El filósofo Edgar Morin advierte que «hoy en día, la batalla se libra en el terreno de la mente» y observa que «la Tierra se ha convertido en una nave espacial». Si unimos ambas citas, si nos atrevemos a relacionarlas, obtenemos la imagen de un planeta sumido en la tiranía de lo tecnológico, hasta el punto de haber conseguido convertir la Tierra en un «planeta inteligente», un planeta nave espacial.

La Tierra, que giraba despreocupada en el vacío del universo, ahora se dirige a la meta de convertirse en una nave espacial fusionando la vida biológica y la vida robótica. Hoy, en las profundidades del mar, encontramos miles de cables de fibra óptica conectando continentes, trazando líneas rectas y oscilantes desde las cuales se canalizan datos e información. El cielo azul y estrellado está ahora dominado por miles de satélites que permiten expresar en datos el planeta para predecir su comportamiento. Ciudades chinas y americanas empiezan a estar controladas por la tecnología 5G, y ya se proyecta el 6G para ganar en calidad de transmisión de datos y en la gestión de los mismos con el fin de hacer más eficientes las ciudades.

Hoy, en las profundidades del mar, encontramos miles de cables de fibra óptica conectando continentes.

Los videojuegos, las gafas de realidad virtual, las pulseras de localización, los móviles, Siri, la ciberseguridad, los drones, los avatares, el metaverso… una infinidad de artefactos, funcionalidades y aplicaciones que sitúan a los ciudadanos, aunque solo sea por un instante, en la posición de tripulantes de una nave espacial.

Dos citas que nos abren la imagen de un futuro distópico donde los humanos que habitábamos la Tierra, ahora pretendemos dominarla con nuestras fantasías tecnológicas y de control. Lo que es relevante de la afirmación «la Tierra se ha convertido en una nave espacial» es que los únicos que saben con certeza hacia dónde nos dirigimos, si es que puede saberse, son aquellos empresarios como Jeff Bezos, fundador de Amazon, que viaja al espacio con su nave New Shepard. Una nave/prueba sobre la cual el empresario tecnológico, apasionado de la inteligencia artificial, afirmó al volver a pisar la Tierra: «¡Dios mío! Mis expectativas eran altas y han sido superadas radicalmente.»

El millonario Jared Isaacman viajó al espacio con tres amigos; también lo hizo Richard Branson, fundador de Virgin Galactic, que quiere facilitar el turismo espacial a aquellos que se lo puedan pagar. La metáfora de Morin, «la Tierra se ha convertido en una nave espacial», ha llegado a nuestra realidad, hasta el punto de que muchas empresas tecnológicas se preparan haciendo pruebas piloto y tripulando sus naves espaciales particulares. La nave espacial explorará el universo, pero también gestionará el mundo como si fuese un sofisticado artefacto, mitad biológico, mitad máquina.

 

Renunciar a lo imprevisible

Se constata la metamorfosis de la Tierra. Pasará a ser un órgano vivo que rige el destino del planeta a convertirse en una nave tecnológica donde lo vivo se subordinará a lo tecnológico. Esta nave espacial también puede verse como el Arca de Noé del siglo XXI, en la cual los Noé no deben decidir los animales que han de salvar, sino qué tecnología debe impulsar la nave. Será una arca/nave espacial dirigida por las grandes corporaciones tecnológicas que están seleccionando las especies bajo la atenta mirada de la tecnología. El impacto cultural que implica priorizar el esfuerzo de gestionar mejor el mundo al hecho de vivir mejor conlleva renunciar a toda esperanza de que lo imprevisible continúe gobernando el mundo.

Si se apuesta por atletas biónicos, el esfuerzo y el don natural se diluyen en los avances tecnológicos; si la selección del personal de una empresa la determina un algoritmo, la originalidad y la genialidad quedan subordinadas a la eficiencia y los resultados. El capitán de la nave exige rendir más a los tripulantes sin cuestionar su decisión. El impacto cultural que implica que toda persona que pilota la nave tenga una función determinada, determina que los pasajeros vivan más plácidamente en su mente que en la realidad.

No debe extrañarnos que la guerra de Ucrania, mientras se cobra vidas en el campo de batalla, se intente resolver interviniendo cuentas bancarias o dejando de depender del gas ruso. Los conflictos que estallan dentro de la nave se resuelven aislando tecnológica y económicamente a los invasores en sus cabinas, hasta que desfallezcan en su afán de dominar la nave. Incluso la amenaza nuclear deja de cuestionarse bajo principios éticos o morales; la cuestión es evitar que la nave estalle en pedazos. La nave espacial a la que hace referencia Morin es la que se construye «sobre la base biológica del espacio Homo sapiens a través de la extraordinaria diversificación de las culturas, la humanidad se constituye en identidad planetaria, se unifica bajo la égida de la técnica, que le permite todo tipo de intercomunicaciones, se reconoce como una comunidad de destino en el seno de la biosfera, emerge como consciencia…»

La nave espacial de Morin apunta a la exploración del universo y la curiosidad del hombre. No obstante, la nave espacial en la que ya estamos viajando está dejando a los pasajeros dormidos y sedados en lo virtual, mientras los tripulantes van creando las condiciones necesarias para que, cuando despierten, todo esté dominado por la tecnología. No se trata de reducir la tecnología llevada al extremo de entenderla como el mal, sino de empezar a ver la Tierra como aquello que ya es hoy en realidad: un planeta inteligente donde todo está conectado.