Mariam es todo lo que los talibanes odian. Mariam —me pide que omita su apellido— es activista y se planteó ser política: es una mujer que quiere intervenir en la esfera pública. Mariam tiene miedo de que alguien nos escuche, y por eso me cita para la entrevista en un restaurante de un barrio de Kabul apartado del centro. No es un típico restaurante afgano, con decenas de hombres comiendo cordero, yogur y naan (el delicioso y a veces gigante pan afgano), sino un restaurante con las sillas vacías, porque Mariam, junto a su marido, lo ha reservado para que podamos hablar sin nadie que nos espíe.

Ha pasado algo más de un mes desde que los talibanes tomaron Kabul y volvieron al poder el 15 de agosto de 2021. El régimen está a la espera de la reacción de la comunidad internacional —ese ente abstracto cuyo nombre ya no significa nada— para hacer más o menos visible su ideología, que sigue intacta; para impulsar o no de forma pública las políticas en las que realmente cree. Pero las que están dentro, como Mariam, ya saben lo que se les viene encima. Y por eso quieren salir de Afganistán. Mariam casi me lo implora: ayúdame a huir de Afganistán. Explica que hizo talleres y recibió apoyo de la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ). Ahora se siente abandonada. Luchó por los derechos de las mujeres y se involucró en la política, en contacto directo con organizaciones occidentales. Pero, como miles y miles de afganos, no tiene vía de escape.

Mariam es de Tahar, una provincia empobrecida del norte de Afganistán. El detalle es importante, porque a menudo las afganas que alzan la voz, las más visibles, pertenecen a los entornos más urbanos, en particular Kabul, la capital, y Herat, en el oeste. Esta distorsión entre campo y ciudad a menudo hace que se tengan ideas preconcebidas sobre la situación general de las mujeres en Afganistán. Mariam estudió y luchó por tener influencia y prestigio en Tahar. Y lo consiguió.

—Fui a la universidad en Tahar. En paralelo me di cuenta de que nuestra sociedad necesita que actuemos: como mujeres debemos conocer nuestros derechos. Eso lo aprendí estudiando y en los talleres que luego hice. Amigos y amigas extranjeras que trabajaron conmigo hicieron que aumentaran mis habilidades para trabajar en equipo. Con el tiempo pude apoyar a mujeres que habían perdido sus derechos y con niños que trabajaban en la calle.

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