¿Puede una sola persona manejar los secretos de la Corona, del partido en el Gobierno, de uno de los mayores bancos españoles o de la crisis constitucional más grave del país desde 1978? A la vista de lo que se ha ido publicado en los últimos años, la respuesta debe ser sí. Un análisis más detallado obliga a una reflexión más reposada. Ahora bien, el hecho es que el comisario retirado José Manuel Villarejo ha puesto patas arriba no pocas cosas en España.

De nuevo cabe plantearse la pregunta inicial, aunque de otra forma. Si un solo hombre es capaz de manejar tal cantidad de misterios, ¿puede ser esta persona un comisario de policía? Porque no hablamos de un miembro de la familia real, ni de un presidente de Gobierno, sino de un funcionario al que, eso sí, le encargaron algunas gestiones que debieron ser discretas y que, a la vista está, distan ya de ser anónimas. De ser la respuesta sí, estaríamos ante un espía cuyas peripecias harían palidecer a cualquier agente secreto de la ficción y superarían con creces a los infiltrados o encubiertos que actúan en el mundo real.

¿Quién es esta persona? José Manuel Villarejo Pérez nació en el pueblo cordobés de El Carpio, el 3 de agosto de 1951. Está en prisión desde 17 de noviembre de 2017 y a pesar de sus reiteradas solicitudes no se le concede la libertad provisional.  Ingresó en la Policía en 1972 y su primer destino, como el de muchos otros agentes en esta época, fue el País Vasco, donde el principal problema era el terrorismo. Después fue trasladado a Madrid.

Los que le conocieron en estos años, para situarnos, hasta prácticamente la década de los noventa del pasado siglo, no recuerdan que participara en grandes operaciones policiales. De hecho, en 1983 solicitó una excedencia que duró hasta 1993, y en ese tiempo se dedicó a una actividad empresarial que le fue beneficiosa, pues su nombre aparece vinculado a más de cuarenta firmas con un capital social superior a los dieciséis millones de euros. Así pues, ¿cómo es que ahora ocupa páginas y páginas de medios de comunicación y aparece en algunos de los escándalos más sonados de la actualidad española?

Estaríamos ante un espía cuyas peripecias harían palidecer a cualquier agente secreto de la ficción.

Pues quienes le conocen le definen con una palabra: osado. Villarejo no tiene reparos en meterse en todos los jardines y tiene una gran habilidad para que le abran las puertas de esos huertos, debido a que es un notable relaciones públicas. La primera vez que aparece es en relación al informe Veritas, elaborado entre 1994 y 1995, promovido desde Interior y en el que se escarbaba en la vida privada de determinados periodistas, empresarios y jueces de la Audiencia Nacional, en especial Baltasar Garzón, que en aquellos momentos investigaba el asunto de los GAL, que, en una de sus causas, la del secuestro de Segundo Marey, conllevó la condena de los que fueran ministro del Interior, José Barrionuevo, y del secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera.

En él se describían relaciones personales turbias que jamás fueron comprobadas y no sirvió para gran cosa más que para levantar polvareda y chascarrillos sobre intimidades. Y, sin embargo, esto no fue óbice para que después Garzón y Villarejo mantuvieran contacto.

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Reputación de agente encubierto

Ahora bien, la gran progresión de Villarejo no se dio por este asunto, sino debido a otro nombre que ha sido muy popular: Monzer al Kassar; un conocido traficante de armas sirio que residió en Marbella. Las autoridades estadounidenses le relacionaron con el secuestro del crucero vacacional Achille Lauro, llevado a cabo por el Frente de Liberación de Palestina en octubre de 1985 y que saldó con la muerte de un pasajero discapacitado, al que arrojaron por la borda. Villarejo trató con Al Kassar y eso le dio reputación como agente encubierto que, según contaron fuentes de la Seguridad del Estado de ese tiempo, recibieron un gran empuje en la época en que Alfredo Pérez Rubalcaba fue ministro de Interior.

Pero volvamos al presente. La razón de porqué el nombre de José Manuel Villarejo aparece en un buen número de escándalos actuales es la red que supo tejer, para lo que utilizó sus dotes para relacionarse con empresarios, periodistas, políticos y policías. No es menor esta capacidad, no cualquiera es capaz de hacerlo. Él pudo. Con estos mimbres elaboraba sus informes, en los que se presagiaban incendios que él aseguraba poder apagar.

Sorprende que tuviera credibilidad en sectores que deberían tener capacidad de discernir entre lo real y lo presentado.

Empresarios y políticos le presentaban gente y le hacían encargos; los policías le suministraban datos y rumores y los periodistas publicaban sus trabajos, lo que hacía que la bola fuera cada vez más grande. La cuestión no es que lo hiciera, sino que tuviera credibilidad en diversos sectores de los que se presume que deberían tener capacidad de discernir entre lo real y lo presentado.

A partir de aquí se deriva una serie que parece inagotable de intervenciones, pero que, según diversas fuentes, no son siempre reales, pues según estas informaciones, en realidad se nutría de comentarios de otras personas, no de lo que en verdad hacía. La otra característica es que Villarejo grababa todas las conversaciones que mantenía y que componen una especial fonoteca que, bien a partir de los sumarios que se instruyen o de publicaciones, va incrementando su protagonismo en la vida pública, mientras en paralelo se iba insinuando desde su entorno que hay lo suficiente para poner en jaque a todo el país.

Evidencias en su contra

Lo que siempre se olvida, porque en otras ocasiones ha ocurrido, es que la guerra fría es útil mientras, precisamente, se mantiene fría, porque en cuanto deviene en un combate frontal sirve de poco a tu causa lo que puedas contar de otros. No es el primero en augurar una hecatombe si abría la boca y acabar condenado sin que sus revelaciones le sirvieran para nada. Por otra parte, una fuente policial comentó al respecto que no conoce otro caso donde al final el implicado haya aportado tantas evidencias en su contra.

Grababa todas las conversaciones que mantenía y que componen una especial fonoteca capaz de poner en jaque a todo el país.

Esa facilidad para hacer contactos le sirvió para reunirse con Corinna Larsen, la hoy conocida como amante del rey emérito, Juan Carlos; entrevista que el comisario grabó y donde se habla de las comisiones que habría cobrado el monarca por la concesión del AVE a La Meca, en la que participaron empresas españolas. El problema es que las fechas no cuadran: el ingreso se hizo en 2009 y el contrato se dio en 2011. Parece difícil que una comisión se pague dos años antes de que se formalice el negocio. Pero la cuestión es que el escándalo derivado sobre la fortuna del emérito ha causado que Juan Carlos abandone España.

 

Lenguage tabernario

En las otras grabaciones que han ido apareciendo hay mucho comentario y frases del tipo «tal persona me ha dicho», pero sin participación del origen de la información. Además, el lenguaje en que se desarrollan es, por decirlo suavemente, propio de una taberna, más que de una reunión donde se abordan asuntos de gravedad. También abundan los dimes y diretes, como los aflorados en una comida en la que estaba la que era ministra de Justicia, y actual Fiscal General del Estado, Dolores Delgado, que bien poca trascendencia final tuvo.

Esa capacidad y osadía por participar en todos los asuntos le llevó a involucrarse en la guerra interna que durante el gobierno de Mariano Rajoy mantenían María Dolores de Cospedal y Soraya Saénz de Santamaría, y conseguir introducirse en dos asuntos: la Gürtel, la corrupción del PP, y el proceso independentista en Catalunya. Sobre el segundo ha reconocido la autoría de informes anónimos, en los que se incluían muchos rumores, pero pocas certezas. Lo cierto es que, a día de hoy, su incidencia real en lo ocurrido en ambos temas es más bien escasa.

También se hizo un hueco en el ministerio del Interior, entonces comandado por Jorge Fernández Díaz, y tiene participación en la llamada operación Kitchen, que consistió en espiar a Luís Bárcenas, que fue tesorero del PP, y que es uno de los asuntos más feos que está sobre el tapete, pues lo que se dilucida en realidad es si se usaron agentes de policía para conocer lo que tenía esta persona en relación a la corrupción de un partido político y lo que podía decir.

 

Las cloacas del Estado

Fue Felipe González quien acuñó el término de las cloacas del Estado, para aludir a que para combatir el terrorismo se tenían que usar a veces métodos inconfesables. El problema es que para limpiar estas cloacas se usa a quien no se debe. El ejemplo más claro es el GAL, donde se empleó a policías que se gastaban los fondos reservados en un casino. Villarejo ha puesto de actualidad nuevamente la definición, aunque, al margen del asunto Corinna, bien poco hay de Estado.

En el caso de la fortuna de la familia Pujol no se han tenido en cuenta sus informes, descartados de inmediato por la Fiscalía Anticorrupción y el juez De la Mata; la corrupción del PP se está dilucidando en los tribunales sin su aportación y cuando afirmó que conocía entresijos inconfesables del 11-M se le citó a declarar y nada pudo añadir. De manera que sus actividades se han focalizado más en asuntos privados, como el espionaje interno en el BBVA o en el apuñalamiento de la doctora Pinto.

Participó en la operación Kitchen, uno de los asuntos más feos que están sobre el tapete.

Al final, José Manuel Villarejo acabó topando con agentes del CNI y comisarios de policía que no participaban de sus actividades, algunas de las cuales tienen ribetes de la novela picaresca, como su relación con otro personaje más de farándula que de narración de espías, que es el pequeño Nicolás. Periódicamente afloran nuevas grabaciones, pero cada vez tienen menos impacto en la opinión pública. Y mientras, la persona que en principio parecía que estaba en posesión de todos los secretos del Estado permanece en prisión, sin que el Estado ni muchos de los que le hicieron caso quieran hoy saber nada de él. Es evidente que ha causado un buen boquete en el Partido Popular o en la Policía, pero lo único que falta por saber es si realmente un comisario de policía podía tejer todos los hilos de la telaraña o, simplemente, aprovecharse de algunos.