La búsqueda de la luz en las profundidades de la condición humana a partir de un lenguaje fílmico influido por el arte contemporáneo sitúa a una serie de directores cinematográficos como exploradores de las emociones. Exploran las emociones que capta la cámara en sus personajes, como si fuera un experimento, y en los espectadores, buscando la sorpresa y el sobrecogimiento.

Se trata de directores como Nicolas Winding Refn (la serie de televisión Copenhagen Cowboy, los largometrajes Drive y The Neon Demon), Gus Van Sant (Last Days, Drugstore Cowboy, Elephant), Paolo Sorrentino (La gran Belleza, Juventud, la serie de televisión The Young Pope), Lars von Trier (Dogville, Melancolía, la serie de televisión The Kingdom), Mike Flanagan (Doctor Sleep, la serie de televisión Misa de medianoche), Albert Serra (Liberté, Pacifiction, la instalación Els tres porquets), Bong Joon-ho (Parasitos, Monstruo, Snowpiercer), Alejandro González Iñárritu (Bardo, Birdman, El renacido), Ruben Östlund (The Square, Triangle of Sadness), Leos Carax (Los amantes del Pont Neuf, Holy Motors, Annette), Iorgos Lànthimos (Langosta, The Killing of Sacred Deer), Nathan Fielder (la serie de televisión Los ensayos, The disaster Artist), Gaspar Noé (el mediometraje Lux Eterna, Climax, Irreversible), Michael Haneke (Caché, Funny Games, Happy End)…

Todos tienen en común que buena parte de sus códigos visuales se asientan en un conocimiento y una clara influencia directa o indirecta del arte contemporáneo. Esta influencia se funda en adaptar y desarrollar líneas de trabajo que siguen artistas de arte contemporáneo. En la obra The Young Pope, de Paolo Sorrentino, podemos advertir la influencia de Maurizio Cattelan. Nicolas Winding Refn y Gaspar Noé nos recuerdan la intensidad de las luces fluorescentes de Dan Flavin. La secuencia final del film Parásitos de Bong Joon-ho nos adentra en los escenarios del fotógrafo Jeff Wall. La fotografía Milk, 1984 de Wall, en la que vemos a un hombre que está a punto de arrojar una botella de leche en actitud amenazadora, como si fuera un cóctel Molotov, nos ayuda a entender mejor, desde el punto de vista estético, la secuencia final de Parásitos que muestra una matanza/revolución en una celebración familiar.

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