Son muchas las pruebas de la nueva era multipolar en la que estamos entrando, sin ninguna superpotencia que pueda imponerse sin aliarse con otras más pequeñas. Una de ellas es la guerra de Ucrania, con un imperio en decadencia como Rusia que se atreve a arriesgar el futuro en el azar de las armas para tratar de mantenerse. Otra prueba es el creciente protagonismo de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes Unidos, con el arma tradicional del petróleo y una nueva ambición tecnológica. Turquía y Marruecos siguen un camino similar, convertidos en potencias regionales disruptivas. Pero el caso más notable y ambicioso es de la India del primer ministro Narendra Modi, un nacionalista hindú con pretensiones de liderazgo regional e incluso mundial, que preside este año el grupo de las economías más grandes del mundo, el G20, justo cuando su país, con 1.430 millones de habitantes, supera a China y se convierte en el más poblado del planeta.

No es la única cifra que acredita su potencial. El crecimiento del 7% del PIB este año, según la previsión del FMI, superará a cualquier otro país y sumará, con el 5% de China, la mitad del crecimiento mundial. Si sigue al ritmo actual del 6,3% anual como prevén los organismos internacionales, al llegar a 2030 superará a Japón y Alemania y se situará como tercera economía, solo por detrás de los Estados Unidos y China. Con una ventaja, sobre todo respecto a China, como es una pirámide demográfica muy joven. De manera que el actual desorden internacional, consecuencia de la pandemia y de la guerra, se convierte en una oportunidad para la India con vistas a proyectarse al exterior y establecerse como líder del llamado Sur Global, el nuevo nombre para el viejo Tercer Mundo y para los antiguos No-alineados, de los que la India también quiso ser líder.

Nos encontramos, pues, con un país emergente que reivindica la recuperación del lugar que había ocupado antes de la colonización, como lo hace China, pero sin el aspecto expansivo y amenazador del régimen de Pequín. En plena polarización entre los Estados Unidos y China, en dirección a una especie de nueva guerra fría, la India aparece como una fuerza equilibradora, que aspira a jugar un papel semejante al de la Francia gaullista durante la primera guerra fría, ahora entre las dos superpotencias del siglo XXI. Esto es lo que ya está haciendo Modi respecto a la guerra de Ucrania, al no seguir las sanciones contra Moscú, ni condenar la invasión o votar en contra de Rusia en las Naciones Unidas, pero, en cambio, señalarle abiertamente a Putin que la guerra no es el camino adecuado.

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