A propósito de la publicación del libro de Vicent Baydal y Cristian Palomo, Pseudohistòria contra Catalunya, cabe reflexionar sobre una característica de la historia que conviene tener siempre en cuenta. Que los humanos estamos construidos sobre el tiempo. Somos tiempo y, en consecuencia, nuestra identidad se amasa con la memoria de un determinado pasado, individual o colectivo. Por eso, si en cada identidad se alberga el orgullo o el lamento de lo que somos en el presente, es lógico que las identidades y memorias colectivas mantengan unas relaciones conflictivas con la historia. Porque la historia, si quiere ser una ciencia social, debe investigar el pasado lo más objetivamente posible, lo que implica una constante tarea crítica y desmitificadora.

Ahora bien, tanto las memorias en plural como cada investigación histórica concreta despliegan un diálogo constante con los muertos, a cuyo extraño y silencioso universo nos acercamos para darle una explicación y una coherencia. En ese diálogo se generan distintos usos sociales del pasado, también abusos y esperpentos. Quizás, para comprender el debate abierto con la obra citada al inicio, la clave se encuentre en el nacionalismo, auténtico vivero de distorsiones del pasado.

 

La nación, factor determinante

En efecto, entre los fines, funciones y prácticas del conocimiento histórico hay que subrayar la capacidad que ha desplegado el hecho nacional para ahormar el modo de concebir y transmitir el pasado. Probablemente más eficaz que las religiones, las ideologías o los condicionantes de clase. No sobra recordar que la historia se fraguó como ciencia social en el siglo de las revoluciones nacionales desarrolladas en Occidente a lomos del liberalismo político y económico. Se reinterpretó el pasado desde unos raíles nacionales y se convirtió la historia en una asignatura estatal. Se confeccionaron manuales para la enseñanza de la historia con una finalidad patriótica, la de formar ciudadanos identificados con una determinada nación, fuese la alemana, la española o la norteamericana. Desde entonces todos los Estados, y las colectividades aspirantes a tener Estado propio, han encorsetado el pasado en unos raíles que siguen marcando los contenidos y las metas de las actuales asignaturas de enseñanza de la historia en los distintos niveles educativos. Y esto pasa desde Australia, nación tan fabricada como las que presumen de estar forjadas en lejanos siglos, hasta esa China con varios milenios a cuestas.

No conviene olvidar esa marca de origen del saber histórico. Desde el siglo XIX, cuando se fijaron los estereotipos de singularidad de cada identidad nacional, las distintas historiografías han llevado el sello de un nacionalismo más o menos explícito. En nuestro caso, esto se constata tanto en la historiografía rubricada por el nacionalismo español como en las historiografías promovidas por los nacionalismos catalán, vasco o gallego. Los nacionalismos entraron en la contienda cultural y política, y así hasta el presente, porque en la actual España, definida constitucionalmente como Estado de las Autonomías, la enseñanza de la historia, o la publicación de historias divulgativas, constituyen campos de lucha política por la memoria colectiva y, en consecuencia, por la cohesión en torno a un determinado proyecto de futuro.

En todo caso, en aras de la precisión, habría que diferenciar entre historiografías nacionales e historiografías nacionalistas. Las primeras versan sobre los procesos históricos albergados en la construcción de las distintas realidades nacionales; y sus investigaciones y explicaciones del pasado están ajustadas al marco nacional que constituye su objeto de estudio. Las historiografías nacionalistas, por el contrario, crean temas, identidades y ofertas interpretativas de clara militancia, con fuentes y apoyos documentales que confirmen identidades e incluso mitos y ficciones. Un ejemplo clarificador: historiadores como Julio Valdeón, Miguel Artola, Tuñón de Lara o Álvarez Junco, por citar nombres señeros, han investigado procesos sociales propios del espacio nacional español, y sus obras son cruciales para establecer las aportaciones y rumbos de la historiografía sobre la evolución de lo que hoy es la sociedad española. Sin embargo, gran parte de los autores participantes en el libro colectivo editado por la Real Academia de la Historia, titulado significativamente España. Reflexiones sobre el ser de España (1997), plantean un ejemplo de interpretación catalogable como historiografía nacionalista o españolista.

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Esta diferencia también existe en la historiografía catalana. La captó y diseccionó J. Vicens Vives nada menos que en la temprana fecha de 1935, cuando reseñó la Història de Catalunya de Ferran Soldevila. Subrayó entonces que se trataba de una historia no solo «nacional» («nacional quant a la valoració dels fenòmens històrics esdevinguts a Catalunya»), sino también «nacionalista, quant a llur interpretació actual i a les perspectives que ens ofereix», de modo que Soldevila había constreñido el pasado a una «perspectiva a la qual ha calgut sotmetre bona part de les dades d’informació recollides». Vicens concluía, por tanto, que «per això la seva síntesi [de Soldevila] no és altra cosa que una línea que, amb les seves corbes ascendents o descendents, condueix de la naixença de Catalunya al ressorgiment del sigle XIX. Aquesta línea és la preocupació nacional, el neguiteig per a viure i per a triomfar, el dolor dels fracassos i l’esterilitat de les resistències. A cada moment Soldevila recorda la discrepància dels fenòmens que estudia del camí ideal que devia seguir la trajectòria proposada».

En contrapartida, en pocas páginas Vicens lanzaba un programa historiográfico alternativo; defendía que la historia de un pueblo no podía estudiarse ni investigarse para justificar los sentimientos del presente y, en consecuencia, «no es pot fer una història que respongui a l’actual sentiment del poble català, sigui aquest nacionalista o imperialista, sinó aquella història de les Catalunyes successives, tal com elles han viscut, sentit i interpretat el món total –econòmic, social, polític, jurídic, bèl·lic, religiós i cultural– en què s’han trobat col·locades» (Vicens Vives, Obra dispersa, 1967).

En suma, no sobra recordar que, si en el mismo núcleo semántico del concepto de nación se establece como valor supremo la idea de un vínculo profundo -relativo al nacimiento o nación- que invade la esfera íntima y desemboca en ritual religioso, en tal caso es precisamente la historia el saber que suministra el necesario relato sagrado de la fundación intemporal de una colectividad nacional. Dicho relato transforma los hechos contingentes en datos inmanentes de una naturaleza que se despliega a través de los siglos. Y ahí se encuentra la clave del nacionalismo historiográfico.

 

Distorsiones y esperpentos

Ahora bien, ese modelo de relato, que se repite por nacionalidades, regiones y localidades, conlleva el riesgo de la deformación del pasado y también el peligro de una alteración grotesca de los hechos, como es el caso de la actividad desarrollada por el Institut Nova Història. Es cierto que ningún nacionalismo está libre de estas excrecencias. Quizás se genera cuando se establece un vínculo mítico entre territorio y pueblo de modo que se habla de raíces, como si las personas fueran plantas que, desde la prehistoria hasta el presente, marcan el desarrollo de una colectividad que, a pesar de ser cambiante, como señalaba Vicens, sin embargo se les asignan invariantes antropológicas sobre las que se piensan proyectos de futuros, siempre en contraposición con «otros», con los ajenos a tal proyecto.

Baste un ejemplo para comprobar esa exclusión de «otros». Todos los nacionalismos afincados en la península ibérica persisten en valorar los siglos de historia musulmana como un paréntesis que se clausuró con la conquista de tierras arabizadas, o posteriormente con la expulsión de los no cristianos. En prácticamente todos los libros, de cualquier orientación metodológica o ideológica, aparecen los reyes, los condes o los obispos cristianos como eslabones decisivos en los orígenes de las futuras poblaciones peninsulares. Y así se enseña, salvo excepciones un tanto exóticas. En definitiva, no existe relato nacional que carezca de importantes olvidos, e incluso rechazos de los extraños a la correspondiente identidad. Sería asunto para escribir abundantes páginas al respecto.

 

Epílogo para una historia crítica y, por tanto, progresista

En conclusión, es legítimo proclamar el carácter imprescindible del saber histórico como práctica social y ética, no para maldecir el pasado ni para predecir el futuro, sino como tarea crítica contra los predicadores de esencias eternas. A los que fabrican esperpentos no habría ni que considerarlos, salvo que sus mentiras cuenten con el apoyo de un gobierno al que se le debe exigir respeto democrático a los criterios de la comunidad científica de cada saber o disciplina.

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La razón histórica, en efecto, puede cumplir menesteres sociales decisivos si facilita la comprensión de las circunstancias en que se ha gestado cada fenómeno social, y evitar, por tanto, esos saltos en el vacío propios de los relatos teleológicos. El conocimiento histórico puede ser el parapeto crítico frente a la credulidad partidista de todo signo, y contra las distintas mistificaciones del pasado. Hacer realidad dicha posibilidad exige un compromiso cívico por parte del historiador con tareas críticas que trasciendan el ámbito gremial de lo académico. Es evidentemente falsa la idea de que la ciencia histórica elabora sus trabajos desde lo alto de un Olimpo, lejos de los tumultos de su época. Hay una demanda social y un compromiso cívico que nos concierne. Hay necesidad de historia en cada sociedad.

Por eso, en sintonía con lo que en otro lugar ha escrito Eduardo Manzano, parece necesario promover la tesis de que el conocimiento histórico solo puede ser radicalmente transformador si, en primer lugar, permite adquirir conciencia de que los procesos de cambio –y no las inmanencias- son los que dominan el devenir de las sociedades humanas; y, en segundo lugar, si, al confrontar experiencias del pasado con el presente, podemos extraer elementos críticos capaces de inspirar convivencias de mayor libertad y mejores niveles de justicia y solidaridad. Eso sí, a sabiendas de que, por más datos que usemos del pasado, ningún hecho histórico ni programa ni líder de otras épocas nos pueden enseñar el camino de nuestro futuro, exclusivamente depositado en el amasijo de capacidades, intereses, ideas y esperanzas de un presente en continuo cambio.