Al acabarse el 2021 coincidieron en Barcelona dos eventos que han vuelto a poner a la Sagrada Familia en el centro de la vida ciudadana. El 19 de noviembre se inauguraba en el MNAC una gran exposición: «Gaudí. Foc i cendres», coorganizada con el Musée d’Orsay de París. Tres semanas más tarde, una estrella luminosa coronaba la torre de María de la Sagrada Familia. Este hito fue celebrado con toda la pompa y circunstancia, mensaje papal incluido.

La exposición sobre Antoni Gaudí, comisionada por el arquitecto Juan José Lahuerta, propone una interpretación de la obra gaudiniana anunciada como desmitificadora bajo el lema «Gaudí no era un místico ausente del mundo». Lahuerta, en una larga conversación con Josep Maria Muñoz en L’Avenç (noviembre 2021), explica que, si bien Gaudí no fue un arquitecto orgánico de la burguesía y de la Iglesia católica, fue escogido para elaborar con su obra el lenguaje simbólico que las representaba. Un Gaudí bien lejos, pues, del mito del bohemio y místico al margen de la Barcelona oficial de su época.

Por lo que respecta a la Sagrada Familia, Lahuerta destaca que el templo se ha convertido en la clave de bóveda del negocio turístico barcelonés, ya desprovisto del significado expiatorio y redentor que le atribuyeron sus promotores. Un significado glosado por Joan Maragall en artículos publicados en La Veu de Catalunya (15 de enero de 1905) y el Diario de Barcelona (7 de noviembre de 1905), en los que exalta la identificación de la ciudad con el nuevo templo: «El Templo de la Sagrada Familia es el monumento de la identidad catalana en Barcelona, es el símbolo de la piedad eternamente ascendente […] pronto Barcelona será la ciudad de aquel templo, y parece que el templo no puede ser sino el de aquella ciudad: están ligadas para siempre».

PUBLICIDAD
Renfe / Somos tu mejor Opción

Cuando ya se vislumbra más cerca la finalización de las obras de la Sagrada Familia, cada vez es más pertinente preguntarse qué queda de la profecía de Joan Maragall sobre la relación indisociable entre Barcelona y el templo. Por un lado, tenemos la relación puramente funcional con un monumento arquitectónico singular que se ha convertido en la principal atracción turística de la ciudad y que, por lo tanto, necesita ser ordenada desde el poder público. Por otro lado, nos encontramos con la relación emblemática, en tanto que la Sagrada Familia se ha convertido en el icono de la ciudad, reconocido universalmente y que hace inevitable la identificación entre ciudad y templo, entre templo y ciudad. Pero, además, está la relación simbólica, la que quiere expresar una tradición religiosa católica sobre la cual pesa la duda de si se trata de un vínculo arraigado, preservado y renovado.

 

Presencia tan potente

Son cuestiones a las cuales dedicamos nuestra atención hace un par de años con un dosier titulado «Entre turismo y espiritualidad» (política&prosa, enero 2020), en el cual, frente a la realidad indiscutible de la Sagrada Familia en el centro mismo de la ciudad, se proponía la necesidad de un gran debate ciudadano para intentar encontrar una relación positiva entre la ciudad y el templo, así como para repensar el significado de esta presencia tan potente. Cuestiones sin una respuesta inmediata, como apunta Lluís Boada: «No podemos saber por anticipado la sensación que esto producirá. No obstante, es legítimo que nos vayamos interrogando sobre cómo será y cómo querríamos que fuese esta nueva época, aunque después tengamos que cambiar las preguntas y las respuestas» (Hansel* i Gretel*, 14-12-21).

La estrella de la torre de María lleva en sí la promesa de un final inminente de la construcción de la Sagrada Familia. Una expectativa que ha sido acogida con emociones y reflexiones diversas. Así, Felix Riera ve en ello la culminación de la Barcelona católica de finales del siglo XIX, pero constata a la vez que «la ciudad entrará en una nueva fase en la que tendrá que definir los nuevos retos que quiere abordar arquitectónica y espiritualmente en un momento en el que todo se confabula para que la gente deje de creer» (La Vanguardia, 10-12-21). Ese mismo día, y en el mismo diario, Francesc-Marc Álvaro reprueba los prejuicios que impiden repensar serenamente el sentido de la Sagrada Familia: «Como catalán y agnóstico de cultura cristiana, agradeceré un poco más de gracia a la hora de defender y atacar a la Sagrada Familia.»

PUBLICIDAD
Fabriquem oportunitats per al teu futur. Zona Franca de Barcelona.

Joan Burdeus, en Núvol (9-12-21), intenta imaginar un sentido apropiado a nuestro momento de decepción de la Modernidad: «la culminación parcial del proyecto que vemos con el encendido de la estrella nos brinda una oportunidad para sacar el proyecto gaudiniano de su temporalidad mística y compararlo con el presente, juzgando cómo van las cosas. De momento, la ciudad ha sido pacificada y los trabajadores, en lugar de encender fuegos y poner bombas, huyen al campo a teletrabajar. No tengo ni idea de si esto haría feliz a Gaudí o no, pero lo que pasa realmente es que la Modernidad se está volviendo medieval.»

Hay que preguntarse qué queda de la profecía de Joan Maragall sobre la relación indisociable entre Barcelona y el templo.

Mientras tanto, Miquel Molina se pregunta si la cruz gigantesca que culminará la basílica —y la ciudad— es el símbolo que desearía una Barcelona mayoritariamente laica, pero apunta —no sin resignación— la idea de encontrarle un sentido sincrético, adecuado a «la Barcelona compleja, diversa y emprendedora de hoy integrada tanto por los que están encantados con la estrella iluminada como por los que están orgullosos de que Antonio López deje de tener una plaza en una ciudad que ha decidido revisar su pasado esclavista. Suman» (La Vanguardia, 12-12-21).

 

Una ciudad Disneylandia

En la reflexión de Molina están latentes dos cuestiones de orden muy diverso, e incluso opuesto. Por un lado, la Barcelona emprendedora tiene pendiente la redefinición del modelo económico de la ciudad, una vez constatados los límites y las externalidades negativas del turismo masivo e indiscriminado, en cierto modo asociado a la imagen de una ciudad Disneylandia, de la cual la Sagrada Familia sería una de las atracciones principales. El urbanista Carlo Ratti apuntaba en Project Syndicate (15-12-21) ideas para intentar resolver el problema de cómo interactuar con el turismo global sin sucumbir a sus efectos nocivos, planteando un modelo alternativo basado en un turismo profesional de largas estancias.

Por otro lado, Molina deja abierta la cuestión más delicada de cómo resolver el posible conflicto entre la presencia en el espacio público de una confesión religiosa y la neutralidad de los poderes públicos, que va acompañada del deber de proteger el pluralismo de la sociedad. Precisamente, de cómo afrontar este conflicto trata un artículo de Manuel Arias Maldonado en Revista de Libros (15-12-21). El profesor malagueño parte en sus consideraciones de una anécdota vivida durante una reciente visita a Sevilla, donde le sorprendió la presencia de un cartel de grandes dimensiones frente a la catedral sevillana que representaba la imagen del Jesús del Gran Poder acompañada de una leyenda impactante: «Sevilla a tus pies».

 

«Sevilla a tus pies»

Arias Maldonado adopta un punto de vista que busca un equilibrio entre el generoso ejercicio de la libertad religiosa y la contención necesaria para mantener la separación entre religión y poder público. Y al terminar se hace esta pregunta: «¿Y qué hacemos, pues, con aquella imagen gigantesca del Jesús del Gran Poder que me encontré en Sevilla