Cuando Giuseppe Conte fue encargado de formar gobierno en la primavera de 2018, a nadie le sonaba su nombre. Los italianos conocían a unos cuantos que se apellidaban Conte, como Paolo, el cantautor, o Antonio, el exfutbolista y ahora entrenador del Inter, pero a nadie que se llamara Giuseppe. Los periodistas tuvieron que ir buscando a toda prisa informaciones para intentar explicar a 60 millones de personas, angustiadas por una larga crisis política, quién era el nuevo presidente del gobierno. Se descubrió así que detrás de esa sonrisa entre tímida y presumida y de ese look de clergyman con pochette había un abogado de 54 años nacido en un pequeño pueblo del interior de Apulia que, tras una brillante carrera universitaria, había conseguido una cátedra de derecho privado en la Universidad de Florencia. Poco más.

En realidad, su nombre había saltado por primera vez a las crónicas unos meses antes cuando, en la víspera de las elecciones que habrían revolucionado el panorama político transalpino, el Movimiento 5 Estrellas (M5E) lo había incluido entre los ministros de su futuro gobierno, en caso de que los grillini hubiesen ganado las elecciones. Al abogado de Volturara Appula le habría tocado la poco apetecible cartera de Administración Pública.

Luego pasó lo que pasó y, tras tres meses de tiras y aflojas y la inesperada alianza entre el M5E y la Liga lepenizada de Salvini, el movimiento fundado por el excómico Beppe Grillo se sacó de la chistera el nombre de Conte para el cargo más importante. En su primer discurso se presentó demagógicamente como «el abogado defensor del pueblo italiano». Estábamos en los tiempos del primer ejecutivo nacionalpopulista al sur de los Alpes –un ejecutivo alabado por Steve Bannon y Marine Le Pen– y esa retórica se ajustaba muy bien al Zeitgeist.

 

Conte I: el abogado del pueblo

Los 5 Estrellas, partido al cual Conte no estaba afiliado, explicaron que ese desconocido profesor de Derecho Privado tenía que ser el «garante» del contrato de gobierno entre el M5E y la Liga. Sin embargo, fue tachado inmediatamente por la oposición y la mayoría de los medios de títere de Matteo Salvini y Luigi Di Maio que, de hecho, ocuparon unas inéditas vicepresidencias, además de los ministerios más importantes. Títere, de hecho, le llamó también en la Eurocámara el líder de los liberales, Guy Verhofstadt.

El primer Conte que conocieron los itaianos se encontraba a gusto con fórmulas trumpianas como el cierre de los puertos.

Conte, en síntesis, venía a jugar el rol del «útil desconocido», un hombre medianamente respetable al que le tocaba leer los discursos que le escribían los verdaderos líderes del ejecutivo. Pero también venía a ser la «expresión de la gente», un no-político cuya elección ofrecía una apariencia de meritocracia y ascensión social, además de canalizar el deseo de protagonismo de los excluidos del sistema. Visto en perspectiva, tampoco es algo extraño: justo ese mismo mayo de 2018 en Cataluña se nombraba a un «presidente vicario» y, dos años antes, Tihomir Orešković, empresario farmacéutico sin experiencia política, era elegido primer ministro croata en un gobierno de populistas y conservadores. Giuseppe Conte parecía, pues, el ventrílocuo de la extraña pareja Salvini-Di Maio.

En la primera cumbre en la que participó, la reunión del G7 celebrada en Canadá en junio de 2018, se alineó con Trump y defendió sin pestañear el programa de gobierno redactado por los dos partidos que formaban el ejecutivo que presidía. Cargó desde el minuto uno contra la inmigración clandestina y «los traficantes de seres humanos» y puso siempre su firma en los diferentes decretos con sabor populista que se aprobaron en los meses siguientes. El primer Conte que conocieron los italianos no contradijo ni matizó las salidas de tono ultraderechistas de Salvini. Al contrario: parecía encontrarse a gusto con fórmulas trumpianas como las del cierre de los puertos o la aprobación de los Decretos Seguridad que criminalizaban a las ONG –tachadas de «taxis del mar»– y ampliaban la legítima defensa.

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En Davos se tomó la libertad de decirle confidencialmente a Merkel que él era quien mandaba y que podían fiarse de Italia.

Las tensiones con la Comisión Europea de finales de 2018 sobre los presupuestos italianos empezaron a mostrar otra faceta del nuevo premier transalpino. Conte y el ministro de Economía, el liberal Giovanni Tria, consiguieron evitar el inicio de un procedimiento de déficit excesivo contra Italia y rebajaron los temores en Bruselas de que el nuevo ejecutivo apostase por una salida de Italia del Euro. A Conte se le veía cómodo en las reuniones internacionales: en el foro de Davos se tomó la libertad de decirle de forma confidencial a la cancillera Angela Merkel que era él quien mandaba dentro del gobierno y que podían fiarse de Italia. Sin excesos y con la ayuda de su portavoz, Rocco Casalino, conocido por haber participado en la primera edición del Gran Hermano en el año 2000, Conte intentaba construirse un perfil propio, desvinculándose de Salvini y Di Maio: buscaba convertirse en el interlocutor de la UE en una Italia que muchos ya no entendían.

 

Conte II: el ‘premier’ más valorado

Luego vino la que todos los diarios llamaron la crisis política «más loca» de la historia italiana. Reforzado por el éxito en las elecciones europeas, en julio Salvini decidió romper la alianza de gobierno con el M5E y, mientras se tomaba un mojito y pinchaba música en las playas adriáticas, pidió «plenos poderes». El líder de la Liga daba por hecho que se habrían convocado nuevas elecciones en las que habría arrasado, pudiendo así gobernar con mayoría absoluta. El tiro le salió por la culata: el M5S y el Partido Democrático (PD) consiguieron superar su profunda animadversión y formaron un nuevo ejecutivo.

En esas semanas todo el mundo pensaba que Conte pasaría a la historia, pero el empecinamiento de los grillini, que pusieron su continuidad como un aut-aut, y la personalidad que el abogado de Volturara Appula mostró en la intervención en el Senado, donde machacó a un Salvini visiblemente hundido, le permitieron mantenerse en su cargo.

A principio de septiembre de 2019 se formaba así el nuevo gobierno progresista: cambiaban casi todos los ministros, pero el presidente seguía siendo el mismo. El PD se tragó el sapo y tuvo que conformarse con un Conte que, de la noche a la mañana, se presentaba como un político moderado y europeísta. Hasta recibió un tuit de apoyo del histriónico Donald Trump que le llamaba Giuseppi: los estadounidenses, preocupados por las amistades rusas de Salvini y el ingreso italiano en la nueva Ruta de la Seda china, no vieron con malos ojos el cambio de gobierno. Un gobierno que, de hecho, se preocupó en remachar inmediatamente su atlantismo.

En los meses siguientes, mientras el ejecutivo parecía cada vez más dividido y sin un proyecto consensuado de gobierno, Conte siguió trabajando en la construcción de su perfil público. Repitió más de una vez que en el pasado había votado al centro-izquierda y que su tradición política venía del catolicismo democrático. Se enfatizó su etapa de estudiante en la residencia universitaria Villa Nazareth, cuyo director en los 80 fue Pietro Parolin, actual secretario de Estado del Vaticano. Conte parecía tener canales directos con el otro lado del Tíber y con el presidente de la República, el exdemocristiano Sergio Mattarella. O, al menos, esa ha sido la imagen que se quiso mostrar. En un Italia huérfana de la Democracia Cristiana, el partido que lo había sido todo en la Primera República, muchos vieron en Conte el nuevo catalizador de una fuerza centrista que podía unificar al disperso mundo católico, aún más descolocado tras el fin del berlusconismo y el giro integrista salviniano.

Poco a poco, Conte se construyó así una cierta reputación hasta el punto que el mismo secretario del PD, Nicola Zingaretti, angustiado por la incapacidad de su partido, el díscolo Matteo Renzi y los grillini por trabajar conjuntamente, llegó a considerarlo el «punto de referencia de todas las fuerzas progresistas». En esta operación, el estallido de la crisis del coronavirus, con Italia en el ojo del huracán desde el minuto uno, le vino, en cierto sentido, como anillo al dedo. Su estilo pausado en las horas más duras que vivió el país le otorgó popularidad: los italianos, en búsqueda de alguien que les diese un mínimo de seguridad, vieron en él una persona capaz y respetable.

Su estilo pausado en las horas más duras de la pandemia le dio popularidad; los italianos vieron en él una persona capaz y respetable.

Conte asumió las mayores responsabilidades y personalizó la gestión política de la emergencia: centralizó las decisiones con unos decretos de la presidencia del consejo de ministros y comunicó a los italianos las decisiones en vídeos en directo de Facebook a altas horas de la noche. No faltaron las críticas, inclusive en su mismo gobierno, pero su consenso levitó: lo siguen valorando positivamente más del 60% de los italianos. Ningún presidente del gobierno había llegado a estos niveles en las décadas anteriores.

Además, Conte pudo mostrar otras dos «victorias». Por un lado, a nivel sanitario parecía que se las cosas hicieron bien ya que en verano en Italia casi no se registraron contagios: la reputación del país, hundida en marzo, se recuperaba a nivel internacional. Por otro, los esfuerzos para forzar la mutualización de la deuda a nivel europeo se concretaron en la histórica decisión del mes de julio con la aprobación del programa Next Generation EU, del cual Italia se llevaba la parte más consistente. La jugada le salió redonda a Conte. ¡Chapeau!

 

El arte de saber durar

 Sin embargo, en los tiempos líquidos e inciertos en que vivimos todo es muy inestable. La gloria puede ser flor de un día. De hecho, hay quien considera que Conte ha sido el hombre adecuado para gestionar la emergencia, pero que no es la persona más indicada para la fase de reconstrucción post-pandémica. La crisis golpeará duro, aunque lleguen pronto los fondos europeos, y el descontento y el resentimiento irán creciendo.

De momento, el abogado de Volturara Appula no parece amedentrarse, pero es consciente de que hemos entrado en una nueva fase. Así, intenta co-responsabilizar a las regiones de las nuevas restricciones sanitarias con el objetivo de no acabar escaldado por la toma de decisiones impopulares. Cada día quiere mostrar que tiene autonomía política respecto de sus antiguos valedores, el M5E, se lleva bien con el PD y se deja seducir por las voces que le piden que se ponga al frente de un nuevo partido. En síntesis, toma tiempo para ver de dónde sopla el viento.

Lo que Conte ha demostrado en estos dos años es que es un camaleón y un buen actor. Así que no descarten una nueva transformación del personaje. ¿Lo veremos de presidente de la República? Nunca digas nunca jamás. De lo que no cabe duda es de que Conte ha aprendido el arte de saber durar, una regla básica de cualquier democristiano D.O.C. Al final, como se decía hace años al sur de los Alpes, moriremo tutti democristiani.