Me dirijo a Madrid. El tren se desplaza a 299 kilómetros por hora. El paisaje se descompone en tonos de colores verdes, ocres y marrones. Desde hace años, la cámara y el ojo humano se han acostumbrado al movimiento y, gracias a la velocidad, la ventana por la que me asomo al mundo me ofrece un presente acelerado. Si abrimos la ventana que da a Instagram en nuestro móvil, nos percatamos de que la imagen necesita del movimiento del y sonido para despertarse. Una imagen en movimiento tiene más likes que una imagen fija. El trazo que genera la cámara sobre el rostro es más importante que los rasgos propios que distinguen el carácter singular de una persona.

La fotografía, imagen fija, siempre se basa en el testimonio, aunque pretenda huir de él o se revele en su contra, del mismo modo que las fotografías que buscan captar lo sensible acaban consiguiendo en muchas ocasiones que aflore la presencia de los fantasmas. La fotografía que hoy hacemos con nuestros móviles persigue liberarnos de la responsabilidad de mirar, de utilizar lo retiniano y de usar la mente, lo conceptual, para comprender una obra o penetrar en los secretos del mundo.

Eugène Atget fotografió París buscando captar el movimiento interior de la ciudad de la luz pero, sobre todo, para demostrar que era posible detener y contemplar el mundo antes de que el tiempo lo reduzca todo a cenizas. Testimonios como el que captó Atget en 1912 en una peluquería del Boulevard de Strasbourg, donde el espectador se ve sorprendido por la mirada hueca, sin vida, de cinco maniquíes que parecen estar a punto de hablar entre ellas; la mirada del fotógrafo les concede, por un instante, un hálito o resplandor de vida. Los fantasmas, esas entidades que son invisibles al ojo humano pero no a su sensibilidad, son reveladas de forma fortuita.

Edgar Degas, en 1895, fotografió a Pierre-Auguste Renoir y a Stéphane Mallarmé; pero muestra una tercera presencia, no humana, en la fotografía, que adquiere el estatus de una fantasmagoría. Renoir se encuentra sentado, con la cabeza inclinada y los ojos entreabiertos. Mallarmé se encuentra a su lado, de pie, con los ojos cerrados, soñando, con una mano en el bolsillo. En la pared hay un espejo que refleja un estallido de luz blanca, la tercera presencia, que oculta el rostro reflejado de Degas; a su lado, aparecen dos presencias femeninas que están sentadas contemplando la escena.

La fotografía como testimonio y la fotografía como reveladora de las presencias invisibles que pueblan el mundo son de una naturaleza distinta a la fotografía que nos hacemos y nos hacen protagonistas. Ahora somos polinizadores de aquello que fotografiamos, pues queremos llegar al máximo de personas, anónimas y contactos directos. Los ciudadanos que van a ARCO o a la Bienal de arte contemporáneo de Venecia ya no lo hacen tanto para asombrarse ante las obras de los artistas y comentarlas con sus acompañantes, como para captar las excentricidades visuales más poderosas que han creado los artistas y compartirlas en las redes. Nadie busca dar testimonio de lo que acontece a nuestro alrededor, con mirada crítica y aguda, sino elevar cualquier anécdota, por burda que sea, al rango de experiencia que merece la pena mostrar.

La fotografía que nació del impulso de fijar la realidad, de retenerla para dar testimonio de los acontecimientos, ha evolucionado hacia la desmaterialización, hasta la desaparición del papel fotográfico. El artista Ai Wei Wei, un solo un individuo, expuso miles de fotografías que perforan los acontecimientos que uno realiza hasta dejarlos huecos de tensión moral y autenticidad artística.

Hemos necesitado solo un siglo para pasar del arte retiniano al conceptual y de éste al arte diseminado por los móviles como si fuera polen transportado por las frágiles patas de las mariposas. Nadie escapa a la posesión de la cámara del móvil, del mismo modo que el protagonista de la película Arrebato de Iván Zulueta, Will More, era poseído por una cámara, convirtiéndose en adicto a filmar en formato Super-8, como extensión de su adicción a la heroína.

La inteligencia artificial acelerará la definitiva posesión de la fotografía por una entidad tecnológica que decidirá, a partir de parámetros determinados por el usuario del móvil, cuándo hace la fotografía y sin necesidad de la mirada de éste. Solo seguirá sus instrucciones, como nosotros seguimos las instrucciones de IKEA para montar un mueble. El fotógrafo Alberto García-Alix, en su libro Moriremos mirando, advierte que lo último que ve un ser humano antes de morir, al dejar de respirar, es una imagen. Ahora también sabemos que moriremos siendo observados por una cámara que avisará de nuestra desgracia o simplemente nos grabará mientras se nos escapa la vida.

Degas buscaba en las personas dormidas el despertar de sus fantasmas vivos; Henry Bergson cuestionaba la presencia de los fantasmas de los muertos, pero no así la de los vivos, para hablar de la vida; Atget daba testimonio de cómo eran las moradas de los hombres y las mujeres de su tiempo. Hoy evitamos tener que confirmar la presencia de los fantasmas; para ello, no hay nada mejor que dejar que la tecnología sustituya al dedo que, al apretar el botón del disparador, ejecuta la orden de captar una imagen y a la mirada con la que se encuadra y enfoca el mundo.

Josep Maria Martí Font, in memoriam