En 1960, el Partido Comunista de China creó en Pekín un instituto universitario de investigación sobre chips. Gracias a ello, a mediados de la década, se fabricaron en el país las primeras radios de transistores, solo cinco años después que en Estados Unidos. Pero la Revolución Cultural de Mao, que consideraba que la tecnología era reaccionaria, bloqueó su progreso: descabezó a las élites científicas chinas y puso fin al desarrollo de la industria electrónica. China quedó fuera de un sector por el que apostaron muchos de sus vecinos, como Japón, Corea del Sur, Singapur o Taiwán (que el Partido consideraba parte de China). Ya en ese momento, todos ellos fabricaban semiconductores para las grandes empresas estadounidenses dedicadas a la informática. Eso daba trabajo a muchos ciudadanos que poco antes eran agricultores pobres o desempleados urbanos. Pero también integró a esos países en la red de seguridad que Estados Unidos ofrecía a los países con los que comerciaba y de cuya capacidad de producción dependían cada vez más sus empresas punteras. Porque, como cuenta La guerra de los chips, de Chris Miller, un libro imprescindible para entender la actual imbricación de la tecnología y la geopolítica, la historia de los chips está intrínsecamente ligada a la historia de la Guerra Fría.

Miller es un historiador especializado en Rusia y autor de varios libros sobre su economía desde los tiempos soviéticos hasta la actualidad. En parte por ello, está especialmente dotado para analizar la realidad global en términos de rivalidad estratégica. Ya desde finales de los años cuarenta, explica, científicos e ingenieros estadounidenses trabajaron en la invención de los chips. En 1955 se creó la empresa pionera del sector, Fairchild Semiconductor, en la zona de California que más tarde se conocería como Silicon Valley. Los fundadores de la empresa tuvieron suerte: tres días después de su creación, la Unión Soviética lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial. El Gobierno estadounidense temió que este fuera una señal de que los soviéticos contaban con ventaja estratégica en la carrera espacial y, debido a las innumerables implicaciones militares del espacio, en la Guerra Fría. En respuesta, “Washington lanzó un programa especial para alcanzar rápidamente los programas de cohetes y misiles soviéticos, y el presidente John F. Kennedy prometió que su país mandaría al hombre a la luna”, dice Miller. Para ello harían falta muchos chips, entre ellos los que operarían el ordenador de navegación de la nave espacial Apolo. La NASA y el Pentágono, pues, crearon inmensos presupuestos destinados a la investigación y la adquisición de chips. Eso disparó el tamaño y los ingresos de las empresas que hasta entonces habían investigado e innovado en el terreno de los semiconductores, pero que no sabían muy bien cuáles iban ser los clientes de sus productos. “Con las ventas de chips al programa Apolo, la pequeña e incipiente Fairchild se transformó en una compañía de mil empleados. Si en 1958 sus ventas ascendieron a medio millón de dólares, dos años más tarde se habían disparado hasta los veintiún millones”. Los chips se empezaron a utilizar en sistemas de navegación de misiles —muchos de los cuales acabarían cayendo sobre Vietnam— y otros sofisticados fines militares, que Miller explica de una manera perfectamente comprensible para quienes no tenemos conocimientos de ingeniería informática. A mediados de los años sesenta, la pregunta que se hacía la ya millonaria industria era cómo “transformar el chip en un producto de gran consumo”.

Miller cuenta con enorme minuciosidad y, al mismo tiempo, con talento narrativo, la revolución que se estaba iniciando en ese momento. Y no solo, con la incorporación de los chips a los ordenadores y la electrónica de consumo, en el ámbito de la tecnología. Los fabricantes de chips necesitaban producir cada vez más. En Estados Unidos, la mano de obra disponible para llevar a cabo el preciso y repetitivo trabajo de ensamblar chips era escasa y siempre surgían problemas con unos sindicatos que, en aquel momento, eran muy poderosos. De modo que las empresas empezaron  a  externalizar su producción a países asiáticos. “La industria de los semiconductores se estaba globalizando décadas antes de que se oyera mencionar siquiera esa palabra, sentando las bases para las cadenas de suministro con origen en Asia que hoy conocemos”, dice Miller. Y esas cadenas de suministro, creía Estados Unidos, eran una forma también de librar la Guerra Fría: los países con fábricas de chips eran aliadas, contaban con la protección de Estados Unidos e imitaban sus prácticas económicas.

Japón fue el alumno más destacado. Washington había permitido que, tras la Segunda Guerra Mundial, el país reconstruyera su industria porque prefería que su mayor aliado en la región fuera fuerte y próspero. Pero a partir de los años setenta, y con el inmenso auge de la electrónica japonesa —en parte debido a la protección económica de su gobierno, que la consideraba una prioridad—, temió, de nuevo, haberse quedado atrás. Parecía que el futuro de los chips, en este caso como parte de calculadoras, relojes de pulsera, radios y videojuegos, era japonés.

Pero Estados Unidos recuperó la iniciativa y la industria dio un paso más allá en su proceso de globalización. Hasta el momento, las fábricas de chips situadas en países asiáticos pertenecían a las empresas estadounidenses. Pero Morris Chang, un hombre formado en el sector de los chips de Estados Unidos al que Taiwán encargó que se pusiera al frente de su industria, tuvo una idea genial que cambiaría aún más el sector y transformaría la geopolítica. Ya en la década de los ochenta, sugirió a las grandes empresas estadounidenses que se desentendieran de la fabricación de los chips. Ellas podían centrarse en especificar los que necesitaban, y la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), una empresa con financiación privada pero a todos los efectos un proyecto de Estado, los fabricaría. Ese pacto gustó enseguida al sector, que pudo así externalizar un proceso carísimo, difícil y con enormes cuellos de botella debidos a la escasez de empresas proveedoras de maquinaria y materiales. Pero con ese paso se generaron también algunos de los grandes problemas geopolíticos de la actualidad. Hoy Taiwán fabrica un 60% de todos los semiconductores que se utilizan en el mundo —en lavadoras, coches, móviles y ordenadores, por ejemplo— y un 90% de los más avanzados —los que requieren algunas formas de inteligencia artificial—.

Y aquí entra China de nuevo. En 1978, cuando Deng Xiapoping estaba consolidando su poder y dejando atrás las ineficaces estrategias económicas de Mao, el Congreso Nacional de Ciencia chino identificó los semiconductores como una prioridad estratégica. El objetivo de China, dice Miller, era “aprovechar los avances en ese campo para desarrollar nuevas armas, electrónica de consumo y ordenadores”. Pero la capacidad china era limitada. “Pekín animaba a investigar más en los semiconductores, pero, por sí solos, los decretos del Gobierno chino no podían generar inventos ni sectores viables. El Gobierno insistía tanto en la importancia estratégica de los chips que las autoridades políticas intentaron controlar su fabricación, sumiendo el sector en un laberinto burocrático”. Cuando a finales de los ochenta se empezaron a fundar empresas como Huawei, “no tuvieron más opción que usar chips extranjeros. La industria china de montaje electrónico se cimentó sobre el silicio extranjero, importado de Estados Unidos, de Japón y cada vez más de Taiwán”.

Durante los últimos cuarenta y cinco años, ese ha sido el statu quo en el que se ha basado la globalización y la codependencia entre China y el mundo Occidental. Estados Unidos diseñaba los chips. La UE aportaba una parte de la maquinaria necesaria para crearlos. Taiwán, más que nadie, los fabricaba. China, sobre todo, los ensamblaba en los cacharros que el resto del mundo consumía, que generan la mitad del PIB mundial. Y, además, los copiaba para desarrollar su propia tecnología.

El agravamiento de las tensiones geopolíticas en los últimos años, sin embargo, ha cambiado ese equilibrio. Occidente ha decidido independizarse progresivamente de la manufactura china y cortar de raíz la posibilidad de que esta siga teniendo acceso a los diseños y las técnicas cuyo plagio le ha permitido ir desarrollando su propia industria de semiconductores. Y ha vetado la venta a China de los más avanzados, que permiten que las armas de última generación apliquen la inteligencia artificial. Eso, que encapsula la Chips Act estadounidense y su equivalente de la UE, ha acelerado la desconexión de las cadenas de suministro que se forjaron durante las décadas que cubre este libro. “La inversión extranjera en la industria china se ha frenado en seco”, dice Miller. Durante muchos años, dice, los fabricantes de ordenadores y teléfonos inteligentes invirtieron en China porque era fiable y barata. Pero ahora sus decisiones de inversión dependen de otras dos variables: la política y la seguridad. Y, basándose en esas dos razones, Estados Unidos, y en menor medida la UE, están intentando generar mayores capacidades para producir los chips que necesitan las empresas y los ejércitos y reindustrializar en lo posible su economía.

¿Será posible? El futuro de la globalización, y hasta de la paz global, depende de cómo se responda a esa pregunta y de lo que suceda en la estrecha franja de agua que separa China de Taiwán. Si en algún momento la primera decidiera invadir la isla para satisfacer su nacionalismo, y para acceder a los chips que ahora le están vetados, el mundo no solo se quedaría sin la mayor parte de los semiconductores a los que se ha vuelto adicto, sino que podría verse empujado a una guerra de desarrollo impredecible.

 

Chris MillerLa guerra de los chips / Barcelona: Península, 2023 / 541 pàg.
Chris Miller La guerra de los chips Barcelona: Península, 2023. 541 pág.

 

“La Segunda Guerra Mundial se decidió por el acero y el aluminio. Le siguió la Guerra Fría, que se decidió por las armas atómicas. La rivalidad entre Estados Unidos y China podría resolverse por el poder de computación”, dice Miller, que también recuerda que hoy los semiconductores son, en muchos sentidos, más relevantes que el petróleo. La guerra de los chips es una extraordinaria y muy oportuna mezcla de crónica histórica sobre el desarrollo de una tecnología clave y de reflexión sobre la dinámica geopolítica en la que ya hemos entrado de pleno. No solo es un libro bueno formalmente -pulcro, narrativamente rápido, lleno de buenos retratos de los personajes clave en esta historia— sino que explica de manera clara el tema más candente y relevante para el futuro a medio plazo de la gran política. Corran a leerlo.