La noticia duró un par de horas en Al Jazeera. Unos nómadas habían encontrado los restos de veintisiete migrantes en un paraje del desierto de Ennedi. Los que los descubrieron contaron a las autoridades que entre los fallecidos había por lo menos siete niños. Todos rodeaban los restos de un viejo camión Toyota, de esos que se desplazan por las pocas y pésimas carreteras chadiana, o por cualquier camino de tierra, cargados de hombres y mujeres tapados con su turbante para protegerse del viento, la arena y las miradas indiscretas. Era un camión pequeño y, sin embargo, no dudarían en subirse a él, abarrotándolo con lo poco que merecería la pena rescatar de sus vidas junto a unos pocos bidones de agua para el camino.

El desierto de Ennedi, y su continuación, el imponente Tivesti, son la frontera sur del Chad con Libia. Cruzarlo es uno de los viajes más arriesgados del planeta. Cualquier contratiempo con el transporte te regalará una esperanza de vida de apenas unos días. Y, sin embargo, miles de desahuciados del África Central eligen la ruta del Ennedi en su viaje hacia el norte, hacia el Mediterráneo. Alguien les habrá contado que, desde los puertos de ese país frustrado, se sale hacia las costas europeas.

Los que tienen suerte y son capaces de cruzar la masa desértica del Chad, o de Níger, caerán en manos de alguna de las mafias que controlan el tráfico de los desesperados. Allí les cobrarán lo que se les antoje por subirles en un ataúd flotante. Si hay mujeres y niños, puede que los seleccionen para prostituirlos. Un niño es un tesoro en manos de esos forajidos: pueden venderlo diez o veinte veces al día y, cuando su frágil cuerpo no dé más de sí, sus órganos aliviarán los males de algún occidental que no quiera preguntarse por el origen de su salvación. En las estadísticas que Naciones Unidas publica cada año, formarán parte de la legión anónima de las más de ciento ochenta mil almas que sufren algún tipo de perverso tráfico de seres humanos.

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