Las tecnologías son prótesis antropológicas que amplifican lo que somos. Las gafas que llevo puestas mientras escribo estas líneas, el ordenador en el que escribo, la silla, la mesa, la ropa que llevo puesta, el mismo lenguaje que me sirve para comunicar mis ideas sobre la IA… todo esto son prótesis que utilizamos los humanos. De hecho, no hay hombre sin tecnología. Intenten imaginarse un hombre al que le hemos impedido el acceso a toda intervención tecnológica (protésica). Ese hombre sería, de ser algo, un feto en sus primeros meses de gestación, porque hasta un cadáver lleva en sí las huellas moldeadoras de sus prótesis.

Si las prótesis antropológicas amplifican lo que somos, cada amplificación de lo que somos nos sitúa ante un nuevo horizonte de lo posible y, por lo tanto, ante una restricción de lo real. El hombre del neolítico vive en un mundo distinto al del hombre del paleolítico porque ser un agricultor es vivir en una amplificación de la imaginación de lo posible muy distinta a la del cazador nómada. Estos dos hombres miran de manera diferente al futuro y, por lo tanto, se asientan de manera diferente en la realidad. El hombre no sólo imagina futuros, sino que proyecta sus ilusiones sobre sí mismo haciéndolas reales en sus consecuencias.

Como lo imposible se incrementa de la restricción de lo real (entendiendo por real el choque con lo inevitable), lo que era imposible para nuestros abuelos puede hoy concebirse como opcional. De esta manera lo real es lo que aún resiste al avance de lo posible.

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