La industria del cine español está bajo mínimos. Y no solo por culpa de la pandemia. Desde hace unos cuantos años, por no decir décadas, producir una película en este país se ha convertido en una aventura, en un riesgo de consecuencias incalculables. Apenas existen ayudas o subvenciones, la taquilla no responde y, en general, a casi nadie le importa un bledo el asunto. Con dos excepciones más que significativas, eso sí, aunque también contrapuestas.

Por un lado, la ceremonia de entrega anual de los Premios Goya, a juzgar por los fastos y el autobombo con que se celebra, podría hacernos pensar que la cosa va viento en popa y que las quejas de los trabajadores del sector solo son lloriqueos de niño mimado. Por otro, más o menos desde el cambio de siglo, la aparición de un nutrido grupo de cineastas independientes ha puesto en evidencia que no es talento lo que falta, sino que más bien sobran ínfulas y delirios de grandeza. Por ejemplo ¿por qué cierto cine español tiene que parecerse cada vez más al americano? ¿A qué viene esa obsesión por realizar productos técnicamente irreprochables e incluso ostentosos, aunque ello conduzca en ocasiones a descuidar el contenido?

Se trata de un complejo de inferioridad que proviene del franquismo, cuando las «españoladas» eran casi siempre películas baratas y poco cuidadas, en comparación con las que venían de Hollywood. Pero los tiempos han cambiado y esos nuevos directores y directoras están demostrando que el cine, o por lo menos el cine que debería importarnos, es un arte que a veces no necesita de mucho dinero para salir adelante.

Precisamente las nominaciones a los Goya correspondientes a 2020, que se entregarán este mes de marzo, han dejado entrever que quizá se esté produciendo una pequeña revolución. Una película de la que les hablaba hace poco en estas mismas páginas, El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, ostenta dos candidaturas, al mejor documental y al mejor montaje. Y otra más, My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang, ha emulado esa pequeña gesta al alzarse con otro par de ellas, también al documental y a la dirección novel.

 

Sorpresa en toda regla

No voy a abundar en la primera (véase el número de enero), pero sí me gustaría decir unas cuantas cosas sobre My Mexican Bretzel, pues se trata de una sorpresa en toda regla. El año del descubrimiento, como dije en su momento, proviene de una tradición muy española, que hunde sus raíces en el cine de la Transición. My Mexican Bretzel, en cambio, no se sabe muy bien de dónde sale ni qué pretende, o por lo menos eso pensamos muchos al verla por primera vez. Se desprende de ella que a su directora deben de interesarle sobremanera los melodramas de la época clásica de Hollywood, pero también ciertas técnicas del cine de vanguardia y experimental. Y al llegar ahí surge la cuestión: ¿cómo ha conseguido mezclar esas dos tradiciones y acabar interesando a un público amplio, como así ha demostrado su paso por festivales y su estreno en cines?

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He ahí la primera innovación que propone Giménez Lorang: alejarse de su propia herencia cultural, negar sus señas de identidad.

Al ver My Mexican Bretzel se puede pensar que es la película de alguien que hubiera querido filmar un melodrama clásico pero, a la vista de las circunstancias, se da cuenta enseguida de la imposibilidad de hacerlo como entonces. Hay cineastas que han renovado el género, por supuesto, como por ejemplo Todd Haynes, que en Lejos del cielo (2002) y Carol (2015) cuestiona su poso ideológico a partir del feminismo y lo queer. Pero ¿cómo llegar a eso desde una cinematografía como la española, sin apenas tradición al respecto, tan apegada a las formas populares y al folletín decimonónico, tan alejada de la sofisticación hollywoodiense?

He ahí la primera innovación que propone Giménez Lorang: alejarse de su propia herencia cultural, negar sus señas de identidad. La protagonista de My Mexican Bretzel es Vivian Barrett, la esposa de Leon Barrett. Se trata de una pareja de millonarios suizos que, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, se enfrentan a una serie de vicisitudes, desde las secuelas de la contienda bélica a la tentación del adulterio, todo ello entre Europa y Estados Unidos, en medio de viajes constantes y diversos conflictos vitales, económicos y morales. ¿Conseguirá Leon tener éxito en sus negocios? ¿Descubrirá alguna vez que su mujer tiene un amante? ¿Le encontrará ella algún sentido a esa vida que empieza a sumirla en el tedio?

Como Solo el cielo lo sabe (1955) o Escrito sobre el viento (1956), aquellos grandes melodramas de Douglas Sirk que parecen servirle de modelo, My Mexican Bretzel habla de las clases privilegiadas de la posguerra desde una perspectiva crítica, pero sin perder de vista la piedad y la comprensión por sus atribulados personajes. Y lo hace a través de una paleta cromática igualmente arrebatada, como si Vivian habitara el mismo universo que en aquellas películas acogía a Jane Wyman o Lauren Bacall.

Pero he dicho que, en los últimos premios Goya, My Mexican Bretzel está nominada al mejor documental. ¿Por qué he hablado entonces de «personajes» y de «conflictos» dramáticos? Las imágenes que vemos en el film de Giménez Lorang proceden de unas cuantas películas caseras, filmadas en super 8 por el abuelo materno de la directora. A partir de ahí, ella imaginó una historia, escribió un guión y formalizó todo eso en los rótulos que el espectador puede leer durante la proyección, por otra parte sin diálogos pero con sonidos. La intención es clara: demostrar que cualquier relato superpuesto a unas imágenes determinadas puede cambiar su sentido.

 

Personajes inventados

Aquí, la vida cotidiana y los viajes de la familia Lorang se convierten, por obra y gracia de la historia que narran los subtítulos, en un melodrama protagonizado por Vivian y Leon Barrett, personajes inventados para la ocasión. Y la verdad documental de aquellas home movies se transforma en una historia ficticia que tiene mucho que ver con determinado cine clásico de los años 50 y 60, sobre todo gracias a la utilización de los colores (y sorprendentemente de los encuadres, para los que el abuelo de la cineasta parecía estar especialmente dotado, pese a ser solo un amateur). ¿Estamos ante un simple ejercicio de estilo, un mero trampantojo que solo pretende proponer un juego más o menos divertido a sus espectadores?

‘My Mexican Bretzel’ habla de las clases privilegiadas de la posguerra desde una perspectiva crítica, pero sin perder de vista la piedad.

La Academia del Cine se ha equivocado al nominar My Mexican Bretzel como película «documental». Pues, en efecto, las imágenes son documentos de un tiempo y de unas gentes, como lo es ahora cualquier vídeo casero que podamos filmar durante un viaje o en nuestra casa, pero la historia que Giménez Lorang construye a partir de ellas acaba siendo una ficción por completo autónoma. Por un lado, los abuelos de la cineasta reviven ante nosotros como espectros de otra época. Por otro, devienen poco a poco los héroes de un complejo drama familiar y sentimental contado en primera persona por esa tal señora Barrett, personaje que llega a adquirir, a medida que transcurre la proyección, una sorprendente consistencia psicológica y moral.

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Elegante reflexión sobre la verdad

La película no solo es el hermoso retrato de una mujer atrapada en las redes de una época y unas costumbres determinadas, de un contexto social asfixiante e hipócrita, sino también una elegante reflexión sobre la verdad y la mentira, sobre la realidad y la representación, sobre la vida como sueño y fantasía, sobre el cine como ilusión. En todo documental hay una historia implícita, pero también ocurre que toda película de ficción habla de cuerpos, objetos y paisajes que existieron de verdad, que una vez fueron reales.

Pues bien, miren por dónde esta hermosa ópera prima, sorprendentemente reveladora y emotiva, trasciende su aparente sencillez inicial para revelarse un complejo artefacto estético, una pieza emparentada con algunas de las prácticas más autorreflexivas de una cierta vanguardia artística. Y por eso puede que el punto de partida de My Mexican Bretzel sea el documental, pero sería absurdo negar que su destino final consiste en ser una película de fantasmas, puro fantastique, que dirían los franceses.