Son muchas las personas que al salir de un centro de arte contemporáneo donde se muestran obras realizadas en formatos digitales o de un espacio donde se exhiben experiencias visuales de realidad virtual, realidad aumentada o modelos visuales de inmersión manifiestan su decepción. Suelen considerar que han presenciado obras donde el contenido está al servicio de la tecnología y no al revés. Subrayan que uno se siente desbordado, como si asistiera a un espectáculo de magia en el que desaparece un avión en el escenario, pero sin percibir emoción alguna, ni talento artístico.

El resultado de apreciar una visión más cercana a la decepción que a la crítica nos lleva a preguntarnos en qué punto nos encontramos del diálogo entre los artistas y la ciencia, la inteligencia artificial, la realidad virtual, los videojuegos, los hologramas, los cuadros interactivos o la realidad aumentada que está configurando una nueva realidad y sensibilidad artística en el arte contemporáneo.

Si observamos la oferta de experiencias digitales que hoy podemos contemplar en Barcelona, uno tiene la impresión de encontrarse, en cierto modo, en la misma situación en que se debieron encontrar en el año 1895 los espectadores cuando, en le salon indien del Grand Café de París contemplaron sobrecogidos La llegada de un tren a la estación de la ciudad de los hermanos Lumière, una filmación que, en tan solo 50 segundos provocó la reacción del público, al ver horrorizados por primera vez en una pantalla una imagen en movimiento que se dirigía hacia ellos. Eran los primeros pasos del cine que iban a transformar, años más tarde, el mundo del arte y abriría las puertas a un arte popular donde el espectador acabaría realizando y protagonizando sus historias.

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