Cada día a primera hora el noticiario nos informa de las largas docenas de habitantes de Gaza muertos por las bombas del ejército israelí. Una gran parte de ellos son mujeres y niños. La repetición sin freno de estos datos letales contiene el peligro de asociarlos a la normalidad. Son ya más de 34.000 las personas asesinadas por la acción de un ejército regular bajo órdenes de Benjamin Netanyahu. Desde hace 6 meses un Estado que se llama democrático comete un cruel genocidio ante los ojos indiferentes o alarmados del resto del mundo.

La pregunta es obligada: ¿cómo escoge las víctimas el ejército agresor? ¿Qué método emplea? La respuesta es terrible: el programa Lavender (lavanda) de inteligencia artificial (IA), según la investigación de dos medios israelíes +972 Magazine y Local Call, publicada conjuntamente por The Guardian. El resultado de la investigación es abrumador. Solo en las pocas semanas que van desde el 7 de octubre al 24 de noviembre de 2023 fueron asesinadas al menos 15.000 personas de entre los 37.000 palestinos marcados como objetivos. Se habían dado indicaciones a la IA de que por cada mando de Hamás o de Yihad Islámica señalados, eran aceptables 400 víctimas civiles, conceptuadas como daños colaterales.

El mencionado programa Lavender se complementa con otro, Where is Daddy? (¿dónde está papá?) que rastrea a individuos por saber cuándo están en casa, y un tercero de nombre The Gospel (El Evangelio!) que identifica edificios donde teóricamente podrían operar militantes de Hamás. Para asegurar el disparo, la IA marca las casas, que se bombardearán por la noche cuando las familias están reunidas. Así de implacable, inhumana y sanguinaria es la guerra de Gaza. Los seres humanos son degradados a datos estadísticos que maneja una máquina. Hay que recordar, además, que Israel ha cortado el agua, los alimentos y los medicamentos a los 2,3 millones de gazatíes, que ha destruido la mayor parte de las escuelas y hospitales (se han encontrado 400 muertos en un cementerio común en el hospital Al Nasser de Jan Yunis y se calcula que hay 300 más, después del ataque israelí), y ha convertido la Franja en un apocalipsis de devastación.

El Gran Hermano de George Orwell se queda dramáticamente corto si lo comparamos con el seguimiento de los móviles (ubicación e interacciones en las redes sociales) y el sistema automático de reconocimiento facial Blue Wolf aplicado en Gaza y Cisjordania que elabora una puntuación de 0 a 100 de probabilidad de vinculación a Hamás o a Yihad Islámica y asocia una ficha de peligrosidad a cada individuo. Se trata de frías tecnologías desarrolladas por empresas israelíes, que venden al ejército de su país y que son ofertadas a Estados extranjeros con el perverso plus comercial de que se han probado con éxito en guerra.

No hace falta ni mencionar el radical desprecio de Netanyahu y su gobierno a la legalidad internacional y a la ONU: «Es escandalosa la amenaza del Tribunal Penal Internacional contra autoridades políticas y militares de Israel. Nunca aceptaremos sus intentos de socavar su derecho fundamental a defenderse». En la denuncia de Suráfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra Israel por la guerra de Gaza, se explicita, entre otros muchos aspectos de la agresión inmisericorde a la población civil, que «el de Gaza es el primer genocidio de la historia en el que las víctimas graban en directo su propia destrucción».

Crecen las protestas de carácter puntual en todo el mundo. ¿Para cuándo una reacción rotunda, generalizada y concertada de la comunidad internacional que pare los pies a Israel, para acabar con la masacre?