La lógica sucesión de acontecimientos derivados de las elecciones generales del 23 de julio ha hecho olvidar rápidamente algunos episodios de la campaña electoral que quizá valga la pena recordar. Porque en esa campaña hemos podido observar -y sufrir- un condensado de las patologías que minan la salud de nuestra democracia. Unas enfermedades cuya principal consecuencia es hacer casi imposible una deliberación pública razonada y razonable, sin la cual los procesos de formación de la voluntad democrática y de la correspondiente adopción de políticas públicas sufren una severa distorsión.

Existe una coincidencia generalizada al considerar que lo más grave de estos trastornos es la degradación de la palabra y de su valor como significante, con la consecuencia de difuminar la diferencia entre hechos reales, valoraciones fundamentadas y opiniones arbitrarias hasta el punto de acabar por provocar un eclipse de la verdad. Huelga decir que a este proceso de degradación acelerada de la palabra contribuye el carácter híbrido de las redes sociales donde se mezclan desordenadamente las esferas privada y pública, así como su instantaneidad, que da la vuelta a la dinámica más reflexiva que podían facilitar los formatos y los ritmos de los medios de comunicación más tradicionales.

Joan Burdeus en Núvol (14-7-23) glosa las reflexiones de Jürgen Habermas sobre cómo las nuevas redes sociales alteran la estructura de la esfera pública y la posibilidad de una política deliberativa: «Habermas sostiene que lo que es propio de las redes sociales es su naturaleza híbrida, semipública. En vez de reflejar un ágora griega a gran escala, “la infraestructura de esta esfera pública plebiscitaria, reducida a clics de aprobación y desaprobación, es de carácter técnico y económico”. Habermas, para quien la democracia depende de mantener un espacio aislado de la corrupción de la razón instrumental (es decir, del capitalismo), ve cómo estos espacios parecen adquirir una intimidad extrañamente anónima: no se pueden considerar ni públicos ni privados, sino más bien como una esfera de comunicación hasta entonces reservada a la correspondencia privada, elevada ahora a la categoría de pública». Y concluye que «un espacio sólo se puede considerar genuinamente público cuando todo el mundo presupone que los demás utilizan el lenguaje de buena fe, mientras que en los espacios privados ya se entiende que el lenguaje se puede utilizar de otras maneras».

Durante la pasada campaña electoral fueron numerosos los episodios que ilustran esta combinación de desprecio por la palabra y la verdad y su propagación tóxica a través de las redes sociales. Pero especialmente uno de esos episodios causó estupefacción e indignación en amplios sectores de la opinión pública. Se trata del eslogan Que te vote Txapote, difundido abiertamente por la extrema derecha y con hipócrita ambigüedad por el Partido Popular. Sin duda la mejor expresión de la indignación provocada por el uso de este eslogan fue la de un artículo publicado en el diario El País (15-7-23) por el escritor Antonio Muñoz Molina con un título bien explícito: «La era de la vileza».

Muñoz Molina describe esta era de la vileza como «aquella en la que habrán desaparecido todos los límites a la manipulación y a la mentira, y en las que la calumnia se difundirá con la desenvoltura de una sonrisa publicitaria y con la eficiencia multiplicadora del estercolero inmundo de la prensa sin escrúpulos y de las redes sociales”. En definitiva, una era caracterizada por «la repetición metódica del abuso, la injuria y la mentira. Al volverse habituales no pierden su veneno, pero cada vez provocan menos escándalo».

José María Ridao considera que Pedro Sánchez ha sido objeto de uno de los linchamientos políticos más descarnados contra un presidente de Gobierno desde la aprobación de la Constitución en 1978.

No está de más recordar, como hace Muñoz Molina, dos de los hitos fundamentales en nuestra particular era de la vileza: las mentiras de José María Aznar sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak y sobre la autoría de los atentados del 11-M de 2004 en Madrid. Unos hitos que son piezas mayores del poso dejado por el Partido Popular en los últimos veinte años, que oportunamente apuntaba Oriol Bartomeus en el mismo diario El País (13-8-23): «Las líneas maestras trazadas durante el segundo mandato de Aznar… y continuadas durante la primera legislatura de Zapatero (la de la teoría de la conspiración del 11-M), son las que siguen rigiendo la acción de un PP en manos de la facción más intransigente, que solo entiende la victoria si comporta la destrucción del adversario… mediante la estigmatización del otro, del traïdor, el felón, el vendepatrias, al que después se le reprocha no facilitar, con su abstención, la derogación de su obra de gobierno». Un poso de «tanta rabia, de tanto odio vertido, que condiciona la totalidad del sistema, es decir, la posibilidad de llegar a entendernos para construir algo entre todos».

 

«Solo dos palabras»

Más contundente aún, José María Ridao, que, en un artículo también con un título inequívoco «La España feroz» (El País, 19-7-23), considera que el presidente Pedro Sánchez ha sido objeto «de uno de los más descarnados linchamientos políticos contra un presidente de Gobierno desde la aprobación de la Constitución en 1978, quizá sólo comparable al que padeció Felipe González». En nombre de este recordatorio, Ridao interpelaba a González a salir de su mutismo: «La ferocidad de los ataques alcanzó tal intensidad que cuesta trabajo entender cómo Felipe González ha guardado estos días un silencio indescifrable en lugar de dirigir al Partido Popular dos palabras con la autoridad que le concede haber sido víctima de un linchamiento semejante… Exactamente eso es lo que muchos ciudadanos esperábamos de Felipe González en estas circunstancias, dos palabras. No para respaldar al candidato socialista ni su acción de Gobierno o su programa electoral, sino para preservar el sistema que tanto le debe de una crispación que lo está deteriorando y que amenaza con arruinarlo. Dos palabras, solo dos palabras habrían bastado: así, no. Señores del Partido Popular, así, no. Otra vez, no».

Esta preocupación por la pervivencia de un sistema democrático profundamente liberal, amenazada por la imposibilidad de una conversación pública que busque un mínimo común denominador compartido por la gran mayoría de las fuerzas políticas, impulsa también reflexiones como las de Andrés Ortega o de Víctor Pérez Díaz.

Así Ortega, en elDiario.es (18-7-23), considera imprescindible ganar las guerras culturales de esta época de la posverdad para asegurar la posibilidad de las transformaciones que necesita España: «Las derechas han aprendido de Trump: miente que no importa. Sí importa. Al menos mientras no llegue ese estallido de manipulación que va a suponer en las campañas hiperpersonalizadas la simbiosis de las redes sociales con la inteligencia artificial generativa, con posibilidades sumamente preocupantes. Lo veremos primero en Estados Unidos. Las campañas se han convertido en batallas de unas guerras culturales que, pase lo que pase el 23-J, irán a más en España dificultando cualquier entendimiento  entre los votantes y entre los dos grandes partidos».

Víctor Pérez Díaz, en El Mundo (14-7-23), constata la adopción generalizada del lenguaje de la guerra en el debate político «orientado contra un chivo expiatorio, identificado como un enemigo exterior y, al tiempo, interior, de modo que el enemigo exterior se fundiría con un adversario doméstico redefinido como traidor a la patria». Y es de este modo cómo se va produciendo la disolución de la comunidad política y, por tanto, de la base sobre la que se edifica la legitimidad del sistema democrático.