«La música entra por los ojos.» Así comenzaba Antonio Muñoz Molina un artículo hace unas semanas. El escritor y académico quería decir que la música debe verse, lo cual no se consigue utilizándola de fondo en alguna otra actividad o pulsando la tecla de un dispositivo. La música es visible cuando se interpreta ante nuestros propios ojos, en vivo. Parece, no obstante, que ahora no basta con eso. Desde que en el siglo XVIII se consolidó el concierto interpretado por unos músicos para un público anónimo que ha pagado su entrada y en el cual se reproducen toda una serie de rituales, esta institución se había mantenido inmutable. Ahora, sin embargo, en la época del dominio de la imagen, al concierto le han quedado demasiado estrechas sus fronteras.

Así, asistimos a lo que podríamos calificar como su reinvención. Es una tendencia en auge que consiste en añadir dramatizaciones teatrales que pretenden visualizar la música o lo que nos está diciendo la música. Romeo Castellucci, una de las grandes figuras del teatro en Europa, no ha sido el primero, pero, dado su enorme prestigio, marca tendencia. En 2019, en el Festival de Aix-en-Provence escenificó el Réquiem de Mozart (a finales del pasado mes de septiembre se pudo ver en Valencia). Como todo lo que hace el director italiano, era una dramatización muy trabajada, inteligente y llena de ideas. De hecho, demasiadas. Para la próxima edición del festival provenzal ya se ha anunciado la puesta en escena de la sinfonía Resurrección de Gustav Mahler.

¿Necesitamos la ayuda de imágenes que expliquen una historia para entender la música?

Un caso reciente en Barcelona es el de la interpretación del War Requiem de Benjamin Britten en el Liceo. No era la primera vez que la estremecedora obra que el compositor inglés convirtió en un alegato contra las guerras era teatralizada. En 2017, Calixto Bieito lo hizo en Bilbao, en el Teatro Arriaga. Aquel mismo año, la Ópera de Lyon, con Daniele Rustioni a la batuta, presentaba una potente, sobria y ejemplar escenificación de aquel réquiem firmada por Yoshi Oida, un japonés nacido en 1933, con un recuerdo todavía vivo de los bombardeos que se llevaron a parte de su familia.

El War Requiem que se vio en el Liceo, con las voces de Tatiana Pavloskaya, Mark Padmore y Matthias Goerne, jugaba demasiado con las imágenes de Wolfgang Tillmans para la puesta en escena de Daniel Kramer. Unas interrupciones al discurso musical llenas de improvisaciones para hacer los cambios de decorado no ayudaban a mantener la tensión dramática de la partitura, como tampoco lo hacían unos gritos de estilo militar. O el movimiento del coro casi siempre tumbado en el suelo. Ahora bien, ver la música en el sentido que decía Muñoz Molina, no se veía. La doble orquesta, la sinfónica y la de cámara que reclama la partitura, estaba amontonada en el foso, eso sí, bajo una muy buena dirección de Josep Pons.

 

Misteris de l’instant interpretat per la GIO Symphonia a l‘Auditori de Girona. Fotografia de Toni Márquez.

Misterios del instante interpretado por la GIO Symphonia en el Auditori de Girona. Foto de Toni Márquez.

 

Bailar el ‘Viaje de invierno’

El mismo teatro de la Rambla ofreció otra pieza de concierto, en este caso un recital, con una dramatización escénica, concretamente un ballet. Fue el ciclo de canciones

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Winterreise (Viaje de invierno), de Franz Schubert, para voz y piano, con la coreografía de Angelin Preljocaj y su compañía de danza, interpretado por el pianista James Vaughan y el barítono Thomas Tatzl. El ballet, de muy buena factura y con unos bailarines excelentes, podía servir para dramatizar cualquier pieza musical, pero aquello no era el Winterreise.

Este ciclo de canciones ya había tenido una versión teatralizada en el Festival Life Victoria del año pasado ideada por el contratenor Xavier Sabata que lo interpretó (política&prosa, núm. 31). Esta versión, muy lograda y en plena sintonía con los poemas de Wilhelm Müller y la música de Schubert, se vio en el CaixaForum y ya ha circulado por varias ciudades españolas. También de este cantante es la versión escenificada de Pierrot Lunaire, de Arnold Schönberg, que se presentó en el Foyer del Liceo el pasado mes de noviembre. Hay que decir que este ciclo de canciones para voz y un pequeño ensemble ha tenido en el pasado otras escenificaciones, incluso con un planteamiento transgénero ideado por Bruce LaBruce que se estrenó en Berlín y se convirtió después en una película.

 

War Requiem, de Benjamin Britten, al Liceu. Fotografia de Toni Bofill.

War Requiem, de Benjamin Britten, en el Liceu. Foto de Toni Bofill.

 

Romper el ritual

Esta reinvención del concierto no solo se produce para la dramatización de piezas musicales compuestas originalmente para ser interpretadas por una orquesta o unos solistas. A finales de octubre del año pasado, la GIO Symphonia (conocida hasta entonces como la GIOrquestra de Girona) iniciaba una nueva etapa bajo la dirección artística de Francesc Prat, coincidiendo con el décimo aniversario de la formación. Lo hacía con un concierto que reunía obras de varias épocas bajo el título Misteris de l’instant y bajo una dirección escénica también de Sabata que rompía los rituales habituales.

Según el cantante, cuando vamos a un concierto en un auditorio, seguimos y asumimos con toda naturalidad la liturgia y la invisible puesta en escena, desde la entrada del director, el saludo del primer violín, el saludo al público y la posición de los músicos en semicírculo, hasta el hecho de no aplaudir entre los movimientos de una sinfonía. «Asumimos que todo esto no es una puesta en escena, creemos que es “natural” en un concierto o recital», dice Sabata.

En su libro La orquesta, el crítico y musicólogo Jorge de Persia cita el ensayo Bruits, de Jacques Attali, sobre la economía política de la música, en el cual el economista francés considera este arte como una estrategia paralela a la de la religión. De ahí procede el carácter ritual que se manifiesta en la sala de conciertos. Eso, este carácter ritual, es lo que quiso romper Sabata con la GIO, mediante un proyecto que se apoderaba de estas liturgias y jugaba con sus límites.

En la época del dominio de la imagen, al concierto le han quedado demasiado estrechas sus fronteras.

De entrada, la disposición de la orquesta no tenía nada que ver con el semicírculo habitual. Un andamio de cuatro pisos ocupaba el escenario del Auditori de Girona. Los músicos estaban repartidos en las diversas plantas siguiendo, sin embargo, un cierto orden. Los instrumentos de cuerda ocupaban las dos primeras. Los de madera y parte del metal, la tercera; y el resto de los metales y la percusión, arriba de todo. El concierto empezó antes de que el director hiciera su aparición. Fue con una pieza para oboe solista y, una vez terminada, el director empezó a dirigir la segunda obra del programa sin los saludos rituales.

La iluminación tuvo un papel determinante en este concierto atípico y permitía «ver» claramente como se hacía la música. Solo se iluminaban los músicos que tocaban en cada momento, dejando a los demás en penumbra. Las luces también jugaban con la música. El resultado de la propuesta radicó en su espectacularidad visual. Musicalmente, la distribución por pisos hacía que el sonido fuese poco compacto y anulaba el trabajo del concertino.

Todo está inventado, pero también todo es susceptible de ser reinventado, reformulado o redescubierto. Que luego funcione, ya es harina de otro costal. Lo que sí suscita esta voluntad de ir más allá del concierto tal como lo hemos conocido hasta ahora es toda una serie de preguntas. ¿Ya no somos capaces de asistir a un concierto y limitarnos a escuchar? ¿Necesitamos la ayuda de imágenes que expliquen una historia para entender la música? ¿Acabarán los directores de escena siendo los mandamases de los conciertos, como ya sucede en el mundo de la ópera?