«They were careless people, Tom and Daisy –they smashed up
things and creatures and then retreated back into their money
or their vast carelessness or whatever it was that kept them together,
and let other people clean up the mess they had made.»
F. Scott Fitzgerald, The Great Gatsby
Estados Unidos siempre ha sido un imperio accidental. El país, durante su fundación, nace en oposición a un imperio como una república de pequeños terratenientes libres. Los fundadores no querían un ejecutivo fuerte, ni un jefe de Estado con vocación monárquica. El propio nombre del cargo, presidente, se usaba por aquel entonces para referirse a alguien que dirigía reuniones, no a una figura con un poder político real.
La relativa modestia del jefe del gobierno estadounidense para los fundadores se refleja claramente en la arquitectura de Washington DC. El Capitolio, la sede del legislativo, es un edificio colosal, imponente, construido sobre una explanada dominante, el National Mall. La Casa Blanca, en cambio, es una mansión construida en un parque que da al Mall, pero no justo frente al Congreso, sino en un lado. Su tamaño relativamente reducido es una decisión consciente: Pierre Charles L’Enfant, el urbanista francés que planificó la ciudad, quería erigir un palacio monumental, pero George Washington decidió limitar su escala.
Tanto el ala oeste, donde está el despacho Oval y el equipo de gobierno del presidente, como el ala este, una entrada formal para visitas, se construyeron en 1902.
Durante casi un siglo, la Casa Blanca cumplió su función con cierta suficiencia. Cabe decir que el edificio tenía sus pegas, y que las reparaciones después de que los canadienses le prendieran fuego en la guerra de 1812 fueron bastante chapuceras. Pero el país no dejaba de ser una república, primero de granjeros y después de comerciantes y burgueses, bastante aislacionista, con una política exterior poco ambiciosa y una estructura gubernamental muy reducida a escala federal.
Aun así, hacia finales del siglo XIX, Estados Unidos acabó dejando su aislamiento a la fuerza. El país era simplemente demasiado rico y grande para seguir dándole la espalda al mundo. La política exterior pasó a ser más activa, la diplomacia más importante y el gobierno federal, tras dos guerras mundiales y el New Deal, demasiado relevante para quedarse al margen.

Vista exterior del futuro Salón de baile en el ala este de la Casa Blanca. Render distribuido por The White House.
La Casa Blanca, pese a todo, continuaba siendo el mismo edificio pequeño y deteriorado de siempre, insuficiente como sede de gobierno del que se estaba convirtiendo a marchas forzadas en el país más poderoso del planeta. Tanto el Ala Oeste, donde está el despacho Oval y el equipo de gobierno del presidente, como el Ala Este, una entrada formal para visitas, se construyeron en 1902. Ambos anexos se reformaron en los años treinta bajo el mandato de Franklin Roosevelt, el gran arquitecto del Washington moderno, pero mantuvieron unas dimensiones limitadas para que no eclipsaran a la residencia. Esto hace que las oficinas del ejecutivo sigan siendo todavía a día de hoy notoriamente incómodas, con techos bajos y pasillos estrechos.
Tiendas de campaña en los jardines
La construcción modesta del Ala Este, su falta de pretensiones, hacía que el jefe del Estado del país dominante de Occidente no tuviera realmente demasiado espacio para recibir visitas. La sala de actos más grande tan solo podía acoger alrededor de un centenar de personas. Una reunión de estado, una cumbre entre países, un encuentro histórico solo podía ir acompañado, a lo sumo, de un banquete de boda pequeñito.
Así que, en el transcurso de las últimas décadas, Estados Unidos, superpotencia imperial y líder del mundo libre, ha practicado la diplomacia en grupos pequeños; si los quieren más grandes, les toca improvisar. Los grandes banquetes de estado, cuando vienen reyes, presidentes, grandes líderes y aliados que requieren centenares de invitados, se celebran en tiendas de campaña provisionales en los jardines de la Casa Blanca. Uno puede cenar al lado del presidente y gozar del gélido invierno o del asfixiante verano de Washington mientras hace cola para usar un lavabo químico de festival de pueblo.
Durante su primer mandato, le gustaba quejarse de lo vieja y destartalada que estaba la Casa Blanca, y del poco espacio que tenía para invitados y ceremonias.
Para los estadounidenses, esto siempre ha sido a la vez un tema ligeramente bochornoso, un ejemplo de la carencia de seriedad del país, pero también un motivo de cierto orgullo implícito. Sí, la Casa Blanca es demasiado pequeña e incómoda, pero lo es porque este no es en su historia un país con imperios, reyes y palacios. El presidente es importante, pero ni vive ni trabaja entre reliquias de un pasado dinástico, sino en la residencia que el primer líder del país, el hombre que no quiso ser rey, quiso construir.
Del actual presidente de Estados Unidos, sin duda, se pueden decir muchas cosas, pero lo que está claro es que no es alguien que destaque por su modestia. Grandilocuente, egocéntrico, fanfarrón, Donald J. Trump probablemente sea el mandatario al que más le guste la pompa y el protocolo de ser jefe de Estado. En su primer mandato, le gustaba quejarse de lo vieja y destartalada que estaba la Casa Blanca, y del poco espacio que tenía para invitados y ceremonias.
Trump, además, como promotor de casinos, hoteles y edificios de lujo, está convencido de que tiene un gusto exquisito en todo lo que sea la arquitectura y el diseño. Cuando ganó la presidencia por segunda vez, decidió que su gran legado a la capital sería una Casa Blanca digna del poder y el prestigio del país. La mansión no la puede tocar: es demasiado icónica, demasiado importante. Pero el Ala Este, un edificio pesado, no muy elegante, con un diseño más centrado en proteger el búnker presidencial, construido debajo durante la Segunda Guerra Mundial, que en la funcionalidad, era un objetivo fácil.
Un solar
Un presidente normal, sabiendo que estaba tocando un edificio histórico, hubiera iniciado un proceso de consultas, un concurso de ideas, una comisión especial. El presidente Truman, cuando renovó la residencia (porque se estaba derrumbando), lo negoció todo con el Congreso.
Trump, no. Siguiendo sus viejas costumbres de cuando era un promotor inmobiliario en Nueva York, demolió el edificio de entrada, antes de que nadie pudiera protestar u oponerse. Ahora mismo, el Ala Este es un solar y el presidente quiere construir en él una sala de banquetes enorme, mucho más grande que la mansión del centro del complejo.
Para financiar este proyecto, Donald Trump está usando donaciones privadas. Decenas de empresas y grandes fortunas han aportado centenares de millones de dólares para un proyecto personal del presidente. Todos los implicados, obviamente, dicen que es todo cuestión de patriotismo e historia viva en la Casa Blanca. Casi todos los donantes tienen grandes contratos con el gobierno federal, están pidiendo cambios legales o que les autoricen fusiones empresariales y proyectos, o tienen algún familiar que busca un indulto presidencial.
Siguiendo sus viejas costumbres de cuando era un promotor inmobiliario en Nueva York, demolió el edificio de entrada, antes de que nadie pudiera protestar u oponerse.
Incluso para los estándares chiflados de la Administración Trump, la idea de construir una sala de fiestas al lado del principal símbolo del poder civil del país, recibiendo algo demasiado parecido a una serie de sobornos, sería escandalosa. Pero lo que ha convertido la demolición del Ala Este en un hecho memorable ha sido el contexto.
Para empezar, la demolición se llevó a cabo durante el cierre del gobierno federal provocado por la intransigencia del propio presidente. Cuando el Congreso de Estados Unidos no aprueba unos presupuestos, no hay prórrogas: el gobierno cierra. Los funcionarios se quedan en casa sin sueldo y solo los que se consideran esenciales —como el FBI, los controladores aéreos y la gente que vigila las centrales nucleares— continúan trabajando, pero sin cobrar ni un duro. Inexplicablemente, el presidente decidió entonces que era esencial demoler un tercio de la Casa Blanca para construir una sala de fiestas.
Casi todos los donantes tienen grandes contratos con el gobierno federal, están pidiendo cambios legales, que les autoricen fusiones empresariales y proyectos, o tienen algún familiar que busca un indulto presidencial.
Trump, además, parece estar obsesionado con el proyecto. Ha presentado en diversas ocasiones sus ideas a los periodistas, a menudo acompañadas de elaboradas maquetas tridimensionales, y habla del tema con un interés y una energía que no parece mantener al hablar de sanidad, educación o precios. Irónicamente, la historia de la demolición coincidió con las grandes protestas de «No Kings» (Reyes, no) contra el presidente, con lo cual se evidenció aún más el contraste.
Impopularidad creciente
Cuesta identificar un momento exacto o atribuir un hecho específico a un cambio en las encuestas. A lo largo de su carrera política, Donald Trump siempre ha sido impopular, pero esta impopularidad era bastante estable, de tal manera que lo dejaba alrededor de un 42-43% de aprobación. Las excavadoras empiezan a destruir el Ala Este el 20 de octubre; a partir de ese día esta cifra cae por debajo del 40. A mediados de noviembre, se acercaba al 35.
En política, cuesta cambiar la percepción de un líder conocido una vez que se ha consolidado entre los votantes. Trump es la persona más famosa y conocida del planeta y, a estas alturas, todo el mundo tiene una opinión formada sobre él. Para sus admiradores más acérrimos, es un hombre que lucha contra el establishment, odiado por las élites. Un millonario de clase obrera, grosero e irritante, que lucha por la gente normal, no por los arrogantes intelectuales de ambas costas.
El 31 de octubre, para celebrar Halloween, el presidente organizó una fiesta en Mar-a-Lago, su club de golf/palacio/residencia de Florida, con el lema «Un poco de fiesta nunca ha hecho daño a nadie», una referencia a la película de El Gran Gatsby (2013). La imagen de un presidente que construye palacios y celebra veladas decadentes con vestidos de época, el mismo día que se detiene el programa federal de ayudas para comprar comida a familias pobres resulta demasiado contradictorio.
Pese a su visibilidad, el poder del presidente de Estados Unidos es bastante ilusorio: los presidentes tienen poder e influencia si todo el mundo cree que son populares y poderosos, y la pierden rápidamente cuando esta imagen se difumina. Cuando el martes siguiente los demócratas obtuvieron victorias decisivas en Virginia y Nueva Jersey, se instauró la idea, que costará romper, de que Trump ha perdido el contacto con parte de sus votantes y que la Casa Blanca está ocupada por gente que se preocupa más por las fiestas y por ayudar a sus donantes.
Las elecciones legislativas del 2028 quedan lejos y aún pueden pasar muchas cosas en los próximos meses, pero parece bastante evidente que, durante el mes de octubre, alguna cosa se ha roto en el Partido Republicano. Los estadounidenses siguen desconfiando del Partido Demócrata. Los consideran débiles y desconectados de los problemas de la gente, pero la idea de que Trump, el hombre de los palacios, las fiestas y los banquetes, y su partido sí conectan con sus problemas, es cada vez menos creíble.
Los estadounidenses siempre han desconfiado de los nobles, de la riqueza y de la ostentación. No hay ricos más mal vestidos que los millonarios de este país. Construir una gran sala de banquetes con tonos monárquicos, demoliendo la modesta Ala Este del pasado, tal vez era necesario para no hacer el ridículo cada vez que reciben visitas, pero no es estadounidense. Es el tipo de símbolo que se recuerda.




























































