Conocida de sobras es la frase de Dean Acheson, secretario de estado norteamericano en la administración Kennedy, de que Gran Bretaña había perdido un imperio pero no había encontrado su lugar en el mundo. Pero Richard Neustadt, otro consejero de JFK, profundizó aún más en la idea: «El Reino Unido –dijo– es una potencia mediana, que no es nuestro vasallo pero tampoco puede decirse que sea nuestro igual, cuya historia, geografía y economía hacen que en este momento concreto se acople perfectamente a lo que nos conviene». Es la versión estadounidense de la máxima de Lord Palmerston, dos veces primer ministro en el siglo XIX, cuando afirmaba que «Inglaterra no tiene amigos ni enemigos eternos, sólo intereses eternos».

¿Qué significa el Brexit para la política exterior y de seguridad británica, en esa línea imaginaria que empieza con la batalla de Hastings en el 1066 y la conquista normanda por parte del rey Guillermo, y discurre por los recovecos de guerras religiosas, de sucesión y de las rosas, las dos grandes conflagraciones mundiales, la construcción y pérdida de un imperio, las masacres coloniales, regicidios y usurpaciones, Enrique VIII, Robin Hood, Oliver Cromwell, Horatio Nelson, el pirata Drake y la Armada Invencible, ocupaciones extranjeras y las mentiras de Blair en la guerra de Irak? ¿Tiene alguna lógica, algún sentido en esa búsqueda de un lugar en el mundo?

Las clases políticas conservadoras que mandan hoy en Londres querrían viajar en el túnel del tiempo a la primera era isabelina, la Edad de Oro de Inglaterra, cuando reinaba la paz interior después de la Reforma protestante (y la represión sistemática de los disidentes), y las obras de un tal William Shakespeare se representaban en el Globe Theatre del sur del Támesis, había un boyante comercio transatlántico ayudado por el pirateo de Francis Drake contra los galeones españoles y holandeses que hacían la ruta de las Indias, un tiempo de aventuras y de ilusión en la construcción de un imperio en el que con el tiempo no se pondría el sol, con Francia sumida en sus Guerras de Religión y con la España de los Habsburgo como único rival por la supremacía global.

 

Un punto de inflexión

Es posible, como sostienen algunos historiadores, que esa morriña imperial esté sobrevalorada, porque al fin y al cabo el Imperio sólo aportó en su mejor momento un 6% del producto interno bruto de Inglaterra, y que con el paso del tiempo el Brexit sea visto como una absoluta irrelevancia histórica, una nota al pie de la misma página que habla de las dos negativas de Charles de Gaulle a aceptar al Reino Unido en la Comunidad Económica Europea (CEE), del ingreso finalmente en 1973 de la mano de Edward Heath, y del posterior referéndum sobre la permanencia.

También es posible, como afirman otros, que se trate de un punto de inflexión en la decadencia y pérdida de influencia que comenzó a gran escala con la debacle de Suez, cuando Londres se alió con Francia e Israel para hacerse con el control del canal porque no se fiaba de Nasser, y el general Eisenhower puso a Anthony Eden en su sitio, obligándole a dar marcha atrás si no quería un ataque contra la libra esterlina que hundiría la economía del país. A pesar de estar en el bando vencedor, la II Guerra Mundial no había reforzado a Inglaterra (excepto moralmente), sino que la había arruinado.

«Ningún hombre es una isla; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti», escribió John Donne en la primera era isabelina

Paradójicamente, esa cura de humildad fue el principio de la «relación especial» con los Estados Unidos que, como dijeron sin tapujos Dean Acheson y Richard Neustadt, veían a Gran Bretaña como una «mini gran potencia» apoyada en el soft power que le proporcionan la universalidad de su idioma, un ejército dotado de más armas (incluidas las nucleares) que va mucho más allá de sus necesidades reales, un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un excelente servicio diplomático y un establishment que hasta ahora siempre había buscado el equilibrio entre el pragmatismo y el idealismo, la moral y la economía, las fuerzas del mercado y los derechos humanos. Hasta que llegó el Brexit y lo echó todo por tierra.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

Tras la debacle de Suez, Londres abrazó el atlantismo y una relación de parentesco subordinado, como de hermano pequeño a hermano mayor, con los Estados Unidos. Tras el ingreso en la CEE, adoptó también una especie de europeísmo a regañadientes o a la contra, favorable a la construcción de un mercado único (que también ahora ha abandonado) pero enemigo de una federación política europea («No hemos reducido las fronteras del Estado en Gran Bretaña para que ahora no las imponga Bruselas», proclamó Margaret Thatcher en su discurso de Brujas en 1988, precursor en cierto modo del Brexit).

 

Ni ocupados ni derrotados

El tercer pilar de la política exterior del Reino Unido en los últimos cincuenta años ha sido un multilateralismo reforzado por la globalización. Pero aunque los británicos, tanto laboristas como tories, siempre han aceptado con realismo y humildad su posición de dependencia respecto a Washington y su rol de Sancho Panza respecto a Don Quijote (Donald Trump, por ejemplo, dejó en ridículo a Theresa May favoreciendo descaradamente que Boris Johnson la reemplazara), un porcentaje muy alto nunca se han sentido europeos como se siente un español, un italiano o un irlandés. No sólo por el hecho de tratarse de una isla, sino porque piensan que jamás se han aliado o estado a las órdenes de Napoleón, Luis XIV o Hitler, nunca han sido en tiempos modernos ocupados ni derrotados.

Es la mítica de la resistencia (aunque otros pueblos hicieron sacrificios mucho más grandes en la II Guerra Mundial) y la esencia del «excepcionalismo británico», esa convicción, todavía existente, de que se trata de un país especial y mejor, tocado por la varita de los dioses. No dudan en afirmarlo ministros del actual Gobierno al explicar por qué han vacunado ya a más personas, aunque lo ignoran en relación con los más de cien mil muertos que ha causado la pandemia, uno de los índices más altos del mundo.

Antes de Suez, Eden sostenía que los intereses de Gran Bretaña se extendían «mucho más allá de Europa, a todos los rincones del planeta», y en base a ello se resistió a creer que la guerra había acabado con la era de la Pax Britannica, a conformarse con un lugar más modesto en el mundo, de segundo violín, con los Estados Unidos y la Unión Soviética como directores de orquesta. Después de Suez, Harold Macmillan reconoció que había que «aceptar el mundo tal como es y no como queramos que sea», y para mantener la influencia procuró adoptar respecto a Washington un papel como el de Grecia respecto a Roma, susurrando sensatez a los oídos de los poco sofisticados estadounidenses. Tanto él como sus sucesores se dieron cuenta de que, tras la creación de la CEE, el Reino Unido no podía quedarse fuera y ser eclipsada por aquellos a quienes había derrotado en la guerra. Especialmente Alemania.

 

Las tres patas de la silla

Ese realismo ha desaparecido con el Brexit, después de casi medio siglo de pertenencia al club. De las tres patas de la silla en que se sienta la política exterior del país, la del europeísmo ha sido cortada y el equilibrio ha desaparecido. Sigue firme la del multilateralismo, pero incluso se resquebraja la madera del atlantismo por la amistad entre Johnson y Trump, que lógicamente ha puesto en guardia a Joe Biden, de origen irlandés y orgulloso de ello, defensor a ultranza de los Acuerdos del Viernes Santo y que asocia la bufonería del premier británico, sus amenazas de incumplir los pactos suscritos con Bruselas y su intento de «derogar» el Parlamento como parte del populismo que intenta combatir.

El Brexit ya es realidad, pero el Reino Unido de Johnson sigue sin conocer su lugar en el mundo, igual que en los años sesenta. Frente a desafíos como el revanchismo de Putin, el caso Navalny, el programa nuclear iraní, la violación del embargo de armas de la ONU por Turquía, la inmigración, los avances hegemónicos de China, el polvorín del Oriente Medio o la amenaza del islamismo radical, no tiene, una vez desgajada de la UE, ningún plan concreto, más que el de ir improvisando, sin comprometerse con nadie, dentro de un vago concepto de «Gran Bretaña global», política y geográficamente dispersa, líder de una Commonwealth reforzada de la que forman parte 53 países con un PIB de once billones de euros, sexta potencia comercial y octava militar del planeta, anclada aún en la vieja teoría de que el país no tiene amigos ni enemigos eternos, sólo intereses eternos.

Como una reconstrucción del «espléndido aislamiento» de finales del XIX, cuando Benjamin Disraeli y Lord Salisbury optaron por evitar el establecimiento de relaciones estrechas y duraderas con cualquier otro país debido a las dificultades para preservar la hegemonía por las enormes fronteras exteriores que había que defender, el aumento de la población y una economía dependiente de las importaciones de materias primas, como ahora lo está de los servicios.

 

Un «populismo aristocrático»

Históricamente, las clases dirigentes británicas han aplicado a rajatabla el concepto «lampedusiano» de que todo cambie para que nada cambie y han contenido las alteraciones radicales bajo la apariencia de continuidad, aplicando además el coste de la rebelión a los rebeldes, una especie de «populismo aristocrático» que ha hecho de las vidas de una minoría de ricos el relato nacional, y garantizado que la revolución no signifique la emancipación. Pero con el Brexit han perdido el oremus.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

La «relación especial» con los Estados Unidos está en manos de lo que decida hacer Biden, en principio poco entusiasmado por suscribir ese gran acuerdo comercial que prometía Johnson. Y la relación no tan especial con la Unión Europea se encuentra tan tocada que no sólo la integración económica ha quedado hecha trizas, sino también la cooperación en materia de seguridad, investigación o defensa, incluidas cuestiones tan mundanas como la participación en maniobras militares, la presencia de ministros británicos en las reuniones o el mantenimiento de delegaciones consulares conjuntas en terceros países. Los piques son constantes. Londres se resiste a conceder a los representantes de la UE pleno estatus diplomático, y Bruselas aprieta las tuercas a base de burocracia. Decían los súbditos del imperio que no había que tener miedo al rifle de un inglés sino a su pluma. Ahora se han cambiado las tornas, y los continentales castigan a Londres con toneladas de papeleo, certificados de origen, declaraciones de aduanas.

Suez fue un error de cálculo, creyendo Gran Bretaña que era más fuerte de lo que en realidad era. El Brexit es una herida autoinfligida impulsada por la nostalgia que ya se verá cómo acaba, pero de entrada significa un regreso a una versión globalizada del «espléndido aislamiento». Debe ser el gen isleño de viejo imperio mercantil, pero lo cierto es que la Inglaterra de Johnson querría ser un iceberg en medio de los mares con GPS incorporado, que se acercara a los Estados Unidos, a Europa, a China o a Rusia según sus intereses del momento. Pero una cosa es la soberanía y otra el poder real, y en Londres parece que no lo tienen muy claro.

«Ningún hombre es una isla por sí mismo sino parte del continente; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de tus amigos, o la tuya propia; ningún hombre es una isla; la muerte de cualquiera me afecta porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti». Esto lo escribió el poeta John Donne en la primera era isabelina, la Edad de Oro inglesa, aquella a la que querrían regresar los nostálgicos. Cinco siglos después, muchos de sus compatriotas no piensan así ni tienen ese apego a Europa. Si oyes tocar las campanas, es que tocan por Inglaterra.