Gran parte del mundo intelectual tiende a afirmar que lo invisible, el espíritu, el alma y la conciencia que se despliegan y expanden entre nosotros como potencias ya no son una vía válida para explicar el mundo. Esta percepción la tienen incluso algunos poetas, artistas visuales o cineastas. Se ha perdido el interés en las caídas del alma rilkeniana y los prodigiosos ascensos de Hölderlin. Muchos intentan evitar el encuentro con sus fantasmas en el mundo de los vivos.

Actividades tan populares como lanzar las cartas, leer las manos, revelar el futuro en una taza de café o hacer una carta astral son vehículos, en la mayoría de los casos, para conocer mejor lo que sucederá en el futuro y no tanto para conectar con lo no visible, remitiendo a los sueños, los fantasmas, las intuiciones y la inspiración. En un siglo, la sociedad moderna ha pasado de los salones y las sociedades psíquicas a los gimnasios. Hasta la promesa de un futuro del mundo conectado al metaverso plantea la ilusión de vivir una realidad desdoblada donde, muy probablemente, no se tendrán en cuenta todos aquellos planos de la realidad que no se puedan explicar, como por ejemplo los fantasmas.

No se trata de creer en los espectros, ni en entidades no humanas que se mueven en la sombra, sino de preguntarse cómo es posible que sea un tabú en el siglo XXI mostrarse sensible a las energías espirituales. Sin duda, una de las razones es la mentalidad del hombre moderno, que no valora aquello que no puede demostrarse empíricamente. La relación del arte contemporáneo con la muerte se aborda desde el punto de vista político para señalar y mostrar las víctimas desde un plano científico, como si se tratase de una actualización del cuadro de Rembrandt Lección de anatomía del doctor Joan Deijman, donde vemos a dos forenses midiendo el cráneo de un muerto; o como los cadáveres plastinados de Gunther von Hagens, los cráneos decorados de Gabriel Orozco en su obra Papalotes negros o el cráneo recubierto de diamantes de Damien Hirst.

Todos estos ejemplos muestran la conexión del arte con una crítica del mercantilismo egoísta y de las conexiones culturales del pasado con el presente; nos sitúan ante la muerte no como un paso necesario para iniciar el diálogo con lo que no podemos ver al estar vivos y tener los ojos abiertos, sino para potenciar la percepción de la realidad y así transformarla, buscando más y más realidad.

Retomar la senda de la energía espiritual nos enfrenta a la duda y nos aleja de las falsas certezas de la vida.

El progresivo alejamiento del hombre moderno de la energía espiritual es cada vez más intenso, hasta el punto de que el propio término «espiritual» se ha dejado de utilizar para explicar el mundo. Las religiones, espacio para los milagros, y, en concreto, el cristianismo, se encuentran en la necesidad de ser cada vez más laicas para distanciarse de las instituciones que las avergüenzan con sus abusos sexuales o con su forma de afrontar los nuevos avances científicos y tecnológicos.

El diálogo que llevó a cabo Henry Bergson en 1913 entre ciencia, filosofía y sociedad en The Society for Psychical Research en Londres, hoy se consideraría frívolo y alejado del sentido común.

Ahora la realidad se basa en el hecho de que todo pueda medirse. La Terra incógnita que exploró Bergson se basa en «afrontar la burla que atemoriza a los más valientes». El filósofo de Memoria y percepción se planteó: «me he preguntado algunas veces qué habría pasado si la conciencia moderna, en lugar de partir de las matemáticas para orientarse en la dirección de la mecánica, la astronomía, la física y la química, y centrar todos los esfuerzos en el estudio de la materia, hubiera comenzado por la consideración del espíritu».

 

Mirar lo que no podemos ver

A Bergson no le asustaban «los fantasmas vivos» ni el poder de los sueños, ni la investigación psíquica; lo que temía era no poder explorar la frontera, casi imperceptible, que separa lo visible de lo invisible. En su conferencia en The Society for Psychical Research de Londres hizo observar a los asistentes que muchas personas han tenido el sueño de volar: «he soñado con frecuencia que volaba por encima de la tierra, pero esta vez estoy completamente despierto. Ahora sé, y se lo mostraré a los demás, que nos podemos emancipar de las leyes de la gravedad».

Bergson daba una explicación lógica «referida entonces a la convicción de que vuestro cuerpo ha abandonado el suelo, se ha convertido en una sensación precisa del esfuerzo para volar». Es la convicción, la creencia de lo que deseamos, lo que nos transmite la sensación de estar volando. La energía espiritual que había contribuido al desarrollo de las sociedades en el siglo XIX y comienzos del XX ha sido expulsada de las sociedades modernas. El camino recorrido nos aleja de la idea de volar y nos deja a merced de este conocido aforismo: «de noche sueño ser pájaro y de día soy cazador». Retomar la senda de la energía espiritual nos enfrenta a la duda y nos aleja de las falsas certezas de la vida. Volver a mirar aquello que no podemos ver provoca miedo y desazón porque no entendemos qué está ocurriendo, pero también nos rodea de poética en un mundo en el que no todo puede estar en manos de la razón.