Con la globalización económica, las migraciones internacionales crecen, se aceleran y se diversifican en todo el mundo. Cataluña no solo no es una excepción, sino que constituirá un ejemplo de singular intensidad. Poco más de 2,8 millones de entradas desde el extranjero se registraron desde el año 2000 a 2022, haciendo posible el salto de los 6 a los 8 millones de habitantes en 2023. Esta llegada masiva situará a la inmigración como el factor fundamental en la evolución de la población y la renovación poblacional, siguiendo el ritmo del ciclo económico.

También explica el crecimiento de la población nacida en el extranjero que, de representar un 2% al inicio del nuevo milenio, pasará al 22,4% en 2023, diversa en cuanto a orígenes, motivaciones, pero también en el perfil sociodemográfico y la distribución en el territorio. Este caleidoscopio por origen se traduce en la diversificación de la población catalana: el peso diferente en las generaciones, por razón de sexo o edad, y en el territorio, hace que las relaciones intergeneracionales y, con estas, el cambio social, que se explica por la sucesión de las generaciones, lo que denominamos «metabolismo demográfico», se transforme radicalmente, modificando igualmente la estratificación social. Los trazos esenciales de este cambio vertiginoso, son los que me propongo sintetizar en las líneas que siguen.

 

Dos oleadas migratorias

Ni los flujos, ni el crecimiento migratorio y poblacional durante este siglo han sido uniformes, se han dado a trompicones siguiendo el ciclo económico. Así el primer boom se producirá durante el periodo de bonanza que va de 2000 a 2007, con un máximo de llegadas en 2007 con 201.000 entradas. Este boom internacional, ponía fin a veinte años de estancamiento demográfico, pero entroncaba con la secular historia migratoria de Cataluña, marcada por las dos oleadas del siglo XX (1910-1929 y 1950-1976), entonces procedentes del resto de España.

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