En el verano de 2021, Vladímir Putin publicó un ensayo de cinco mil palabras, titulado «Sobre la unidad histórica de los rusos y los ucranianos», en el que explicaba las razones de la invasión que inició unos meses más tarde. Remontándose al siglo XIII, explicaba por qué Ucrania no tenía derecho a ser un país plenamente independiente, ni a utilizar su ficticia soberanía para acercarse a Occidente, y por qué debía asumir su papel histórico de hermana menor —la «pequeña Rusia»— sometida a los designios imperiales de la Gran Rusia. También por qué, si no lo hacía, Moscú estaba legitimado para tomar medidas.

La invasión rusa de Ucrania ha sido, pues, una de las pocas tragedias políticas recientes que resultan claras en términos morales. Podemos discutir si, a principios de los años noventa, los líderes de Estados Unidos y Europa se equivocaron en la manera en que condujeron la disolución de la Unión Soviética. O si, en 2008, la OTAN fue imprudente al prometer el futuro ingreso de Ucrania y Georgia en la alianza. Pero ninguno de esos posibles errores excusan una guerra que se inició sin que mediara ninguna provocación, con objetivos civiles, cuyo fin es el derrocamiento de un líder democrático, la anexión de territorios y la destrucción de la cultura y la soberanía de un país que votó nítida y legalmente en favor de su independencia.

Si en esta ocasión todo está tan claro, e incluso lo ha explicado detalladamente el impulsor casi único de la guerra, ¿por qué hay quien sigue interpretando la invasión rusa como una muestra más de que la culpa de todo la tienen, de nuevo, Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN?

Por supuesto, el Estado ruso es muy hábil en la preservación de sus intereses ideológicos. Su principal herramienta propagandista no consiste en defender fundamentadas verdades alternativas a las de los medios y los líderes occidentales, sino en propagar sistemáticamente hechos y discursos contradictorios. Su intención es nítidamente nihilista: transmitir que, dado que no existe ninguna certidumbre, no hay razón para creer en nociones como la objetividad o la honestidad: «Nada es verdad y todo es posible», como sintetizó brillantemente el analista ruso-británico Peter Pomerantsev en su libro del mismo título.

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