Justo en los días en que se cumplía el centenario de la marcha sobre Roma, una líder que en sus años mozos consideraba a Mussolini el más grande estadista del siglo XX se convirtió en la presidenta del gobierno italiano. Resulta difícil pensar que la historia no nos está jugando una mala pasada. O, citando esa famosa frase atribuida a Mark Twain, que la historia rima, aunque no se repita.

El resultado de las elecciones legislativas celebradas en el país transalpino el pasado 25 de septiembre estaba ya escrito. Desde que cayó a finales de julio el gobierno de unidad nacional de Mario Draghi, todos sabían que la coalición de ultraderecha hegemonizada por Hermanos de Italia, el partido liderado por Giorgia Meloni, habría ganado por goleada.

La ley electoral vigente, el Rosatellum, no dejaba espacio a grandes sorpresas, ya que casi el 40 % de los diputados y senadores son elegidos con el sistema mayoritario en colegios uninominales. Teniendo en cuenta que la derecha a tracción ultra se presentaba unida y que la centroizquierda no consiguió forjar una coalición unitaria, Meloni y sus aliados, la Liga de Matteo Salvini y la Forza Italia de Silvio Berlusconi, se llevaron casi todos esos escaños: con el 43,8 % de los votos se garantizaron así una cómoda mayoría absoluta en las dos cámaras del Parlamento.

Hermanos de Italia, que ha pasado del 4,3 % de los votos de 2018 al 26 %, se ha beneficiado sobre todo de dos factores. Por un lado, los errores garrafales cometidos por Salvini en el último trienio —la Liga ha pasado del 34,3 % de las elecciones europeas de 2019 al 8,8 %—; por el otro, el haber sido el único partido que se quedó en la oposición al ejecutivo de Draghi.

Sin embargo, hay que añadir otros tres elementos de larga duración. En primer lugar, el declive del berlusconismo empezado hace una década con el fracaso del Pueblo de la Libertad, esa especie de Partido Republicano estadounidense a la italiana que il Cavaliere había lanzado para derrotar a Romano Prodi. No es casualidad que fuera justo en aquella coyuntura, marcada por otro ejecutivo técnico, el de Mario Monti, cuando Meloni, junto a uno de los históricos dirigentes del neofascismo italiano, Ignazio La Russa, y el ex democristiano de derechas, Guido Crosetto, fundara Hermanos de Italia. Y que Salvini, después de la crisis de la Liga Norte, envuelta en un sinfín de escándalos, se hiciera con la secretaría del partido fundado por Umberto Bossi transformándolo en una formación nacionalista italiana mirando al modelo del lepenismo.

Aunque Forza Italia, con un 8,1 % de los votos, no ha desaparecido de los radares, no cabe ninguna duda de que la anteriormente todopoderosa formación del octogenario Berlusconi ha entrado en un ocaso definitivo y que sus aliados no esperan otra cosa que hacerse con lo que queda de ella.

En segundo lugar, fue el mismo Berlusconi quien, allá por 1994, abrió por primera vez las puertas del ejecutivo al Movimiento Social Italiano de Gianfranco Fini y la Liga Norte, permitiendo la paulatina normalización de fuerzas de extrema derecha hasta entonces excluidas del perímetro gubernamental. De aquellos polvos, estos lodos: los italianos llevan tres décadas acostumbrados a que partidos ultras, presentados por más inri bajo la etiqueta de «coalición de centroderecha», gobiernan el país. ¿Puede extrañar que, tras haber ensalzado Salvini, ahora voten mayoritariamente para la nieta política de los neofascistas de Giorgio Almirante?

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Abstención del 36 %

En tercer lugar, hay que subrayar los altos niveles de desconfianza hacia las principales instituciones del país, excepto las fuerzas armadas y la presidencia de la República. Solo un 20 % de los italianos confía en el Parlamento. La volatilidad electoral es una marca de los tiempos por doquier, pero en Italia ha llegado a cotas nunca vistas. Tras haber «probado» con Matteo Renzi, el Movimiento 5 Estrellas y Salvini, los italianos, cada vez más hastiados de una clase política juzgada corrupta e incapaz, además de quedarse en casa —la abstención superó el 36 %, diez puntos más que en 2018—, han decidido escoger la papeleta del único partido que en la última década no ha estado nunca en el gobierno.

Ahora bien, si este es, en resumidas cuentas, un análisis de cómo hemos llegado hasta aquí, ¿qué es lo que podemos esperar del futuro? Durante la campaña electoral y en los primeros pasos de vida del nuevo ejecutivo, Meloni ha demostrado tener agallas y lucidez. Por un lado, y sin perder la conexión emotiva con el electorado más radicalizado, ha intentado moderar su discurso, consciente de que sin un cierto pragmatismo la ocasión que la historia le ha brindado se convertirá de pronto en una pesadilla. In primis, se ha preocupado de remarcar el compromiso atlantista, así como el apoyo al esfuerzo bélico ucraniano y, en segundo lugar, no ha querido entrar en rota de colisión con las instituciones comunitarias.

Italia no es solo la tercera economía de la Unión Europea y miembro del G7, sino también el país con la deuda pública más abultada, detrás solo de Grecia, y el mayor beneficiario del programa Next Generation EU. El choque con Washington y Bruselas sería, pues, un suicidio político en toda regla en una coyuntura marcada por la guerra en Ucrania, la crisis energética, la alta inflación y el comienzo de una recesión económica que no se sabe cuánto durará.

Por otro lado, Meloni ha querido poner negro sobre blanco que la que manda en la abigarrada coalición que forma su gobierno es ella. A Salvini y sobre todo Berlusconi, al que le cuesta aceptar que ya no es el padre-padrone, les ha concedido unos cuantos ministerios —incluso algunos de peso, como Asuntos Exteriores— y los ha complacido con la creación de dos vicepresidencias —un cargo, por otro lado, sin competencias—, pero en la sala de máquinas ha puesto a hombres, todos, de su estrecha confianza, es decir el núcleo duro de Hermanos de Italia.

El choque con Washington y Bruselas sería un suicidio político en una coyuntura marcada por la guerra en Ucrania, la crisis energética, la alta inflación…

Esto no significa que sus compañeros de viaje no puedan ponerle bastones entre las ruedas. Lo harán seguramente para marcar perfil e intentar recuperar los consensos perdidos, y porque tienen la llave de la mayoría parlamentaria. Pero tanto Salvini como Berlusconi son conscientes de que la cuerda se puede estirar hasta un cierto punto y que no les conviene hundir el barco. Además, con unas oposiciones tan divididas tampoco hay alternativas viables para otro de los ya clásicos ribaltoni que han marcado la política italiana de las últimas décadas.

 

Exberlusconianos reciclados

Dicho esto, es evidente que la voluntad de formar un ejecutivo «de alto perfil» se ha quedado tan solo en un sueño húmedo de la nueva premier. Los técnicos de prestigio que ha contactado le han dado calabazas, empezando por Fabio Panetta, miembro del board del BCE. Meloni ha tenido así que conformarse con lo que ofrecía la casa: dirigentes de su círculo mágico que garantizan confianza, pero cuyas capacidades políticas son una incógnita, y exberlusconianos reciclados que se han subido al carro de la vencedora. La ultraderecha tiene un grave problema de clase política, no es ninguna novedad. El caso italiano no hace más que confirmarlo.

Por lo tanto, el objetivo primordial de Meloni es superar el invierno, que se anuncia complejo para utilizar un eufemismo, y consolidarse en el poder. Necesita que a nivel internacional se evapore, o como mínimo se matice, la imagen de que en Roma gobierna una posfascista aliada de las autocracias electorales de Budapest y Varsovia. Sabe que debe ser vista como una partner fiable tanto en Washington como en Bruselas, París y Berlín, más allá de la poca sintonía ideológica que pueda tener con Biden, Macron, Scholz y von der Leyen.

Esto no significa que Meloni se esté convirtiendo por arte de birlibirloque en una política moderada de centroderecha. Todo lo contrario. Lo que pasa es que mostrará en todo lo que pueda, y esencialmente en las cuestiones cruciales, un perfil pragmático. Evitará, en suma, los gritos que la hicieron famosa en Marbella, pero no cambiará la visión de la sociedad que delineó en su intervención al lado de Abascal y Olona. Otra cosa, obviamente, es que lo consiga.

 

Hacia un soberanismo ‘light’

Como hemos visto en estas primeras semanas, el nuevo gobierno de Roma no se saldrá pues de la línea atlantista, por más que de vez en cuando Salvini y Berlusconi repitan como loros la propaganda putiniana, y mostrará su faceta más realista en la relación con Bruselas. La líder de Hermanos de Italia sabe muy bien que pedir la salida del euro o el desmembramiento de la UE —como hacía en 2014— sería una estupidez. La tesitura, además, es otra respecto a los tiempos del referéndum británico.

Ahora bien, Meloni frenará como pueda la integración europea, seguirá manteniendo estrechas relaciones con Orbán y Morawiecki, intentará llevar los populares hacia un soberanismo light y así romper la gran coalición que gobierna la Unión. No perdamos de vista que la gran batalla es la de junio de 2024 cuando se votará para las europeas y podrían cambiar los equilibrios en la UE.

Mientras tanto, no cabe duda de ello, Meloni no perderá tiempo para afianzarse en Italia. Por un lado, intentará poner los cimientos para que un partido que hasta hace dos telediarios tenía dificultades para entrar en el Parlamento se pueda convertir en la «Casa Grande» del conservadurismo italiano. No se trataría, atención, de una Forza Italia 2.0, sino de un partido de extrema derecha que representa la versión autoritaria del conservadurismo de manera similar al GOP trumpizado, los Tories post-Brexit, la Fidesz de Orbán o la Ley y Justicia de Kaczynski.

Por otro lado, más allá del tan cacareado pragmatismo, seguirá pisando el acelerador con las guerras culturales en temas como el aborto, la inmigración, el feminismo, la familia, la memoria histórica o los derechos del colectivo LGTBI, dando centralidad a la supuesta lucha contra la «dictadura del pensamiento único» o la «cultura de la cancelación».

Más allá del tan cacareado pragmatismo, seguirá pisando el acelerador con las guerras culturales.

La elección de dos perfiles marcadamente ultraderechistas en las presidencias del Senado y de la Cámara —el neofascista Ignazio La Russa y el liguista ultracatólico Lorenzo Fontana, respectivamente— o en algunos ministerios —como la líder del Family Day Eugenia Roccella en la cartera de Familia, Natalidad e Igualdad, o del reaccionario Giuseppe Valditara en la de Instrucción y Mérito— son buena prueba de ello, así como los nombres de algunos ministerios como el de Agricultura y Soberanía Alimentaria o el de Empresas y Made in Italy.

 

Un experimento

El tiro le puede salir por la culata, es cierto. Sin embargo, el apoyo explícito o implícito de buena parte del establishment —empezando por Draghi que, según algunos, ha jugado el papel de Lord Protector de Meloni— así como la división de las oposiciones —con un Partido Democrático que se encuentra entre la espada de los centristas de Calenda y Renzi y la pared de un Movimiento 5 Estrellas que intenta presentarse como la nueva izquierda— permiten a Meloni mirar el futuro con un cierto optimismo. O, por lo menos, ganar tiempo.

El de Meloni es un experimento. Si funciona puede ser un modelo para otros países. Y sobre todo puede marcar la política europea de los próximos años. No hay que olvidar que Italia siempre ha sido un laboratorio político. Lo fue también hace cien años cuando las élites liberales le entregaron el gobierno a ese exsocialista que había fundado los Fasci di Combattimento.