Hay dos frases de Xabier Arzalluz Antia (Azkoitia, Gipuzkoa, 24-8-1932 / Bilbao, 28-2-2019) que ilustran con claridad la afición hortofrutícola del personaje, sobre todo en la última etapa de su vida, rodeado de pimientos y demás, en la huerta de su caserío cerca de Galdakao, el pueblo de su mujer. Una de las frases, inocua en la forma, pero demoledora en el fondo, data de 1988 y reza así: «¿Para qué queremos la autodeterminación? Triste será autodeterminarnos para plantar berzas.» Tres años después, se filtraba a la prensa otra frase, esta nada inocua y muy controvertida, que Arzalluz pronunció en una reunión con la plataforma proetarra KAS: «No conozco a ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas.» En vista del revuelo que se armó, intentó matizar con escaso éxito: «Me refiero a Herri Batasuna, no a ETA.»

Curiosamente, la trayectoria política del presidente del PNV (cargo que ostentó desde 1980 a 2004, con un paréntesis de cesantía entre 1984 y 1986) se ha enmarcado en las dos realidades que subyacen en la doble parábola de las coles y del nogal. Diríase que las constantes vitales de Arzalluz latían en dirección a la autodeterminación de Euskadi, pero no a cualquier precio. Poco a poco, al PNV le fueron cuadrando las cuentas. Primero y decisivo fue el pacto con el Estado (con Adolfo Suárez de presidente del Gobierno) en el que se alcanzaron logros imprescindibles como la disposición adicional primera de la Constitución Española en la que se reconocían los derechos históricos de los territorios forales (entre los que figuraba el Concierto Económico, de trascendental importancia para la financiación vasca).

Las constantes vitales de Arzalluz latían en dirección a la autodeterminación de Euskadi, pero no a cualquier precio

Otra de las conquistas importantes llegó en 1996 con José María Aznar en la Moncloa, quien sedujo a Arzalluz para que le apoyara. La investidura supuso un alto precio: además de más atribuciones en relación con el citado Concierto Económico, se dio vía libre a Euskaltel, la red vasca de telefonía que quebraba el monopolio de Telefónica. Con la economía más boyante del denominado Estado de las Autonomías, Arzalluz ya no hablaba de berzas como en 1988. Once años después, se preguntaba ufano: «¿Qué pasaría si nos separáramos de España? En primer lugar, un enorme alivio. Además, económicamente viviríamos mejor.»

En sus más de 20 años al frente del Euskadi Buru Batzar, el gran problema de conciencia de Arzalluz ha sido la contradicción entre su firme repudio de la violencia como instrumento para conseguir la independencia y la ambigüedad con la que a veces ha afrontado la lucha armada de ETA. En 1992, le fue incautada al sindicato abertzale LAB el acta de una reunión entre el PNV y HB en la que se le atribuía la siguiente afirmación: «No creemos que sea bueno para Euskal Herria que ETA sea derrotada.» Y en 1994 salió en defensa de los presos etarras con estas palabras: «No son delincuentes, porque no matan para enriquecerse ni para beneficiarse personalmente, sino por un ideal político.» Cuatro años más tarde, empleando un tono más coloquial, aseguró: «ETA sí tiene un proyecto político. No es una simple mafia ni la banda de El Tempranillo.»

Quien hablaba así, era el mismo que en 1968 había decidido poner tierra de por medio con aquella ETA incipiente que, nueve años después de su nacimiento, mató al policía Melitón Manzanas. Tan tajante decisión encajaba con esta rotunda confesión realizada al cabo de unos años:«Como nacionalista radical, estoy cercano a ETA y a la izquierda abertzale. Pero yo soy demócrata: no quiero tener nada que ver con gente que quiere imponer su opinión con la violencia.» En los peores años del plomo (solamente en la década de los 80 se registraron 401 atentados mortales), Arzalluz contemplaba atónito el desastroso callejón sin salida del terrorismo. Entonces alzó su voz atronadora: «Si tuviera inteligencia y valor para tomar decisiones, ETA debería disolverse» (1991). «Que tengan claro [los de ETA] que somos muchos más y podemos matarlos a todos.» (1993).

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«Uno no se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí. Esto no es bueno, pero es así. Es una cuestión de carácter.»

¿Era irremediable el sangriento fenómeno etarra, pese a que el partido hegemónico fundado por Sabino Arana rechazara la violencia? En una pintoresca respuesta a una publicación austriaca, en el año 2000, Arzalluz explicaba: «Los vascos somos muy directos. Uno no se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí. Esto no es bueno, pero es así. Es una cuestión de carácter.» Resulta fácil evocar al escorpión de la fábula de Esopo que, por su naturaleza, no tenía más remedio que clavarle su aguijón a la rana aunque perecieran los dos.

Al margen de cuanto llevamos escrito sobre él, ¿quién era Xabier Arzalluz como ser humano y como animal político de primera magnitud? ¿De dónde venía y adónde iba? ¿Cuáles eran sus rasgos ideológicos más acusados? Vamos por partes. Nuestro personaje vino al mundo durante la Segunda República en el seno de una familia numerosa muy religiosa (él hacía el séptimo de siete hermanos, cinco de los cuales, sacerdotes y monjas). El padre era un requeté carlista que conducía autobuses y estuvo en prisión por adherirse a la sublevación franquista. La madre fue una costurera euskalduna que llegó a ser multada por hablar vasco en la calle con una hermana suya. «Estas cosas –declaró Arzalluz refiriéndose a aquella desgraciada anécdota—son las que han hecho que los que éramos hijos de carlistas seamos nacionalistas.»

 

Ordenado sacerdote a los 31 años

Su infancia quedó marcada cuando ingresó en un seminario diocesano a los 10 años y en una escuela apostólica de la Compañía de Jesús a los 12. Antes de ser ordenado sacerdote en 1963 (a los 31 años), se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras, ejerció como profesor y amplió sus estudios en Alemania, en donde entró en contacto con el servicio religioso de inmigrantes españoles. En esa época, sintonizaba con la socialdemocracia que abrigaban los partidos democristianos que seguían las encíclicas más avanzadas de Juan XXIII y Pablo VI. Ya en 1955, cuando a los 23 años pasó el verano como minero voluntario del Servicio Universitario del Trabajo (SUT) en Río Tinto (Huelva), su conciencia social había recibido un aldabonazo al comprobar la vida privilegiada de los ingenieros en contraste con la de los mineros de pulmones maltrechos.

Después de abandonar el sacerdocio y la Compañía de Jesús en 1968 y conseguida la secularización en 1971, se casó con una vizcaína de familia bien, Begoña, con la que compartió tres hijos. Desde aquel año hasta su muerte ha vivido desposado también con el PNV, aunque tras abandonar la presidencia del partido expresó un desapego creciente: «No estoy de acuerdo con cómo se están haciendo las cosas, salvo lo que hace Ibarretxe.»Lo dijo en 2007, cuando aún el lehendakari era Juan José Ibarretxe, al que alentó en 2005 a presentar en el Congreso el famoso plan que proponía la «libre asociación» del País Vasco y España y que fue rechazado por 313 diputados de un total de 350. Pero quien estaba al frente del PNV desde 2004 era Josu Jon Imaz, un político nada dado a aventuras secesionistas y luego altísimo ejecutivo empresarial.

Con ETA agonizando (el último atentado en España se produjo en 2009 y el anuncio del cese de la violencia se llevó a cabo en 2011), la gran mayoría de la sociedad vasca entró de lleno en un periodo de descompresión creciente, al mismo tiempo que en Cataluña ocurría todo lo contrario. A raíz de la afrenta causada por los recortes del Estatut propulsados por el PP, la desafección hacia España y el sentimiento independentista catalán no hicieron otra cosa que expandirse.

Por encima de cualquier etiqueta ideológica, Arzalluz fue un patriota vasco de corazón y de vísceras («soy español jurídicamente, pero no lo siento»), que se permitió el lujo de predicar el independentismo cuando casi nadie osaba mencionarlo. Meses antes de ser aprobada la Constitución, en 1978, el entonces portavoz peneuvista en el Congreso dejó muy clara su posición: «Nos reservamos el derecho de secesión, esté o no en la Constitución, si no se nos permite vivir a nuestro modo dentro del Estado.» Con motivo del 40º aniversario del texto constitucional, El Diario Vasco publicó las que, a la postre, serían sus últimas declaraciones: «Nos metieron un texto tan brutal como el Título Octavo, que otorga a las Fuerzas Armadas la facultad de ser garantes de la Constitución. Solo por eso no podíamos aceptarla, ni como vascos ni como demócratas.»

«Soy español jurídicamente, pero no lo siento»

Además del avispero etarra en que cayó en distintas ocasiones, Arzalluz se metió en un berenjenal de mil demonios cuando, en la década de los noventa, empezó a hablar de raza, de craneometrías, de sangre, de genes, etcétera. Por muchas puntualizaciones que hizo, el tufo supremacista no desapareció. Si en 1992 echó mano de la ironía para proclamar su alegría porque a sus antepasados vascos «no los romanizaran», en 1993 y 1994 quedó atrapado en un inmenso agujero negro (y nunca mejor dicho lo de negro). He aquí el cuerpo del delito: «Los vascos son los descendientes de los primeros colonos neandertalenses de Europa y han conservado un patrimonio genético diferente […] con una enorme cantidad de Rh negativo.» Más: «Primero anduvieron los antropólogos con su craneometría. Luego vinieron los hematólogos con el Rh de la sangre. Siempre encontraron una especificidad entre los vascos.» Más aún: «La raza existe. No hay más que mirar a un sueco y a un zulú. El problema empieza cuando alguien dice que el sueco es superior al zulú y lo quiere reducir a la servidumbre.» ¿Es realmente racista Arzalluz? «Yo no soy racista. Yo prefiero un negro que hable euskera a un blanco que lo ignore.»

En paralelo a tan escabrosas afirmaciones, el político exjesuita se explayó, también 1993, con el problema de la inmigración, popularmente conocido como el tema de «los de aquí y los de fuera» (hemengoak eta kanpokoak, en lengua vasca). Arzalluz dixit: «A veces parece que los de fuera quieren hacerse dueños de este pueblo. Una cosa es la limpieza étnica, contra la que estamos, y otra que los de fuera se hagan con la mayoría.» Y para que no hubiese ninguna duda, remachó el clavo: «De tanto portarnos bien, nuestro nacionalismo se ha ido descafeinando.» Entre los de fuera, les llegó en 1995 un nuevo obispo destinado a Bilbao, un monseñor nacido en la provincia de Ávila que fue mal recibido («un tal Blázquez,» según Arzalluz), aunque acabó siendo bien aceptado debido a sus esfuerzos para adaptarse a los de aquí.

Para Arzalluz, Aznar pasó a ser «el último godo que quiere dominar a los vascos.»

No podía terminarse esta semblanza sin recordar aquel duelo de titanes que mantuvieron Arzalluz y Carlos Garaikotxea, cuando este era el presidente autonómico y aquel, el perro guardián del caserío peneuvista, como ha tenido a bien definirse el propio Arzalluz. Fue ni más ni menos que una lucha por el poder. En el PNV siempre ha prevalecido el partido sobre el lehendakari, algo que Garaikoetxea no acabó de digerir. La presión fue tan fuerte sobre él que presentó su dimisión en diciembre de 1984. «Nosotros siempre le dimos la peana –se justificó Arzalluz—y no fuimos correspondidos.» ¿Quién puede salir indemne enfrentándose a un fornido y taimado mastín empeñado en salvaguardar las esencias?

Fue Juan María Bandrés –expresidente de Euskadiko Ezkerra, exdiputado y exsenador—quien acuñó una definición que hizo fortuna: “Maquiavelo era un niño de coro comparado con el máximo dirigente del PNV.” Que se lo pregunten a Aznar, que creyó que lo había neutralizado para siempre y, sin embargo, el supuesto idilio apenas duró. De ser un aliado para Arzalluz, el entonces presidente del Gobierno pasó a ser «el último godo que quiere dominar a los vascos.» Con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, en las memorias de Arzalluz (2005) ha quedado visto para sentencia este juicio sobre Aznar: «Un carácter de tipo paranoide que necesita fabricarse un enemigo para entenderse a sí mismo.» Dicho queda.