La guerra en Ucrania obliga a la Unión Europea, además de ofrecer auxilio, amparo y protección a la población y al Estado ucranianos, a confrontar comportamientos pasados y a reflexionar sobre su propósito esencial y sus valores. No cabe duda de que la Unión Europea está obligada, en primer lugar, a dar cuenta de su respuesta a las innumerables señales preocupantes de la era Putin.

Los hechos incontrovertidos en el pasivo de la Unión respecto a las relaciones Rusia-Ucrania son asombrosos. En enero de 2009, en su pulso con el primer gobierno pro-occidental de Ucrania, Moscú elevó el precio del gas para Ucrania, acusó a su gobierno de robar el gas con destino al resto de Europa y, en represalia, cerró los gasoductos que transportaban el 80 % del gas ruso a los países europeos. Como consecuencia, catorce países europeos dejaron de recibir gas ruso durante dos semanas de crudo invierno y otros, como Alemania y Francia, sufrieron drásticos recortes.

Un problema de suministro menor sirvió al nuevo zar para convencer a Berlín de que Ucrania, como país de tránsito, no era fiable, que resultaba conveniente mantener canales directos de suministro que no se vieran afectados por disputas intrafamiliares. Echó una mano en ello el ex canciller alemán Gerhard Schröder, entonces presidente del consejo de accionistas de Nord Stream, un consorcio entre Gazprom, controlada por el estado ruso, las empresas alemanas Basf y EON, y la holandesa Gasunie. La conexión gasística por el mar Báltico entre Alemania y Rusia entró en plena operación en octubre de 2012.

Cuando se produjo la anexión de Crimea a la Federación Rusa en marzo de 2014, en conculcación fragante de todo el ordenamiento jurídico vigente, la Unión Europea se vio obligada a idear un paquete de sanciones. Pero lo hizo evitando dañar su vinculación energética con Rusia. De hecho, la respuesta de los gobiernos de la Unión Europea fue la de fortalecer aún más la relación directa y evitar el tránsito del gas ruso por Ucrania. Para ello, los europeos adoptaron dos decisiones. Primero iniciaron compras de gas licuado ruso (evitando los gasoductos) lo que vitalizó el proyecto Yamal LNG que estaba moribundo y subsistía gracias a ayudas multimillonarias del Estado ruso. La primera operación comercial de Yamal fue en diciembre de 2017 con un metanero bautizado Christophe de Margerie, el CEO de Total SA, la compañía francesa que prestó la necesaria colaboración técnica.

 

Un placebo moral

Por su parte, Alemania aceptó reforzar el proyecto original del mar Báltico con el proyecto Nord Stream 2. Este se desarrolló a partir de 2018 y se completó en el verano de 2021. Olaf Scholz, quien como vicecanciller del gobierno federal alemán y ministro de Finanzas entre 2018 y 2021 tuvo un papel destacado en reforzar las relaciones gasísticas con Rusia, decidió bloquear la entrada en vigor de Nord Stream 2 tras la invasión de Ucrania. Así, un principio de acción tan confortable como el de Wandel durch Annäherung, que ha caracterizado la política de las Comunidades Europeas y de la Unión Europea para con las dictaduras europeas desde los años 50, se revelaba como lo que siempre ha sido: un placebo moral para seguir haciendo negocios con quienes se empecinan en el mal hábito de la represión.

Los consumidores europeos, sin ser conscientes de ello, financiamos a la soldadesca rusa y sus desmanes.

La dependencia energética europea de Rusia siempre ha constituido una vulnerabilidad estratégica conocida. En enero de 2016, se inauguró en la Universidad Pompeu Fabra una exposición conmemorativa del 30º aniversario de la adhesión de España a las Comunidades Europeas. Allí, en la sección de «Retos» (https://www.upf.edu/web/exposicio-ara-fa-30-anys/reptes), se llamó la atención sobre este problema. Como comisario, resalté el alto porcentaje que representaban las importaciones de gas y petróleo ruso sobre el total de las importaciones de ambos productos por parte de los 28 Estados miembros de la Unión. Pues bien, estas han aumentado en lugar de disminuir. Por otra parte, en la misma sección, aparecía la siguiente viñeta, publicada en marzo de 2014. ¿Cabe una imagen más acertada del momento actual?

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Quien responda negativamente la pregunta anterior tendría que exigir responsabilidades a quien corresponda. El hecho es que el Consejo Europeo y la Comisión han conseguido bloquear cualquier atisbo de discusión sobre responsabilidades anteriores con el anuncio de una batería de sanciones «sin precedentes».

Efectivamente, lo son, pero no son todas las que la gravedad del asunto hubiera requerido. La invasión de Ucrania, tal y como se ha producido, hubiera exigido, además, el cierre inmediato de la principal fuente de ingresos del Estado ruso: las exportaciones de gas y petróleo le aportan el 40 % de sus ingresos. Dicho de otro modo, los consumidores europeos, sin ser conscientes, financiamos a la soldadesca rusa y sus desmanes.

Estas circunstancias obligan, necesariamente, a plantear una discusión amplia sobre el propósito esencial de la Unión Europea y los valores que la ciudadanía europea está dispuesta a defender. El preámbulo del Tratado de la Unión Europea firmado el 7 de febrero de 1992 no deja lugar a dudas sobre la adhesión de todos los Estados signatarios a los principios de libertad, democracia y respeto de los derechos humanos, de las libertades fundamentales y del Estado de derecho y sobre la resolución de los mismos a desarrollar una política exterior y de seguridad común «que incluya la definición progresiva de una política de defensa común» que refuerce así «la identidad y la independencia europeas con el fin de fomentar la paz, la seguridad y el progreso en Europa y en el mundo.»

 

Impacto asumible

Por tanto, la alteración de la paz, la seguridad y el progreso en Europa nos concierne directamente. Ahora bien, la ciudadanía europea, ¿qué coste estamos dispuestos a asumir para defender nuestros principios y valores fundamentales? En Alemania llevan semanas discutiendo el coste de renunciar al suministro del gas y el petróleo ruso. Los principales centros de investigación económica han publicado sus previsiones: el impacto sería importante pero asumible.

La guerra económica entre Rusia y Occidente no podrá permitirse el actual nivel de inconsistencia: sanciones con una mano y pagos millonarios con la otra

El canciller ha decidido menospreciar dichos cálculos que tienen la misma exactitud que aquellos que sirvieron para afrontar los retos a los que se ha venido enfrentado la República alemana: los costes de la reunificación alemana, de la moneda única, de las diversas opciones ante la crisis del euro y la reciente pandemia. ¿Qué ha cambiado? ¿La determinación política? Me temo que, a su pesar, todos los gobiernos europeos harían bien en elaborar planes de contingencia ante un inminente deterioro del suministro. La guerra económica entre Rusia y Occidente no podrá permitirse el actual nivel de inconsistencia: sanciones con una mano y pagos millonarios con la otra.

Quienes huyen del oriente ucraniano recorren cinco mil kilómetros para recabar la protección polaca en lugar de la de sus «hermanos» rusos.

La ciudadanía europea ha respondido con más determinación que su clase política. La acogida ofrecida a los millones de refugiados que han entrado en el espacio Schengen no tiene, esta vez sí, precedentes. A mediodía del 29 de marzo de 2022, el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas, refería 6,1 millones de refugiados ucranianos, de los cuales cuatro millones habían buscado protección en Polonia, Rumanía, Hungría y Eslovaquia, más 387.151 en Moldavia como vía de tránsito hacia otros destinos europeos. Un dato interesante para quienes aún sugieren que una parte de la población ucraniana de afinidad rusófila habría dado la bienvenida a la «protección» de la Federación Rusa es el siguiente: solo el 5,7 % de los refugiados ucranianos se han desplazado hacia Rusia, exactamente 350.632 (https://data2.unhcr.org/en/situations/ukraine), una cifra ridícula si consideramos que la acción bélica se está desarrollando principalmente en el territorio más cercano a los dos mil kilómetros de frontera entre Rusia y Ucrania. Pues bien, a pesar de ello, quienes huyen del oriente ucraniano recorren cinco mil kilómetros para recabar la protección polaca en lugar de buscar el amparo de sus «hermanos» rusos.

 

Auxilio, amparo y protección

La ciudadanía europea no esperó la activación de la directiva europea de protección temporal de 2001 para ofrecer auxilio, amparo y protección a la oleada de refugiados más intensa tras la Segunda Guerra Mundial. La reacción ante los millones de refugiados de Ucrania ha puesto de manifiesto el racismo latente en la Unión Europea: el trato deparado a los 1,8 millones de refugiados del verano del 2015 representó una grave crisis de los valores europeos de refugio y solidaridad. La fallida distribución de las 160.000 personas varadas en las costas griegas e italianas en busca del refugio europeo ha quedado registrada en la enciclopedia universal de la infamia. Esperemos que la reacción actual ante la catástrofe ucraniana represente un cambio definitivo en las políticas de inmigración, asilo y refugio de la Unión Europea.

La reacción ante los millones de refugiados de Ucrania ha puesto de manifiesto el racismo latente en la Unión Europea.

La invasión por los ejércitos rusos de Ucrania, sin que mediara provocación alguna, el 24 de febrero de 2022, marcará la historia de la Unión Europea. No sólo el balance de activos y pasivos de la era Merkel sino su historia a partir de ahora. La Unión Europea tiene un papel determinante en la definición de la nueva globalización tras el cuestionamiento radical que media humanidad hace del orden liberal occidental posterior a 1945 (no otro sentido cabe dar a la abstención en la votación de la Asamblea General de la ONU el 2 de marzo).

 

El enigma chino

Las distorsiones productivas provocadas por los efectos combinados de pandemia y guerra, dos cisnes negros sin solución de continuidad, obligarán a transitar hacia bloques regionales de comercio con mayor nivel de autosuficiencia. Rusia parece haber fortalecido las democracias europeas —al haberse desacreditado los populismos financiados por Moscú— pero también ha debilitado sus economías con la amenaza de la estanflación. A la cuestión de cómo distribuir los costes del ajuste (asunto de mala digestión en Europa desde la primera crisis del petróleo), se añadirá ahora el incremento del gasto público en defensa.

La invasión por los ejércitos rusos de Ucrania, sin que mediara provocación alguna, el 24 de febrero de 2022, marcará la historia de la UE.

La guerra ha fortalecido la Organización del Tratado del Atlántico Norte, pero en un contexto de creciente incertidumbre estratégica y amenaza nuclear. También ha reforzado la Unión Europea, pero exigiéndole entrar en el pantanoso terreno de la defensa para el cual está mal equipada. La guerra de Putin en Ucrania conllevará el debilitamiento de la economía rusa pero también del pueblo ruso, alejando de nuevo el sueño de articular una comunidad europea de naciones desde Gibraltar hasta los Urales. Y, finalmente, siempre nos quedará confrontar el enigma chino.