La relación entre la Unión Europea (UE) y Rusia se encuentra en su peor momento. Pero aún puede empeorar, tanto si Rusia lanza un ataque militar masivo sobre Ucrania como si no lo hace. En su afán por reformular el orden de seguridad y la dinámica del continente europeo, Moscú lleva meses jugando con la idea del no reconocimiento de Bruselas como interlocutor político y tratando de explotar las divisiones dentro de la UE. Y ciertamente, pocos asuntos generan tanta división e incomprensión entre los Estados Miembros y dentro de cada uno de ellos como la cuestión rusa.

Lo que es seguro –por mucho que Berlín y algún otro país se resistan a asumirlo– es que la relación bilateral y el entorno estratégico continental han cambiado tan drásticamente que el paradigma que ha regido la política europea hacia Rusia ha quedado obsoleto. Es decir, la idea de que la UE asiste a una Rusia en proceso de modernización y democratización y que ésta, sin llegar a integrarse formalmente, se reformará y homologará progresivamente en clave europea. A la vista de la evolución de la Rusia de Putin estas dos últimas décadas, mantener ese enfoque no parece solo quimérico o ingenuo, sino peligroso para la UE.

Los orígenes de esta ruptura pueden trazarse hasta los 90 y su profundidad resulta, en parte, de las enormes expectativas generadas en uno y otro lado como resultado de la desaparición de la Unión Soviética. Sin embargo, los felices 90 de la integración europea –la «unión cada vez más estrecha»– contrastan con el «Versalles con guantes de terciopelo» en palabras del influyente politólogo ruso, Sergéi Karagánov. A partir de entonces, vendrían las grandes desavenencias provocadas por los sucesivos ciclos de revoluciones de colores y rupturas rusas del orden de posguerra fría, seguidas de varias propuestas de reset, todas ellas fracasadas.

El choque de percepciones y la falta de una comprensión genuina dificultan, cuando no anulan, los intentos actuales –y previsiblemente también los futuros– por (re)articular una relación más predecible y amistosa. Bruselas tiene dificultades para descodificar al Kremlin y un acceso cada vez más limitado al régimen de Putin y a la sociedad rusa. De ahí que la pregunta recurrente en la conversación pública europea en la última década sea qué quiere realmente Rusia y hasta dónde está dispuesta a llegar.

 

Mentalidad de fuerte asediado

En el otro sentido, el carácter abierto de las sociedades europeas, la transparencia política de la UE y la actividad proactiva –frecuentemente agresiva– de la diplomacia y los servicios de espionaje rusos facilitan el acceso de Moscú a todo tipo de información y fuentes. A lo que cabe añadir la facilidad con la que Rusia coopta élites europeas de todos los ámbitos. Así, el Kremlin suele saberlo casi todo, pero comprende poco y mal tanto a la UE como el funcionamiento y esencia del vínculo transatlántico. Ese gran volumen de información filtrado por la mentalidad de fuerte asediado del Kremlin contribuye a confirmar el sesgo de Moscú, no su comprensión y conocimiento.

Por eso, desenmarañar el asunto y recapitular cómo hemos llegado hasta aquí visto desde cada lado puede ayudar a esclarecer el problema. En Bruselas, la crisis en la relación con Rusia sigue generando una cierta perplejidad. Todas las políticas e iniciativas de la UE hacia la Federación Rusa han estado inspiradas y moldeadas por la ostpolitik alemana con la premisa de ayudar a Rusia en su modernización y transformación y con la convicción de que era de interés y deseo mutuo. La premisa alemana –motor de la política europea– era la del Wandel durch Annäherung o cambio a través del acercamiento. La idea fundamental era que Rusia, probablemente, nunca se integraría formalmente en la UE, pero que se crearía una densa malla de intereses y visiones homologables de Berlín (o Lisboa) a Vladivostok. Es decir, un gran espacio articulado por medio de intensas relaciones comerciales y económicas en el que se mantendrían las fronteras, pero serían irrelevantes y donde el recurso a la fuerza no tendría sentido.

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Todas las políticas e iniciativas de la UE hacia la Federación Rusa han estado inspiradas y moldeadas por la ‘ostpolitik’ alemana.

Esa es la lógica subyacente, por ejemplo, en los llamados Cuatro Espacios Comunes, acordados en la cumbre de San Petersburgo de mayo de 2003 y adoptados en mayo de 2005. Ahí se articulaba una relación sobre cuatro espacios comunes: económico; de libertad, seguridad y justicia; de seguridad exterior; y de investigación, educación y cultura. Es decir, como la UE, pero sin la UE. A las sucesivas crisis o malentendidos, Bruselas respondía con nuevas propuestas como el partenariado para la modernización de 2010 en el que se habla de la relación como de asociación estratégica. La intervención militar encubierta de Rusia en Ucrania desde la primavera de 2014 fuerza un replanteamiento, pero menos radical de lo que cabría esperar: no se negociarían principios fundamentales –soberanía, integridad territorial y derecho a existir de Kiev–, pero se mantendrían los lazos económicos y el diálogo político con Moscú.   

 

Las revoluciones de colores

En Moscú, por el contrario, se ha consolidado una interpretación en la que «humillación», «engaño» o «traición» son términos recurrentes en los discursos sobre la relación con la UE y la OTAN. A ojos del Kremlin y su comunidad estratégica, con el paso de los años, los europeos han devenido en meros «vasallos» de Estados Unidos y la UE un apéndice de la OTAN. Los traumáticos años 90 y, posteriormente, lo que Rusia interpreta como una constante sucesión de injerencias occidentales en el espacio eurasiático articula la percepción rusa de rivalidad enconada.

Así, las denominadas revoluciones de colores –protestas populares que llevaron a la sucesiva caída de regímenes en Serbia (2000), Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguistán (2005)– juegan un papel central, casi obsesivo, en el pensamiento estratégico-militar ruso. Desde el prisma conspirativo de Moscú, no son más que golpes de Estado inducidos por Occidente, disfrazados de altruismo democrático, pero con fines geopolíticos y con Rusia como gran objetivo.

El «síndrome Bolotnaya» juega un papel decisivo en el endurecimiento del régimen de Putin hacia dentro y hacia fuera.

El clímax se alcanza con la primavera árabe –probablemente, una de las razones que aceleran el retorno de Putin a la presidencia en 2012 tras el intervalo con Medvédev– y, sobre todo, con la oleada de protestas en la plaza Bolotnaya de Moscú de diciembre de 2011 a marzo de 2012. El «síndrome Bolotnaya» juega un papel decisivo en el endurecimiento del régimen de Putin hacia dentro y hacia fuera. En el ámbito doméstico, pone en marcha la agenda conservadora, el control férreo de las élites y la estigmatización de cualquier oposición o disidencia como quintacolumnismo o traición. Es decir, el régimen abandona su pretendida apuesta por una modernización autoritaria y busca nuevas fuentes de legitimidad entre la sociedad rusa, apelando al orgullo nacional y a unos supuestos valores rusos incompatibles con la ilustración y el liberalismo democrático europeo.

 

Chantaje energético

Hacia fuera, según Fyodor Lukyanov, otro prominente analista ruso, Rusia daría a probar a Occidente de su «propia medicina». Esas son la lógica y motivación subyacentes en eso que se ha popularizado con poca precisión como «guerra híbrida». Es decir, todo tipo de actividad rusa por debajo del umbral de detección, de respuesta o de comprensión de las democracias. Y que va, o puede ir, desde la difusión masiva de desinformación, sofisticadas campañas de influencia, ataques cibernéticos, uso estratégico de la corrupción, chantaje energético a incluso intimidación nuclear. Todo ello con vistas a tensionar y debilitar a los países de la UE o de la OTAN con el objetivo de su neutralización estratégica desde dentro. De ahí que Rusia, por canales muy diversos, corteje a cualquiera en Europa o EEUU con una agenda potencialmente desestabilizadora.

El régimen apela al orgullo nacional y a unos supuestos valores rusos incompatibles con la ilustración y el liberalismo democrático europeo.

Bajo este prisma conviene enmarcar la crisis de Ucrania y los malentendidos y engaños al respecto. Por un lado, Moscú no le reconoce ninguna voluntad propia ni legitimidad a la ciudadanía ucraniana, tampoco a la bielorrusa como pudo comprobarse en el verano de 2020. A Rusia no le inquieta Ucrania en clave militar. Le aterra perder su influencia en Kiev y, sobre todo, la posibilidad de una Ucrania próspera y democrática que pudiera resultar inspiradora para parte de la sociedad rusa.  Por otro lado, la crisis en las regiones del este ucraniano no es orgánica. Se trata de un conflicto injertado y sostenido artificialmente por Rusia, pero que no gira en torno a la situación en esta zona. Es decir, el Donbás es un instrumento para doblegar a Kiev, no un fin en sí mismo.

 

Clima deliberadamente hostil

En febrero de 2021, el Alto Representante de la UE, Josep Borrell, visitó Moscú con el objetivo de relanzar la relación bilateral. Bruselas, guiada aún por esa idea del beneficio mutuo, supone erróneamente que Rusia comparte esa visión. Pero la UE suele pensar en Rusia perdiendo de vista el interés y la naturaleza del régimen autoritario de Putin. La modernización, como demuestra lo sucedido en Bolotnaya o en Maidán, entraña serios riesgos.

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Además, Bruselas –en este caso inducida por el presidente francés, Emmanuel Macron– cree ingenuamente que puede atraer a Moscú y alejarla de Pekín. La visita se desarrolló en un clima deliberadamente hostil y el ministro de exteriores ruso no pudo ser más claro: «estamos listos para desvincularnos de la UE. No necesitamos la relación política». Apenas dos semanas después, el secretario de Estado alemán, Miguel Berger, se reunía con su homólogo ruso en Moscú en un clima radicalmente diferente. Visto desde Rusia, si los negocios y los asuntos relevantes los resuelve con algunas capitales ¿para qué tratar con una UE que impone sanciones y afea el autoritarismo del régimen?

A Moscú le aterra la posibilidad de una Ucrania próspera y democrática que pudiera resultar inspiradora para parte de la sociedad rusa.

 

Lo que está en juego

Es en esa clave en la que cabe interpretar la negativa tajante de Rusia a incorporar a la UE al diálogo sobre Ucrania. Es un movimiento que sigue la lógica apuntada: no reconocer a la UE como interlocutor político, agudizar las divisiones entre los Estados Miembros y erosionar el vínculo transatlántico. Esos son los objetivos estratégicos que persigue el Kremlin sin que buena parte de los europeos se hayan percatado. Se resuelva como se resuelva la actual escalada militar rusa en las fronteras de Ucrania, la denominada «autonomía estratégica» saldrá seriamente debilitada.

La confianza de los europeos al este y al norte de Berlín está seriamente dañada. La apuesta por la OTAN de los europeos al oeste de Berlín también está debilitada. Así que, mientras todos miramos a Ucrania e incluso al Donbás, resulta que Moscú puede dejar anulada estratégicamente a la UE y a Europa sin la defensa creíble que proporciona la Alianza Atlántica. Eso es lo que está en juego.