El objetivo de este artículo es ofrecer una reflexión ética contextualizadora que pueda servir modestamente de punto o marco de referencia en medio de las tensiones políticas sobre la nueva legislación relativa a nuevas formas sociales de expresión sexual. No se entra en el debate específico sobre el proyecto de ley o las enmiendas de unos y otros; la perspectiva pretende ser más filosófica que política, aun reconociendo que es inevitable que haya alguna resonancia política en lo que se dirá.

 

El lenguaje natural, principal medio de entendimiento y de malentendidos

De las muchas cautelas necesarias que hay que adoptar sobre la materia, quizá la más importante es la que se deriva de esta expresión profundamente inquietante de Nietzsche: «Cada palabra es un prejuicio.» Mientras hablamos o escribimos, no la debemos olvidar.

La palabra, no obstante, y a pesar del dictamen nietzscheano, es el vínculo de comprensión e intercambio conceptual, base de todo conocimiento y, además, base de toda relación y regulación social; hay que reconocer al mismo tiempo, sin embargo, que es un depósito de equivocidades, ambigüedades, imprecisiones, etc., que forman un conglomerado connotativo fuera del control de los usuarios, confiados ingenuamente en una pretendida «nitidez» o precisión de las significaciones de diccionario, tan necesarias como fuente de malentendidos, con frecuencia graves. Ejemplo: ¿qué entenderían precisamente por la palabra sexualidad un padre de familia tradicional, una militante feminista clásica o una menos clásica, un cura carca y uno progre, un gay militante y uno no militante, un macho alfa, un pederasta, una persona acosada durante años en el trabajo, etc.? Considerando siempre, claro, que lo entenderían sinceramente, o creyendo que su visión es la genuina o auténtica: nos sorprendería la distancia extrema entre unos y otros sobre el mismo concepto.

Esto nos debe prevenir contra la precipitación, la simplificación y, especialmente, el dogmatismo y su apoyo filosófico, el esencialismo; y nos debe estimular hacia la paciencia clarificadora, hacia la comprensión de la posición ajena, hacia la capacidad crítica e interpretativa de polisemias, sinonimias, equivocidades, analogías, metáforas y otros rasgos de la complejidad del lenguaje, hacia el debate tranquilo sobre lo que quiere decir cada uno siempre con cada palabra, dando por descontado que todo el mundo la entiende igual y que las palabras no transportan esencias inmutables, sino existencias provisionales y precarias.

Pretendo modestamente abrir una perspectiva ética de valores cívicos y educativos sobre la sexualidad humana a partir de algunas aportaciones previas de carácter biológico evolutivo.

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.