Me envían por Instagram una pieza videográfica de un minuto de duración en la que vemos a una chica protegerse de la lluvia con un bolso de mano que destaca por su gran tamaño y que le sirve de paraguas. Lo mismo ocurre en el siguiente clip visual, en el que vemos a la misma chica sacando de un bolso un croissant gigante, como el bolso de mano, que se comerá en menos de veinte segundos. Tanto en la primera pieza como en la segunda, el video acabará con un beso que la chica lanza al espectador, mostrando su complicidad con él.

Acabamos de asistir a una propuesta visual en la que la escasa duración, casi el tiempo de parpadear, lo es todo. La brevedad no sólo como recurso para captar la atención, sino como esencia para fijar el momento de una acción cotidiana distorsionada por la belleza de la chica, los objetos fuera de escala, un bolso y un croissant y el besito final lanzado al viento que fija la imagen de la joie de vivre o de un capricho visual. Nos damos cuenta de que el tiempo, la brevedad de la pieza, lo es todo.

Alguien diría que no es muy diferente de los anuncios tradicionales de televisión, pero sí que lo es, porque todas las piezas que vemos en Instagram o TikTok son breves, mientras que en la televisión se intercalan piezas breves con piezas videográficas largas. Se puede llegar a la conclusión de que tanto en TikTok como en Instagram se promueve un tiempo ligado a lo efímero, al instante, a la ocurrencia, al ingenio. Ambas redes sociales pretenden mostrar el mundo de una subjetividad radical que facilita y estimula la viralización, compartir la pieza para provocar la máxima polinización posible en pantallas y dispositivos. El tiempo, la duración de lo que vemos y sentimos, la extensión de lo que leemos en las pantallas, debe ser muy breve para conseguir captar la atención y, sobre todo, valorar la pieza compartiéndola o clicando un like.

Muchas publicaciones de información general indican el tiempo aproximado que el lector necesitará para leer un artículo en el formato en línea.

Los espectadores se enfrentan al hecho incontestable de que no pueden prestar mucha atención a lo que ven, oyen y leen porque la oferta que se despliega ante sus ojos es inabarcable. Las preguntas que suscita la cultura artística que va contra el tiempo, pero que a causa de la gran oferta de opciones culturales a disfrutar se ve impulsada a crear formatos de duración más breve, se pueden reducir a una: ¿Qué precio cultural se paga al apostar por lo breve, reduciendo el tiempo para el goce de una obra porque, si no, los espectadores se aburrirán, dejarán de estar interesados y se irán a ver otros contenidos?

 

El deseo de viralizar

Esto lo observamos incluso en el deporte. La NBA quiere reducir el tiempo de los partidos para ganar emoción; el fútbol también se plantea cambiar las reglas para hacer el juego más ágil y que los jóvenes quieran ver los partidos hasta el final. En el sector audiovisual ya es una evidencia; los programas de televisión se acortan o se trocean con espacios dentro de otros espacios. En las artes escénicas, los programas de mano indican el tiempo que duran las obras y los espectadores llaman para informarse sobre la duración de la obra cuando, en el pasado, no importaba la duración, sino la pieza teatral que se deseaba ver.

Los programas de radio o televisión se pueden consumir en el formato original de una hora o más, o se pueden ver en fragmentos a través de la red. Muchas publicaciones de información general indican el tiempo aproximado que el lector necesitará para leer un artículo en el formato en línea. Todo se acorta, se reduce, para no perder la atención de los espectadores, para que se concentren en el clic, la compra y el deseo de viralizar el contenido de lo que están viendo.

La contemplación, que exige distancia y sosiego, se combate por la exigencia de verlo todo al precio de dejar de mirar lo que realmente interesa.

El coste cultural de esta tendencia global a reducir el tiempo de los contenidos y de las obras artísticas es la alteración de aspectos que, no hace mucho, se consideraban esenciales para el goce de una obra artística, como lo son: la contemplación, la espera, la reflexión y el placer. La contemplación, que exige distancia y sosiego, se combate por la exigencia de verlo todo al precio de dejar de mirar lo que realmente interesa.

La espera, el silencio, los momentos desprovistos de imágenes, de texto y de sonido, que permitían generar el deseo que nacía de la espera en sí misma antes de ver una obra, han desaparecido, mientras que se ha pasado a apostar por una oferta cultural que se muestra ininterrumpidamente y se basa en el flujo constante de propuestas. La reflexión, que sólo es posible si hay una distancia entre el espectador y la obra, ha quedado desbordada al implicar al espectador en la difusión y promoción de las obras. El placer que se persigue queda interrumpido por la excitación, por la necesidad imperiosa, casi adictiva, de estar siempre conectado viéndolo todo, participando en todo, mostrándose a todo el mundo.

 

Llamar la atención

La cultura contra el tiempo no es una tendencia buscada, planificada, orquestada, sino la consecuencia directa de un sistema artístico más preocupado cada vez por llamar la atención de los espectadores que por ofrecer contenidos interesantes en sus propuestas. Este proceso de reducir cada vez más la duración de los diversos formatos culturales puede llegar a dejar a los espectadores atrapados en los inicios de las películas, saltándose los créditos, sin llegar a ver nunca el final; lectores que sólo llegan a leer algunos capítulos de un libro; espectadores que celebren el éxito del teaser de una serie siendo incapaces de ver un solo capítulo. La paradoja de todo esto es que esta estrategia conduce a los espectadores a no desconectar, ofreciéndoles cada vez más producciones cada vez más breves y compulsivas.