El debate sobre la industria del presente y del futuro y sobre su capacidad para generar mejores niveles de bienestar, empleo de calidad y fortaleza para generar innovación, cohesión social y territorial, y valor añadido se ha vuelto central en la discusión sobre de las políticas públicas. Lejos quedan las opiniones de que la industria estaba extinguiéndose y la mejor política industrial era la que no existía.

El peso del sector en la economía es muy importante ya que genera el 30 % del PIB mundial si incluimos los servicios financieros e informáticos que conforman su perímetro. España está lejos de este porcentaje (16 %) y Cataluña, también (19 %). La brecha es notable y es perentorio superar esta situación.

La industria vive al albur de las grandes transformaciones que hoy en día se están dando en la sociedad, quizás aún más aceleradamente que otros campos, y en cualquier caso muy a la par de la ciencia con la que interactúa constantemente. Las causas de esta celeridad son diversas, pero no son ajenas a problemas emergentes como son los costes energéticos, la obtención de materias primas de aquello que se da por denominar «metales raros», los conflictos geopolíticos y, muy especialmente, la soberanía tecnológica alrededor del componente principal de maquinarias de diverso tipo basado en microchips.

Esta compleja realidad no ha de llevarnos a una posición pesimista sino que, por el contrario, ha de provocar una política proactiva y decidida. Un buen ejemplo es la actitud de China, que ha sabido aprovecharse de los procesos de deslocalización de la capacidad tecnológica de occidente para renovar totalmente su sistema económico y, según Statista, conseguir que, hoy día, el peso de la industria en el PIB del país sea del 38,3 %.

Si miramos lo que ha ocurrido durante los últimos años en el campo de la industria manufacturera nos encontramos con enormes factores disruptivos que pivotan alrededor del concepto de la industria 4.0, pero que están teniendo efectos importantes en algunos aspectos de la cadena de producción, particularmente en lo referido a la aplicación de la inteligencia artificial, combinado con otros factores determinantes en la celeridad de los procesos productivos, como la digitalización, la industria aditiva, la robotización o el internet de las cosas.

En el caso de la energía el factor se agrava por la disfunción que existe entre los ritmos que exigen los compromisos relacionados con el cambio climático y la implantación de las energías renovables y limpias, tanto para el consumo general como para la industria y la movilidad.

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