Todo el mundo espera llegar a viejo, pero una vez llega, se queja: «Ser viejo es una enfermedad», Terencio. «La vejez es un naufragio», Chateaubriand. «Una humillación», Fernando Savater. «Ahora son mis hijos quienes me cuidan, no yo a ellos», me confesaba triste Xavier Rubert de Ventós.

En Europa ya se ha invertido la pirámide demográfica. Hay más gente mayor que niños y jóvenes. La sociedad envejece. En España el 21 % de la población tiene más de 65 años. La esperanza de vida es de 81 años para los hombres y de 86 para las mujeres. Son gente —es la generación del baby boom— que tuvieron hijos cuando eran muy jóvenes y, por lo tanto, habrán hecho posible que muchos niños puedan conocer hoy a sus bisabuelos.

La longevidad supone que haya más personas que nunca con enfermedades crónicas de todo tipo. Con todo, habiendo más viejos y con más buena salud, se da la paradoja de que no se les tiene suficiente respeto ni prácticamente se les escucha. Son la generación invisible, a diferencia de la de los jóvenes. Nuestra sociedad es, desde hace tiempo, juvenil —el consumo manda.

La vejez es, no obstante, un juicio de valor. Normalmente, son los otros quienes hablan de los viejos. Al final, se contaminan y hablan de ellos mismos como viejos. Todo el mundo quiere llegar a viejo —hay excepciones, como el poeta Gabriel Ferrater— pero nadie quiere ser viejo ni le gusta llamarse viejo: se dice por convencionalismo y con resignación, sin creérselo mucho.

La vejez, que eres viejo, o peor, «un viejo», lo dicen los otros. La vejez es un «hecho cultural» —lo apunta Beauvoir al preámbulo de su libro—, basado, en definitiva, en un juicio de valor. Se «estima» que una persona ya es «vieja». El edadismo, o discriminación por motivo de la edad, se vuelve sobre todo contra la gente mayor. La actitud social ante estas personas es fundamentalmente ambigua.

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