«En ninguna otra ciudad de Europa el afán de cultura no fue tan apasionado como en Viena», escribía Stefan Zweig. Efectivamente, la vida cultural de la ciudad ha sido tan rica que en cada esquina aparece algún espectro de una historia que no es necesariamente solo austríaca, pero en la capital del que fue imperio austrohúngaro adquiere otra dimensión.

Muy cerca del célebre Musikverein, por ejemplo, el Café Imperial era punto de encuentro de Zweig y de otros escritores como Hugo von Hofmannsthal, Franz Werfel o Elias Canetti. También muy cerca de la sala de conciertos, hay la tienda de pianos Bösendorfer. La fábrica, una de las más antiguas de este instrumento, se fundó en 1828. Cuatro décadas más tarde, Bösendorfer construyó una sala de conciertos en lo que habían sido los establos del palacio Liechtenstein. Abierta en 1872, la inauguró el director Hans von Bülow y por allí pasaron los mejores del momento musical como Liszt, Chopin, Brahms, Mahler, Sarasate y los dos grandes Richard, Wagner y Strauss. La sala acogió más de 4.500 conciertos de música de cámara. En mayo de 1913 tuvo lugar el último concierto por qué la sala iba a ser derrumbada.

En El mundo de ayer, Zweig explicaba el final de aquel concierto y de la sala: «Cuando se extinguieron los últimos compases de Beethoven, interpretado, más brillantemente que nunca, por el Roséquartett, nadie se levantó de su asiento. Alborotamos y aplaudimos, algunas mujeres sollozaban emocionadas, nadie quería admitir que se trataba de un adiós. Apagaron las luces para echarnos fuera. Ninguno de los cuatrocientos o quinientos fanáticos se movió de su localidad».

Las vidas del escritor y del violinista Arnold Rosé, creador del cuarteto que llevaba su nombre, tienen muchos paralelismos. Los dos eran de origen judío. Los dos habían dedicado su vida a la cultura. Los dos fueron víctimas de una ideología y un régimen criminal que substituyó a aquel ‘mundo de ayer’ que el autor describía en sus memorias. Y los dos abandonaron Austria rumbo a Inglaterra.

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En Londres Zweig descubrió que su nombre y dirección aparecían en el Libro negro, una lista de personas a detener cuando los nazis invadieran Gran Bretaña -algo que para fortuna de todos, nunca ocurrió-. Entonces el escritor y su esposa marcharon a Brasil. Refugiado en aquel país, viendo la deriva totalitaria de Europa y convencido de que no se iba a detener, la pareja se suicidó en 1942. Rosé, concertino de la Filarmónica de Viena durante cincuenta años en los que había trabajado con genios como Brahms o Mahler (eran cuñados), murió en Londres en 1946. Su hija Alma, violinista muy reconocida, había muerto dos años antes en el campo de concentración de Auschwitz.

 

Perder el país

El europeo Zweig, como se definía en sus memorias, no llegó a ver como su amada Europa, sobrevivió. Sin embargo, no todos los totalitarismos desaparecieron. Las vidas de Serguéi Rajmáninov (1873-1943) y Serguéi Prokófiev (1891-1953) lo atestiguan. Quedaron marcadas por el estalinismo aunque de forma distinta. Estos dos compositores protagonizaban, con Debussy, un programa de sonatas para violonchelo y piano en el Musikverein vienés (12 de febrero) interpretadas de manera brillante per Gautier Capuçon y Daniil Trifonov, abrazados por la acústica extraordinaria de la Sala Dorada de aquella institución.

 

El frontón del Musikverein con Orfeu tocando la lira en el centro.© WienTourismus / Christian Stemper

El frontón del Musikverein con Orfeu tocando la lira en el centro.© WienTourismus / Christian Stemper

 

Rajmáninov compuso la Sonata en sol menor para violonchelo y piano, op. 19, en 1901, estrenada por el compositor. Aquel año había acabado el Concierto para piano n. 2, cuyo éxito eclipsaría a la sonata. El músico salía de una depresión que le había bloqueado la creación durante un tiempo. La situación política a partir de la Revolución de 1905 que duró dos años y obligó al zar a introducir algunas reformas, aunque insuficientes, le impulsaron a hacer giras en el extranjero. Cuando estalló la Revolución de 1917, el compositor se encontraba en San Petersburgo. Su casa fue confiscada y él era mal visto por los revolucionarios. Aquel mismo año aceptó una invitación para una serie de conciertos por los países escandinavos. Rajmáninov nunca regresó a Rusia.

Las difíciles condiciones de vida en el extranjero durante los primeros años lo obligaron a dedicar sus esfuerzos a la interpretación y a la dirección orquestal dejando a un lado la composición. En el período que va desde su llegada a Estados Unidos el 1918 hasta su fallecimiento veinticinco años después, solo compuso seis piezas nuevas. Según recoge un biógrafo del compositor, abandonando Rusia había dejado atrás la voluntad de componer: “Perdiendo a mi país, me perdí a mí mismo”.

 

Vivir en el desasosiego

Las relaciones de Prokófiev con el estalinismo fueron de tipo enfermizo. Se dejó convencer para regresar a la Unión Soviética. Le halagaron con varias Medallas Stalin y le nombraron Artista del Pueblo. Se ajustó a las exigencias político-musicales del régimen. Calló cuando enviaron a su primera esposa, la catalana-ucraniana Lina Llubera, a Siberia, pero nunca dejó de estar en el punto de mira de los censores. Lo demuestra su Sonata para violonchelo en do mayor, op. 119, compuesta en 1949, que es la que Capuçon i Trifonov interpretaron en el Musikverein. Poco antes, se había decretado la Doctrina Jdanov que, entre otras cuestiones coses, condenaba el formalismo y acusaba de este pecado grave a muchos compositores. Prokófiev era uno de ellos y se  prohibieron un buen número de sus obras.

El origen de la sonata está en un concierto del violonchelista Mstislav Rostropóvich al que el compositor había asistido. Le gustó tanto la manera de tocar de aquel joven que decidió dedicarle una obra. Fue esta Sonata para violonchelo y piano op. 119. Se estrenó el 1 de mayo de 1950 en la Sala Pequeña del Conservatorio de Moscú. Junto al violonchelista había otro grande, el pianista Sviatoslav Richter.

De todos modos, antes, compositor e intérpretes no tenían muy claro que la obra se pudiera estrenar. Según los recuerdos de Richter, en aquel momento la autoridad censora debía decidir si aquella partitura era una nueva obra maestra de Prokófiev o era una obra “hostil al espíritu del pueblo”. Antes de llegar al público, hubo que interpretar la sonata primero ante un comité del sindicato de músicos y después, ante el plenario para que dieran su aprobación y la consideraran apta para el pueblo.

Este artículo empieza con Zweig y también acaba con el escritor que en estos días (hasta el 31 de marzo) protagoniza una exposición en Barcelona, en la entrada de carruajes del Ateneu Barcelonès cedida por el Fórum Cultural de Austria. En ella se explican el éxito, la universalidad y las muchas caras de Zweig, sus numerosos viajes, su influencia en otros artistas, las películas que inspiraron sus obras y su compromiso pacifista, humanista y europeísta.