Cuando no estoy leyendo a Kafka, estoy pensando en Kafka.
Cuando no estoy pensando en Kafka, añoro pensar en él.
Después de haber añorado pensar en él por un tiempo,
lo saco y vuelvo a leerlo. Así es como pasa.

László Krasznahorkai
Escritor húngaro, Premio Formentor 2024.

 

«Cien años sin Kafka»: así se titula en un telediario un breve reportaje sobre esta efeméride. ¿Sin Kafka? Suena a soledad garciamarquiana. Más bien cien años de Kafka, que es cuando empezó a despertar el interés más allá de un círculo relativamente reducido de intelectuales y de lectores de la minoría alemana, para quienes era, cuando menos, un talento prometedor. O cien años en Kafka, como si fuera un lugar concreto en un mapa imaginario donde estamos todos empadronados y del cual no podemos escapar.

Schopenhauer clasificaba a los escritores empleando una metáfora cosmológica: estrellas fugaces, astros errantes y planetas. Los primeros son un deleite momentáneo, atraen la atención mientras dura un fogonazo. Los segundos brillan con intensidad, pero solo para sus contemporáneos o camaradas de órbita, y por un tiempo limitado. Su destino también es desvanecerse. Y, por último, los terceros, que son los únicos invariables y fijos en el firmamento. No pertenecen a un solo círculo o sistema, sino a todo el universo. Sí, son cien años en el planeta Kafka, tanto sus lectores como sus personajes.

Una paradoja: la del funcionario rehén de dos escritorios —el del su puesto de trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales y el de la ensoñación literaria, que lo esperaba cada noche al abrigo del silencio–, quien, según el mito creado por su albacea Max Brod, pidió destruirlo todo, y gracias a este último podemos escrutar su intimidad al nivel del átomo. Si los editores no se disputaban sus novelas, recordaba Milan Kundera, ¿por qué debería preocuparse por su correspondencia o sus diarios? «Lo que le llevó a querer destruirlas era la vergüenza, la vergüenza elemental, no la de un escritor, sino la de un simple individuo, la vergüenza de dejar cosas íntimas por ahí a la vista de los demás, de la familia, de los desconocidos, la vergüenza de ser convertido en objeto, la vergüenza capaz de “sobrevivirle”».

Si en algo fue visionario Kafka es en su comprensión de que la necesidad de saciar nuestra curiosidad es infinita. Así pues, visto en perspectiva, siendo como es la humillación de personajes vulnerables por parte de adversarios que parecen omnipotentes un motivo recurrente en su obra, nuestro interés (tal vez) malsano por cada detalle de su alma atormentada nos convierte, a nosotros, lectores, también en tiranos de alguna de sus parábolas, inagotables en cuanto a sus posibles interpretaciones. Kafka es lo que escribió y la biblioteca siempre incompleta de estudios, exégesis, biografías, comentarios, relecturas, análisis, tesis doctorales, homenajes y reescrituras inconscientes o no de sus imágenes.

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