Mi interés por la región centroamericana nació por la simpatía que existía en mi entorno hacia el proceso revolucionario sandinista en Nicaragua. Tenía menos de 20 años y estudiaba ciencia política en la UAB. La Transición española había finalizado y la épica del antifranquismo y el entusiasmo de los primeros años de la democracia habían dado paso a un cierto desencanto. En este contexto, muchas organizaciones de izquierda canalizaron su energía combativa hacia otras geografías (a priori) más épicas. Era fácil para muchos jóvenes de mi generación vincularse a la constelación de comités de solidaridad con la revolución en Nicaragua y con la lucha de las organizaciones insurgentes de El Salvador y Guatemala.

Con lo que sucedía en Nicaragua aprendimos de cada uno de los países de la región, puesto que los debates sobre los acontecimientos de allí se complementaban con los análisis sobre la situación en El Salvador y Guatemala, y sobre el rol que jugaban en aquella crisis los regímenes de Honduras y de Costa Rica; con sus líderes, instituciones y culturas políticas.

Aproximarse a la región suponía conocer también la historia de dictaduras y dictadores, la naturaleza de las sociedades empobrecidas por la huella del colonialismo (y neocolonialismo) y la explotación, varios proyectos revolucionarios y reaccionarios. Y, también, descubrir la importancia de la geopolítica en un contexto de guerra fría, donde Cuba y la URSS jugaban un papel relevante y la posición de Washington era determinante.

Fue en aquel periodo cuando, gracias a las implicaciones con estas luchas, conocimos a personajes heterodoxos y disidentes, como por ejemplo los poetas Roque Dalton y Michelle Najlis, los teóricos del evangelio revolucionario como Jon Sobrino o Segundo Montes, o arcadias utópicas como por ejemplo la comuna contemplativa de Solentiname liderada por Ernesto Cardenal.

A partir de los años 90, a las cuestiones mencionadas se sumaron las temáticas de los procesos de paz, de las transiciones desde regímenes autoritarios (o revolucionarios) hacia regímenes liberal-democráticos, y de la difícil inserción de pequeñas economías periféricas en una economía globalizada. En este marco se constató cómo las guerrillas se transformaban en partidos, como las Comisiones de la Verdad y las Misiones de Organizaciones Internacionales impulsaban medidas de justicia transicional y cómo aparecían algunos fenómenos inesperados, como por ejemplo la emergencia de reclamos de pueblos indígenas (mayas y caribes) y también la aparición de nuevas lógicas de violencia de la mano de pandillas y maras.

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