Si hay alguien que puede explicar el fenómeno de las librerías no es otro que el químico del siglo XVIII Antoine Lavoisier. Justo en el año de la libertad, la fraternidad y la igualdad de 1789 publicaba su Tratado fundamental de química. Allí, y esta es una opinión personal que me atrevo a emitir sin más pruebas que la intuición, Lavoisier recogía la teoría según la cual «la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma». Todos los estudiosos atribuyen esta máxima a la observación que el químico hacía de la combustión. Pero, ay, lo cierto es que Lavoisier, lector incansable, la debió formular observando las librerías.

Desde principios de este siglo XXI nos acostumbramos a dar por ciertas algunas afirmaciones: están cerrando librerías, la gente no lee, los libros no se venden, el libro electrónico ha venido para acabar con el papel, la piratería destruirá el mercado editorial —siempre recuerdo la canción de Sabina, «la del pirata cojo con pata de palo y cara de malo», añadiendo a la imagen icónica un escáner y un libro de papel.

En resumen, la cosa pintaba mal. Y mientras que la radio había resistido al embate del video, todo indicaba que los libros de papel —y por tanto, las librerías— tenían los días contados. La cosa iba por este camino, sí. Solo en Barcelona, durante la primera década del nuevo siglo, cerraron decenas de librerías, algunas históricas. Lo más curioso es que las librerías que iban cerrando no lo hacían a consecuencia de esos malos augurios mencionados antes.

 

Jubilaciones sin traspaso

La crisis económica fruto de la burbuja inmobiliaria, el incremento de los alquileres de locales comerciales, especialmente en el centro de grandes ciudades y pueblos, la jubilación sin traspaso de muchas librerías, hicieron que cerraran decenas de establecimientos entre 2007 y 2014. Es decir, una crisis que no tenía nada que ver con los índices de lectura, sino con la capacidad adquisitiva de los lectores afectados por una disminución de ingresos, sumada a la voracidad de un mercado inmobiliario que sabe de alquileres, pero no de libros, hundió una cantidad importante de la oferta de librería.

A la lectura se llega o se vuelve de mayor, a partir de los 25, o en el momento en que nos damos cuenta de que necesitamos un poco de pausa.

Solo tenemos memoria para lo que nos interesa. Ya lo dice García Márquez en sus memorias, que «la vida no es como uno la ha vivido, sino como la recuerda para contarla». Históricamente, la lectura ha sido minoritaria en todas las sociedades. Primero, por un elevado índice de analfabetismo que se suplía gracias a la magia de la narración oral. Es decir, lectura sin libro. Después, una vez que la mayoría de la sociedad fue alfabetizada, la lectura ha tenido que enfrentarse a una competencia en la oferta cultural y de entretenimiento —reparad en la diferencia entre ambos conceptos— que dificulta su popularidad.

Tenemos poca memoria. En la generación de mis padres, o en la mía, la lectura no era una actividad generalizada entre los jóvenes. En las escuelas e institutos, el porcentaje de jóvenes lectores ha sido siempre bajo. A la lectura se llega o se vuelve de mayor, seguramente a partir de los 25, o en el momento en que nos damos cuenta de que necesitamos un poco de pausa. Sacralizarla como un tótem, no. Menospreciarla como se ha visto recientemente en algún programa de televisión o en discursos políticos que recuerdan a Millán Astray, tampoco.

 

Nuevos espacios

Retomemos el hilo porque este es un artículo sobre librerías. Desde 2013 empezaron a nacer nuevas librerías en Cataluña. Algunas iniciaron de forma temeraria su aventura durante la crisis económica de 2008 y sobrevivieron marcando un camino. ¿Qué tienen en común estas nuevas librerías? Fundamentalmente, que en muchos casos, no en todos, aquellos que las abren no vienen específicamente del mundo del libro —librerías, editoriales, etcétera—, sino que son apasionados de la lectura que han decidido abrir nuevos establecimientos con identidad propia, creando una comunidad y teniendo claro que la librería se ha de transformar en un centro cultural relacionado con la lectura en el que deben pasar cosas. Todo esto sin olvidar que se trata de librerías, y así como en la mili «el valor se le supone al soldado», las ventas de libros se le suponen a una librería.

Entre 2014 y 2022 —pandemia incluida— han abierto en Cataluña casi 50 nuevas librerías distribuidas por todo el país. Y sí, han cerrado otras por los motivos antes mencionados, que con frecuencia tienen poco que ver con la lectura. Pero lo que es más importante es que todos estos nuevos espacios están proponiendo nuevos modos de funcionar en la más pura teoría de Lavoisier: que las librerías no se destruyen, sino que se transforman.