Cuando llegan los resultados del informe PISA siempre saltan las alarmas y se pone el foco casi en exclusiva sobre la escuela. Ahora bien, las criaturas no nacen en la escuela. Una diversidad de estructuras familiares encamina a sus descendientes hacia el centro escolar. En este gran teatro del aprendizaje, cada actor tiene su papel. Una escuela es más que un centro docente y recibe la influencia del entorno en que está situada, sea rural o urbano, al cual tiene que dar servicio. Escolarizar a las criaturas de este entorno significa crear vínculos con sus familias y hacer de puente para que puedan acompañarlas en el camino hacia el conocimiento.

En Cataluña, la escuela pública absorbe la heterogeneidad mayor de alumnado. El porcentaje de la enseñanza concertada es del 31,5% en el conjunto catalán, mientras que en Barcelona llega hasta el 54,4%. Esto da un sesgo clasista, puesto que, según la Fundació Bofill, «en la educación infantil de segundo ciclo y de primaria, el sector público matricula a 4,2 veces más alumnos de bajo nivel socioeconómico, 2,1 veces más alumnos extranjeros y 1,6 veces más alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo». Estos datos adjudican una fuerte estratificación social entre el sector público y el concertado. Por lo tanto, una parte importante del alumnado parte con desigualdades de base.

Actualmente, en algunas familias —todo tipo de familias— surge un fenómeno: el llamado niño-emperador o niño-tirano. Esta terminología se utiliza para referirse a las criaturas que presentan unas características como la insensibilidad emocional y que siempre quieren imponer su voluntad; no asumen las responsabilidades de sus actos y, por lo tanto, tienen dificultades para desarrollar el sentimiento de culpa y se rebotan ante el castigo. A todo esto, se añade la carencia de afecto hacia los adultos y, evidentemente, hacia sus progenitores. ¿Causas? Parece que puede existir una predisposición genética; sin embargo, las más habituales son las familiares: padres sobreprotectores, muy permisivos, y que no saben establecer límites.

Algunas veces, la carencia de acuerdo entre los padres a la hora de establecer las normas y los valores la aprovecha el hijo para imponer su voluntad por medio del chantaje emocional. De todos modos, las causas ambientales también hacen su trabajo. Los niños y adolescentes viven en una sociedad consumista e individualista, rodeados de mensajes de éxito fácil, mientras que las pantallas pueblan su mundo con un lenguaje pobre. Todo esto puede llevarlos a aislarse de la realidad. Quieren que sus deseos se cumplan inmediatamente y no toleran la frustración. Los padres también están inmersos en esta sociedad, donde la carencia de tiempo para dedicar al cuidado de los hijos y la ausencia de herramientas y de habilidades para aplicar normas y hacerlas cumplir, les hace delegar sus funciones en la escuela, en las actividades extraescolares o en las pantallas.

 

Los caprichos de un niño-rey

Con todo este bagaje, a los niños les resulta dificultoso adaptarse a las normas establecidas y a las figuras de autoridad. Es muy importante establecer una buena relación entre la familia y la escuela, puesto que el objetivo es el mismo: la educación. Como dice el pedagogo Philippe Meirieu, «No se tiene que subordinar toda la actividad educativa a los caprichos de un niño-rey. La educación se tiene que centrar en la relación entre el sujeto y el mundo humano que lo acoge». Por lo tanto, para ser sujeto en el mundo, se tiene que ser capaz de comprender el presente y de inventar el futuro.

Las familias tienen que entender que la autoridad no se consigue ni con gritos ni siendo amigos de los hijos. La autoridad se consigue día a día.

Hace tiempo que hay familias que se ven sobrepasadas y necesitan ayuda para establecer normas y mantenerlas a lo largo del tiempo. Las familias tienen que entender que la autoridad no se consigue ni con gritos ni siendo amigos de los hijos. La autoridad se consigue día a día. Las asociaciones de madres y padres, las AFA actuales, podrían tener un papel activo como comunidad educativa para llevar a cabo talleres donde los progenitores encontraran el apoyo que necesitan. No tenemos que olvidar que las AFA son una correa de transmisión entre el centro y el entorno.

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Cuando surgen datos que nos hacen estremecer, todo el mundo se pregunta qué ha podido pasar y la pelota va pasando de tejado en tejado. Si miráramos un poco atrás, todavía podríamos recordar los tiempos en que la conversación era la clave de comunicación en las familias. Las palabras van abriendo horizontes a los niños y la representación del mundo se va estableciendo en su pensamiento. Por eso es tan importante la conversación con los niños y que, desde muy pequeños, llamen a las cosas por su nombre, aunque su habla sea de lengua de trapo. Más adelante, con la explicación de las acciones cotidianas irán ampliando el vocabulario y, sea por repetición o por intervención, irán formando parte de las conversaciones.

Si mirásemos un poco atrás, todavía podríamos recordar los tiempos en que la conversación era la clave de comunicación en las familias.

En la escuela, los alumnos también van ampliando vocabulario. Hasta los 9 años aprenden a leer y después leen para aprender. Si el niño tiene menos de nueve mil palabras irá cojo en lengua. Como que los entornos familiares son tan diversos, es la escuela la que debe proporcionar los medios para ampliar su léxico. En la escuela se leía a todas horas, fuera la propia maestra o entre el alumnado. Se leía en clase de matemáticas, de sociales o de naturales. Esto ha cambiado. La expresión ha sido y es muy importante en el proceso de la lectura. ¿En qué momento se empezó a perder la lectura?

 

El conocimiento previo, clave

Los que nos dedicamos a este oficio ya hace tiempo que estábamos avisados. En el último estudio PRILS (Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora) el alumnado de cuarto de primaria en Cataluña obtenía una puntuación de 507,14 puntos, por debajo de la media de España (521). Dentro del proceso de la lectura, un paso importante es la comprensión. Y la comprensión no se completa hasta que se integra el mensaje o el texto a los conocimientos que el lector ya tiene. La clave es el conocimiento previo. El conocimiento previo se adquiere desde muy pequeños con la conversación, en casa, con los vecinos, con otras criaturas y otros adultos. Se adquiere con los cuentos leídos o explicados, con los relatos de las abuelas y abuelos, con las lecturas… E interactuando con personas del entorno, no solo con pantallas. Cómo decía Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».

La interrelación de los niños y adolescentes con personas de su entorno se ha ido limitando por el incremento del uso de las pantallas. Las pantallas han poblado las aulas, sobre todo desde la pandemia, y se han colado por la puerta trasera en nuestras vidas y en la intimidad de nuestros hijos. Para ellos es indispensable la popularidad y conseguir muchos likes. En un momento crucial de la vida, como es la adolescencia, en que el reconocimiento del grupo es tan importante, están más expuestos y desprotegidos que nunca con las nuevas herramientas tecnológicas, que pueden llegar a convertirse en peligrosas.

La familia, tenga el nivel cultural que tenga, no tiene que asumir el rol de refuerzo pedagógico. Su papel tendría que ser el de la comunicación entre padres e hijos.

El aprendizaje a través de las pantallas no puede sustituir al directo. El papel del adulto es muy importante como mediador, acompañando a los niños sobre todo en el lenguaje oral. Y en este terreno los padres también tienen un papel a jugar. Ahora que están tan preocupados por el uso del móvil, por la edad en que se les tendría que dar esta herramienta y por su prohibición en las escuelas, nos podríamos preguntar: ¿qué hacen los adultos con su móvil cuando llegan a casa? Quizás es el momento de hacer una reflexión sobre el modelo de adulto y el compromiso social con la educación.

A la escuela se va a aprender. Y la parte más específica corresponde a la institución escolar: los aprendizajes académicos, los recursos para el estudio, la transferencia y la aplicación de las enseñanzas… La familia, tenga el nivel cultural que tenga, no tiene que asumir el rol de refuerzo pedagógico. Su papel tendría que ser el de la comunicación entre padres e hijos, preocupándose por sus estudios y sus inquietudes, valorando sus progresos y ayudándolos en las dificultades.

El reconocido catedrático Álvaro Marchesi ya advertía en 2007 que los centros educativos situados en contextos socioeconómicos bajos tienen más dificultades para conseguir un ambiente escolar adecuado para el aprendizaje. Puede ser por la inestabilidad de las plantillas, por falta de motivación del profesorado o por expectativas menores hacia sus alumnos. También podemos considerar que a los padres y madres les falten habilidades para participar en las actividades de la escuela o para ofrecer un capital cultural necesario para complementar los aprendizajes en el centro. Por eso, Marchesi sugería: a) Apoyo a las familias para que colaboren en la educación de sus hijos, especialmente a las que tengan hijos con dificultad de aprendizaje o vivan en entornos desfavorables. Este tendría que ser uno de los objetivos principales de la política educativa, y b) Otro objetivo es el trabajo y la conexión de los profesores con los padres a lo largo del curso escolar.

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La autoridad del maestro

Después de los resultados del último informe PISA, su coordinador, Andreas Schleicher, consideraba que los mejores maestros deberían ir a las escuelas más desfavorecidas y le inquietaba la bajada de la participación de los padres en la escuela. Schleicher afirma: «Los estudiantes se convierten en consumidores, los maestros en proveedores de servicios, las escuelas en una especie de institución social y los padres en clientes. Hemos perdido la práctica de trabajar juntos en el desarrollo de los estudiantes. Necesitamos una implicación en la educación que no suponga pasar todo el tiempo haciendo deberes escolares, sino que los progenitores envíen a sus hijos la señal de que se toman la escuela seriamente y valoran la autoridad del maestro.»

La bajada de la participación de los padres en la escuela, que ya se había observado en los últimos tiempos, puede ser un acicate para buscar nuevas estrategias que faciliten la relación entre familia y escuela, sabiendo que es un valor para el éxito escolar de todo el alumnado y salvando las diferencias familiares de partida. Por eso es necesario un diálogo entre profesores, padres y administración local, para analizar y después concretar el proyecto educativo del centro. Eso sí, teniendo siempre en cuenta que un centro escolar no puede ser una isla, y que se debe tender a zonas educativas de dos o más centros para coordinar proyectos educativos de 0 hasta 18 años que incorporen las actividades lectivas, complementarias, extraescolares y servicios educativos y culturales más allá del ámbito escolar.

Siendo conocedores de que no todos los niños, niñas y jóvenes tienen las mismas oportunidades debido a la importancia del peso cultural familiar, una de las funciones de la escuela pública tendría que ser también la de facilitar y proporcionar prácticas culturales que enriquezcan el bagaje de origen de los escolares y les proporcionen nuevas vías de aprendizaje. Estos contextos se pueden encontrar al entorno más próximo: el barrio, el pueblo o la ciudad. Se trata de que el territorio se convierta también en espacio educativo. No es indispensable llevar todas las opciones culturales a la escuela. Las AFA pueden ser buenas gestoras culturales juntamente con las administraciones locales, todo enmarcado en un proyecto educativo de territorio.