Uno de los artículos más leídos y comentados por los lectores de la revista digital CTXT durante el pasado mes de junio fue el publicado por su directora adjunta Vanesa Jiménez, con el título bien explícito de «La gran dimisión de los lectores» (2-6-22). El punto de partida era la constatación de una pérdida considerable de lectores de la publicación atribuible en parte a sus características singulares, vinculadas a las vicisitudes del espacio cultural asociado al 15-M, pero que constituye un fenómeno más general que afecta a todo tipo de medios escritos, desde los más minoritarios a los más masivos. Esta crisis generalizada de la audiencia estimula la búsqueda de fórmulas de toda índole para intentar recuperarla, ampliarla y diversificarla.

Más allá de constatar la evidencia de la pérdida de lectores, Vanesa Jiménez señalaba el contraste entre el importante incremento de lectores alcanzado durante los meses de la pandemia de covid y el descenso continuado observado desde el inicio de la nueva situación crítica originada por la guerra en Ucrania. Un comportamiento que atribuye a la fatiga provocada por la saturación de noticias negativas y a la necesidad psicológica de evasión:

«Los porqués de esta dimisión son muchos, y algunos obvios. Estamos hartas, cansadas de todo. Los últimos tiempos han sido, en el mejor de los casos, una vida a medio gas y ahora, ya libres del miedo a la enfermedad, nos hemos agarrado a un sucedáneo de los Locos Años 20 y llenamos las calles. Que le den a la inflación, al petróleo, a Putin y a quien haga falta. Nuestro cerebro necesita descanso, y nuestro cuerpo alegría y belleza. La política tampoco ayuda a la movilización. La ultraderecha puede entrar en el gobierno de la comunidad más poblada de España; la derecha y su nuevo líder flirtean con el trumpismo cañí de la presidenta de la Comunidad de Madrid; y la izquierda se empeña en alimentar las luchas fratricidas de siempre. ¿Qué nos queda? Desertar de la participación política. Y eso conlleva desertar también de los medios de comunicación».

El problema es que este repliegue individualista suponga un nuevo paso hacia la desaparición del espacio común que hace posible la conversación pública, sin la cual se asfixian los medios periodísticos y, con ellos, también la vida democrática:

«Los medios necesitamos lo común para ser y estar porque nuestra existencia solo sirve para el mundo de lo común, no para el de los individuos. Y si parte de la explicación al desapego actual con los medios es la pérdida del nosotros, el problema es mayúsculo. Porque podremos inventarnos mil y un formatos, o publicar las mejores historias. Dará igual».

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Espectadores pasivos

Desde dentro del mismo espacio político-cultural, el artículo de Vanesa Jiménez fue contestado por el editor Miguel Martín (CTXT, 14-6-22), responsabilizando de la dimisión de los lectores al proceso de institucionalización del movimiento del 15-M que habría convertido a los activistas en espectadores pasivos que leen, miran y consumen cosas de izquierdas, pero están desvinculados de toda participación política que no sea el voto o la abstención.

En otro registro, y fuera del ámbito de las publicaciones minoritarias, Enric González (El País, 26-6-22) ponía de manifiesto la debilidad de la prensa en general, que hoy se muestra incapaz de enfrentarse al poder. Una impotencia manifestada crudamente ante la muy probable extradición de Julian Assange a los Estados Unidos y que González vincula directamente con la pérdida de la fuerza que suponían los millones de lectores que conformaban el contrapeso de la opinión pública:

«A menos lectores, más sectarismo y más dependencia de factores espurios. A menos lectores, más gobiernos estrafalarios y perniciosos. A menos lectores, ganan los contables y pierden los periodistas. Lo vemos a diario».

La crisis de la audiencia ligada a la desconexión por fatiga, de un lado, y a la dieta informativa polarizada en nichos, del otro, está bien documentada en el último informe del Reuters Institute (Digital News Report 2022) que analiza exhaustivamente los datos del consumo de información en todo el mundo y que entre sus conclusiones destaca que:

«Nuestros datos, de forma preocupante, también evidencian una caída histórica del interés por las noticias en general. En este sentido, el hallazgo de que tanto los activistas más radicales como los jóvenes sienten que los medios no los representan de forma justa será muy problemático para las empresas que buscan generar conexión con las próximas generaciones o con quienes están en distintos lugares del espectro político. De hecho, uno de los datos más sorprendentes de este año es la diferencia radical en los hábitos de los menores de 25 años (la llamada Generación Z), incluso en comparación con los millennials que les precedieron. Estos nativos digitales son menos propensos a visitar un sitio web de noticias o a comprometerse con la información imparcial, y son más propensos a utilizar las redes sociales como principal fuente de noticias. Profundamente conectados, han adoptado las nuevas redes como Instagram y TikTok para entretenerse y distraerse y para expresar su furia política, pero también para contar sus propias historias, a su manera. Atraer a estas audiencias resulta un reto para los medios, en su mayoría integrados por periodistas que consumen noticias de forma completamente diferente».

 

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Raimon Obiols (L’Hora, 27-6-22) se hace eco de esta tendencia y, pese a entender la reacción de frustración e impotencia que expresan los encuestados, cree que «hay que resistirse a esta reacción, porque la renuncia a informarse lleva indefectiblemente a la abstención y a la inanidad». El recordatorio de la abstención registrada en las elecciones legislativas francesas constituye un ejemplo muy elocuente:

«En Francia, en la segunda vuelta de las legislativas del pasado 19 de junio, la abstención ha sido de 53,77%. Hace veinte años era del 44%. En 2012 fue del 44,60%. En diez años, pues, ha subido 10 puntos. Lo peor es que, en la primera vuelta de las elecciones, ¡la abstención fue del 75% entre los jóvenes de 18-24 años!»

Y concluye Obiols que «aunque nos desagraden las cosas que están pasando, aunque nos cueste entenderlas, la reacción de silbar y mirar para otro lado es peligrosa. Ninguna operación de cataratas nos aclarará milagrosamente la visión de los complicados problemas de este presente sombrío. Tendremos que prestar más atención, fijarnos más. Tendremos que leer más, mirar y escuchar más. Y si hace falta, tomar notas. Yo ya he tomado la decisión: este verano procuraré hacer los deberes».

Son los deberes que un mes tras otro procuramos hacer desde las páginas de política&prosa.