos y rémoras de aquel estado de ánimo, sobre todo para las mujeres que no se resignan a pasar por la vida como una sombra. Y que la única manera de superarlo sigue siendo la rebelión personal, la lucha por conseguir una mirada propia, eso que hace tan cercanas y emotivas a estas dos películas imperfectas pero apasionantes.