Por el Centre de Convencions Internacional de Barcelona pasaron en 2018 más de medio millón de congresistas. Una mañana de diciembre del 2020 –el año en que la pandemia alteró nuestras vidas– había allí tan sólo un grupo de voluntarios descargando un camión con comida del Banc dels Aliments, que a continuación distribuyeron en un centenar de cestas, destinadas a actores, actrices y otros profesionales de la cultura a los que la covid ha dejado primero sin trabajo y luego, literalmente, sin sustento.

Dicha imagen resume con cruda elocuencia el impacto de la covid en la cultura barcelonesa. Otros datos confirman este presente de cierres y decadencia, al que ciertamente no escapa el sector cultural: los teatros barceloneses perdieron en 2020 alrededor de un millón de espectadores; la asistencia a los cines –con dos tercios de las salas cerradas– cayó por encima del 70%, y la de los museos, en algunos momentos, hasta el 90%.

También esta crisis pasará. Dejará un doloroso balance de pérdidas, algunas irreparables. Pero el sector cultural de Barcelona volverá a avanzar hacia horizontes más prometedores. Para ello le hará falta talento creativo, recursos económicos y un proyecto fuerte o, en su defecto, unas líneas de trabajo claras. Talento lo hay. Medios siempre faltan. Las líneas de trabajo podrían definirse mejor.

Han aflorado festivales como Docs Barcelona, D’A Film Festival, IN-EDIT o L’Alternativa, que han resistido razonablemente en tiempos telemáticos.

Empecemos por el talento. Por ejemplo, en el sector escénico, donde equipos como los del Liceu, el Teatre Nacional o el Lliure, por poner tres ejemplos, han alcanzado un elevado nivel de calidad; y donde la Fura dels Baus es una marca teatral muy exportada. O, por ejemplo, en el sector de los videojuegos: Barcelona se ha convertido en un hub que atrae a multinacionales, genera empresas indies locales, emplea a 3.000 personas y factura unos 400 millones de euros anuales. O, por ejemplo, en el sector de los festivales musicales. Algunos, de corte clásico o comercial, tienen un perfil previsible. Pero otros, no menos veteranos por cierto, como Sònar o Primavera Sound, se han situado en primera fila global gracias a la anticipación de sus programadores, que han atraído mucho público local o extranjero, y han creado franquicias en otros continentes.

En años recientes han aflorado festivales en otros ámbitos, como el cinematográfico, donde se cuentan por decenas –Docs Barcelona, D’A Film Festival, IN-EDIT, L’Alternativa, etc.–, que han resistido razonablemente en tiempos telemáticos. Sin olvidar que instituciones como el CCCB son semilleros de festivales, con vocación de espejo de la nueva cultura urbana. En Barcelona sigue habiendo una industria editorial potente, en castellano y en catalán, un abanico idiomático que bien podría ampliarse. Y hay librerías de primer nivel europeo, como La Central o Laie, y una red de librerías de barrio efervescente. En resumen, no es talento ni iniciativa lo que falta.

 

El dinero importa

Respecto a los recursos, la ciudad y el país sufren un déficit manifiesto, que se concreta en la histórica reivindicación, hasta la fecha estéril, del 2% de los presupuestos generales para cultura. El Parlament declaró el pasado septiembre la cultura «bien esencial». Pero en los presupuestos de la Generalitat el porcentaje cultural es del 0,9%, muy por debajo del de Francia (2,5%).

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El dinero importa. Barcelona debe estar satisfecha del 3,6% de valor añadido bruto que el sector cultural aportó a su economía (son datos del 2018), y de su ritmo de crecimiento, uno de los más dinámicos antes de la pandemia. Podría decirse algo parecido a nivel estatal, donde el sector cultural ocupaba en 2018 a 690.000 personas (el 3,6% del empleo total), generaba un negocio de 32.000 millones y aportaba el 3,2% del PIB.

Hay librerías de primer nivel europeo, como La Central o Laie, y una red de librerías de barrio efervescente.

Pese a la dimensión de estas cifras, el apoyo institucional a la Cultura es manifiestamente mejorable. Y debería progresar también en ámbitos como el administrativo, el legal o el fiscal. En Barcelona, por ejemplo, mediante instrumentos como la cocapitalidad cultural y científica, reconocida y dotada en los presupuestos generales del 2021. O el reclamado Estatuto del Artista, que debe contribuir a mejorar sus condiciones laborales y vitales. O como una ley de mecenazgo atractiva para que el sector privado pudiera complementar la inversión ahí donde no llega la pública.

 

Desde la educación hasta la escena

En síntesis, habría que engranar con visión holística sectores diversos, desde la educación hasta la escena, pasando por el legislativo y el económico, para fortalecer la cultura y sacar de ella el máximo partido social. A la postre, todo eso contribuiría a mejorar intangibles como la capacidad de discernimiento o la tolerancia, en general asociados a un mayor nivel cultural.

Hablemos, para acabar, de las líneas estratégicas de acción que podrían contribuir a proyectar la cultura barcelonesa. Las grandes capitales lo son, entre otros motivos, por el carácter y la fuerza de su expresión cultural. Se asocia París, Londres, Berlín o Nueva York a sus grandes museos y a su oferta escénica, ya sea teatral o musical. Se asocia Los Ángeles a la industria del cine. Barcelona difícilmente puede competir ahora con unas y con otra.

Filmin, nacida en Barcelona en 2008, con 15.000 títulos y un crecimiento exponencial, acabó en 2020 en manos de inversores de Madrid.

El MNAC, proclamado buque insignia de la flota museística catalana, carece de fondos para presentar un programa de exposiciones temporales seductor. Hace ya decenios que buena parte de la actividad cinematográfica se desplazó a Madrid, y desde el sector local se reclaman facilidades para implantar plataformas digitales y potenciar la producción audiovisual. Aunque además de crearlas hay que saber retenerlas: la plataforma de cine independiente Filmin, nacida en Barcelona en 2008, ya con 15.000 títulos en su catálogo y un crecimiento exponencial, acabó en 2020 en manos de fondos inversores procedentes de Madrid.

Y hay mucho camino por delante en la esfera digital. Según datos del ministerio de Cultura de 2019, el gasto cultural de los españoles está encabezado por los servicios móviles relacionados con internet (22,4%), seguido de los libros (14,7%), los equipos del teléfono móvil (13,4%), la asistencia a espectáculos (12,8%), etcétera.

Dicho esto, no cabe olvidar que Barcelona se asocia ya a una oferta cultural con perfil propio, en la que sobresale, entre otros, el componente arquitectónico. Barcelona es la ciudad de Gaudí, cuya obra era, con anterioridad a la eclosión olímpica, el principal motivo por el que la visitaban turistas de todo el mundo. Según la UE, el 40% de los turistas que vienen a Europa –Barcelona incluida– lo hacen atraídos por la cultura, que genera el 4,2% del PIB.

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Se debe evitar que los componentes de la cultura asociados al entretenimiento acaben asfixiando a los asociados a la reflexión.

En Barcelona, el arquitectónico es pues un eje ya existente, central y característico. Sorprende, por tanto, que llevemos años y decenios barajando la posibilidad de crear un museo de la arquitectura, sin resultados apreciables; y que, mientras, el DHUB, que debería ser el escaparate de la industria del diseño barcelonés actual, siga pareciendo un depósito de los fondos de varios centros preexistentes, y carezca de recursos para desarrollar su vocación contemporánea y propositiva.

 

Fomentar el talento local

Entretanto, el debate museístico más ruidoso en Barcelona es el de la franquicia del Hermitage en zona portuaria. Y la última novedad, anunciada en febrero del 2021, es la elección de Drassanes como centro de exposiciones franquiciadas para el gran público. Todo suma, pero son patentes los indicios de que el tejido museístico barcelonés flirtea con la tendencia ya apuntada por el comercial en paseo de Gràcia.

Cuando la pandemia retroceda, el tráfico aéreo se recupere y los turistas regresen, Barcelona debería estar bien orientada para mejorar su oferta y su estructura culturales. Sobre la oferta ya hemos destacado algunos elementos. Sobre su estructura podríamos añadir que debe funcionar al tiempo como laboratorio, fábrica y escaparate cultural. Es decir, debe fomentar el talento y la inventiva local, además de atraer los foráneos, debe apostar por la dimensión industrial y económica de la cultura y, por último, lograr el mayor número posible de público para ella, pero evitando que los componentes de la cultura asociados al entretenimiento acaben asfixiando a los asociados a la reflexión. ¡Como dijo el general De Gaulle, en otras circunstancias, énorme entreprise!