El hombre contemporáneo está más inclinado a la acción que a la contemplación. Los museos procuran ofrecer experiencias colectivas a los espectadores para que sus salas no queden vacías.

Los protagonistas de la película de Jean Luc Godard Bande à part irrumpen eufóricos en una de las salas del Museo del Louvre trastocando la tranquilidad de los visitantes y sorprendiendo a los vigilantes. La carrera de sólo 40 segundos bastará para alterar el recogimiento y el goce de las obras del pintor de la Revolución Francesa Jacques-Louis David. La secuencia de la película de Godard sirve para ejemplificar hasta qué punto el espectador que observa las obras inmerso en sus pensamientos, perdido en su espacio más íntimo, se ve sobresaltado, arrancado, despojado del silencio.

El filósofo Michaël Fœssel, en su ensayo La Privation de l’intime, indica: «Lo íntimo permite la suspensión de todo juicio exterior sobre lo que se produce.» Fœssel avanza en su idea haciéndonos observar: «para existir, lo íntimo ha de escapar de las miradas: es una manera de expresar que está al margen de la competencia social». Lo que subraya es que en la esfera de lo íntimo nadie debe entrar a sancionar lo que se hace, se dice o se piensa. Ni el Estado, ni la sociedad, ni siquiera los familiares más próximos, con los cuales se establece la mayor cuota de confianza, tienen derecho a entrar en el espacio de lo íntimo, individual y propio.

A principios del siglo XX, lo íntimo era un derecho incuestionable, casi sagrado; ahora, desde principios del siglo XXI, es signo de ocultación y secreto. Ya no basta con controlar los asuntos privados, sino que también se pretende que lo íntimo sea visibilizado. Lo íntimo, ese lugar donde se despliega la imaginación más fértil y el espacio donde los hombres y mujeres pueden desplegar con toda libertad sus deseos y anhelos sin que nadie los juzgue y observe, ha sido tan profundamente violentado que se ha llegado al punto de plantearse la idea, aunque todavía sea ciencia ficción, de querer conocer lo que las personas piensan.

Parece que la sociedad contemporánea no puede aceptar que se puedan producir hechos privados que no vayan a convertirse en visibles.

Las fotografías tomadas en la intimidad, al hacerse públicas quedan despojadas de su significado y adquieren uno nuevo donde la moralidad del autor se pone en duda. La cultura occidental tiene una especial inclinación a revelar todos los secretos en nombre de la verdad, sin darse cuenta del precio que se paga cuando todo, incluso lo íntimo, es juzgado por el ojo público. En una sociedad narcisista no hay lugar para una sociedad del recogimiento, el pudor y la discreción. Lo que sucede en la intimidad no está destinado a nadie y, no obstante, la curiosidad de los medios lo acaba destruyendo.

 

Degeneración de las libertades

Parece que la sociedad contemporánea no puede aceptar que se puedan producir hechos privados que no vayan a convertirse en visibles, que no se puedan revelar. La importancia de lo íntimo estriba en que allí no puede entrar nadie más. La debilitación de lo íntimo implica la servidumbre del yo a lo colectivo y supone el triunfo del control político sobre lo que hacemos y lo que pensamos; un control en forma de DNI, pasaportes, controles de seguridad, pago de impuestos, algoritmos y cámaras de vigilancia que permiten saber, no solo lo que hace cada cual con su tiempo, sino incluso lo que haremos en el futuro. La figura del intruso que entra en nuestra casa a robar es en lo que se ha convertido la sociedad respecto a lo íntimo; un intruso que reclama el estatus de vigilante, que enciende todas las luces y abre las habitaciones para que todo pueda ser registrado.

Lo íntimo ha sido tan negativizado que incluso se utiliza con fines comerciales para sacarle el máximo provecho. En muchos canales de televisión podemos constatar cómo se mercadea e incluso se falsifica lo íntimo. Inmiscuirse en la vida privada genera beneficios económicos. Es un proceso de degeneración cultural y de las libertades en las que se fundamenta la vida social. La pérdida de lo íntimo, su privación, no solo implica la sustracción de unos derechos que recoge la constitución española, el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, sino que altera aspectos que le son próximos y que lo envuelven, como el secreto, la confidencialidad, el recogimiento, el silencio, el pudor, la sexualidad o las confesiones. Altera la noción misma de lugar en la que queremos situarnos, pero que determinadas fuerzas externas nos obligan a abandonar.

 

Una forma de estar en el mundo

Incluso una persona que decide desaparecer para cambiar de vida, será buscada y probablemente encontrada por la sociedad a la que pertenece y que le obligará a volver a su lugar. Las pasiones que en el pasado movían a los hombres para que la vida valiera la pena de ser vivida y que muchas veces solo se podían desarrollar en la intimidad están puestas ahora en duda.

Todo parece confabularse para ir contra lo íntimo porque actualmente resulta sospechoso, como indica Fœssel, «apartar a los individuos del aspecto “social” de participar en una naturalización de las relaciones humanas» Hoy en día, reivindicar lo íntimo se considera un acto radical a favor de las libertades, pero también es una manera de estar en el mundo en la cual el yo es tan importante como lo colectivo. El amor sin la defensa de lo íntimo se transforma en una simple celebración en la cual lo importante no es amar, sino la representación pública del amor.