La voz elegida por Albert Camus para contar la epidemia que oprime a los habitantes de Orán es sobria, reflexiva, estoica, libre de la emoción que conmueve a la ciudad. El doctor Bernard Rieux atiende a los enfermos y contempla en sus cuerpos febriles la aparición de los ganglios que se inflaman hasta supurar como un fruto maligno. Sin desfallecer ante el espectáculo de la corrosiva enfermedad, el doctor escribe la crónica de los acontecimientos que destruyeron la ciega rutina de los hombres de Orán.

Cuenta Rieux que, ante la sorpresa de los primeros momentos, el Prefecto prefirió no llamar a las cosas por su nombre, pues consideraba sagrada a la opinión pública y no deseaba provocar una oleada de pánico. De este modo, las gentes continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir y los desplazamientos?

El doctor cae en la cuenta de las treinta grandes epidemias que a lo largo de la historia llegaron a causar más de cien millones de muertos y recuerda al lector que en la ciudad china de Cantón, setenta años atrás, cuarenta mil ratas murieron antes de que la plaga infectase a sus habitantes. Y que, entonces, los chinos, en lugar de elevar rogativas, hicieron sonar el tambor ante el genio de la pestífera maldición.

Al aparecer los primeros síntomas de la peste –las ratas que mueren en la calle vomitando sangre– la municipalidad de Orán no se propone hacer nada ni toma ninguna medida, pero se reúne para deliberar. La inquietud crece entre la población y se expanden las habladurías que lo exageran todo. El doctor es miembro de la comisión y debe insistir recordando que la alternativa a la pasividad no es ver las cosas negras, sino tomar precauciones. Recomienda adoptar las medidas necesarias para que no perezca la mitad de la población. La epidemia, dice, no se detendrá sin tomar unas rigurosas cautelas profilácticas.

A pesar de la argumentación del doctor, las ordenanzas se adaptaron al deseo de no inquietar a la opinión pública y no fueron todo lo draconianas que exigía la expansión de la peste. Ya por entonces los artículos de la prensa, que por lo general tratan una amplia variedad de asuntos, se dedicaban en exclusiva a fomentar una campaña contra la municipalidad.

Los carteles colgados en la calle y en las plazas recomendaban a la población la limpieza más extremada y la cosa se iba pareciendo a unas inesperadas vacaciones, pero cuando se cerraron las puertas de la ciudad y se impidió que se entrara o saliera de ella, la prensa empezó a preguntar si eran en verdad tan necesarias esas medidas y si no podrían atenuarse. A partir de ese punto puede decirse que la peste fue el único asunto del que se hablaba y el tema que absorbía la casi totalidad de los pensamientos.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

Se instalan hospitales de campaña para alojar a los enfermos que no caben en los hospitales, el stock de plasma se agota y no se sabe si Paris enviará lo que hace falta para atender a los moribundos. Poco a poco, mientras se comprueba el aumento de las defunciones, la opinión va teniendo conciencia de la verdad.

Los ciudadanos que no caían enfermos, se descubrían prisioneros de una inédita ociosidad. La peste los dejaba reducidos y entregados a los juegos decepcionantes del recuerdo. Una especie de vacío, por otro lado, un agujero interior, un sentimiento desagradable de exilio y pérdida.

El doctor comprueba que entre la población los hay que tienen miedo y los hay que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo. Entonces el capellán Paneloux pronuncia un soberbio sermón dominical: «unas cuantas genuflexiones no compensan vuestra despreocupación criminal. Tened en cuenta que Dios no es tibio y que vuestras oraciones no satisfacen su devoradora ternura». Un sermón que hizo más clara la idea de que por un crimen desconocido los feligreses estaban condenados a un encarcelamiento inimaginable.

Por su parte, el sereno, que acudía con su manojo de llaves al primer golpe de palmas, no dejaba de recordar al que quisiera escucharle que él había previsto lo que iba a pasar y que nadie le había hecho caso.

Para evitar el riesgo de contagio los pasajeros del tranvía se daban la espalda. A las familias no se les dejaba asistir al entierro de sus parientes. Los hombres de los equipos sanitarios no conseguían superar el cansancio. Entonces la epidemia adoptó nuevas formas y se hizo pulmonar. Al acabar el primer mes de la peste la ciudad fue ensombrecida por un marcado recrudecimiento de la epidemia. Se desorganizó toda la vida económica y se produjo un gran número de parados. La Prefectura volvió al pesimismo con la misma inconsecuencia con que primero se había entregado al optimismo. La enfermedad que había forzado a los habitantes a una solidaridad de sitiados, fracturaba los vínculos tradicionales y devolvía a los individuos a su soledad. Según el doctor, los agonizantes se agarraban a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza.

El doctor Rieux escribe en su crónica que es en el momento de la desgracia cuando uno se acostumbra a la verdad, es decir, al silencio. Y que al dar demasiada importancia a las bellas acciones se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues siempre se da a entender que las bellas acciones son buenas precisamente por ser escasas en un mundo en que la maldad es más frecuente. Proponía por ello descartar el heroísmo. La única manera de combatir a la peste, dijo, es la honestidad.

Los pensamientos anotados por el doctor permiten seguir el hilo de una templada meditación, inmune a la locura del miedo y a la epidemia emocional de la furiosa desesperación. Es difícil creer en las plagas cuando uno las ve caer sobre su cabeza. ¿Qué hacer para no perder el tiempo? Respuesta: sentirlo en toda su lentitud. Uno se cansa de la piedad cuando la piedad es inútil. La epidemia procede de la tierra que se purga de su carga de humores, y deja salir a la superficie los forúnculos y linfas que la minan interiormente.

Cuando empezaron a oírse las primeras noticias alentadoras y la gente se preguntaba si sería posible volver a la vida normal y si es cierto que van a levantar un monumento a los muertos de la peste, muchos estaban de acuerdo en creer que las comodidades de la vida pasada no se recobrarían de repente y que no todo se podrá olvidar de golpe.

Al oír los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux ya sabía que la muchedumbre dichosa lo ignora casi todo de la peste: que el bacilo no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, en las alcobas y las bodegas. Y que puede llegar el día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las envíe de nuevo a una ciudad dichosa.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Coda

Setenta y tres años después de publicada, la novela de Camus se presta a una nueva lectura y nos ofrece la aleccionadora panorámica de una ciudad acosada por la fiebre, la enfermedad y el miedo. No parece que la secuencia de los hechos que relata sea muy diferente a la que hoy estamos viviendo. La pandemia que ha ralentizado la marcha del mundo y nos ha llevado al confinamiento hace aflorar actitudes, comportamientos y reacciones similares a las que observa el imperturbable médico francés. Quizá sería necesario actualizar la representación artística de las figuras instaladas en el escenario contemporáneo: los saqueadores de la opinión pública, los pescadores en el río revuelto de las emociones aflictivas, los promotores que solapan irritación e indignación, los contrabandistas de información falsificada, la virulenta frustración larvada durante años de precariedad, la proclamación del enfado como legitimización moral, la vulnerabilidad de los ancianos abandonados en los asilos, la destrucción de la credibilidad y de la respetabilidad como proyecto político de la agitación gore.

Hay algo sustancialmente diferente entre aquella época y nuestra mentalidad: hoy nos parece inaceptable que la desdicha envuelva algún tipo de enseñanza. La infantilización de la población adulta que propician los videojuegos y el entretenimiento televisivo ha descartado para siempre la madurez reflexiva del estoicismo. No hay filósofos que elaboren el guión de la responsabilidad personal ni predicadores que recuerden el papel de la culpa individual en el origen de las desgracias comunes. Nuestra época adopta estrategias encubiertas para disimular el vínculo entre transgresión y catástrofe. El discurso ecologista, que nos recuerda al sereno que en Orán se las veía venir, es el que más se parece a las diatribas inflamadas por el verbo acusador de los profetas y aun así no parece que se le haga mucho caso cuando denuncia la complicidad colectiva en la explotación de una tierra preñada de humores, forúnculos y linfas tóxicas.

Otra notable diferencia entre la ciudad de Orán aislada del mundo por la peste y el actual estado de confinamiento general es la imposibilidad de encontrar un lugar en donde sea posible vivir el silencio de la verdad. Las voces que suenan en el umbral de la conciencia esquizofrénica han invadido la totalidad del éter y su murmullo asedia a los que creíamos estar mentalmente sanos. Las pantallas, los canales y las redes emiten sin cesar el vocerío de una muchedumbre que no deja de alardear, aconsejar, reclamar, difamar, atacar, insultar, mentir y repicar. Al haber interiorizado la arenga que suena a todas horas con su apremiante urgencia, el hombre conminado a pronunciarse no sabe dónde buscar el apacible y reservado lugar del silencio interior.

La novela que, a imitación de La Peste, de Albert Camus, vaya a registrar el sufrimiento del mundo en el año 20 del siglo XXI deberá contar la odisea de esa conciencia condenada a vagar sin encontrar el rumbo que conduce al silencio de la verdad.