1 – LA PRÓXIMA ELECCIÓN PRESIDENCIAL DEBERÍA CONFIRMAR, DE ENTRADA, LAS FRACTURAS REGISTRADAS EN 2017.

La decadencia de la izquierda y el fin de la división izquierda/derecha como eje político dominante.

En 2017, el conjunto de los candidatos de izquierda obtuvieron el 27 % de los sufragios emitidos. En 2022, deberían reunir aproximadamente el mismo porcentaje. En concreto, el Partido Socialista, cuyo candidato obtuvo un 6 %, parece que esta vez no puede alcanzar el 5 %. Su existencia misma está amenazada hoy en día. Este partido no se ha recuperado del desastre de la elección de 2017 al haber analizado mal sus resultados. Consideró que el avance y la victoria de Macron eran un accidente debido a factores coyunturales. Puesto que el 46 % de los electores de François Hollande de 2012 habían votado desde la primera vuelta de 2017 a favor de Emmanuel Macron, un 15 % a Jean-Luc Mélenchon, el líder de la izquierda radical, y sólo un 6 % al candidato socialista, el PS ha intentado reconstruirse condenando el balance del quinquenio Hollande por ser demasiado «liberal» y ejerciendo una «oposición sin concesiones» al «liberalismo macroniano». Así provocó la pérdida de la mayor parte de su electorado, virando hacia Mélenchon, quien excluía, sin embargo, aliarse con él. Ya no tenía, pues, una estrategia. Su marginalización acelerada obedece a este vacío estratégico, amplificado además por la mediocre campaña de su candidata en 2022.

Como en 2017, es Jean-Luc Mélenchon quien debería llegar en cabeza entre los partidos de izquierda, pero con un resultado reducido a la mitad, del 19 al 10 %. El candidato ecologista no parece poder rebasar por mucho el 5 % (necesario para obtener el reembolso de los gastos de campaña). En cuanto a la candidata de las primarias llamadas «populares», organizadas desde fuera y en contra de los partidos, Christiane Taubira, tampoco parece poder obtener un resultado importante. Su candidatura no puede más que contribuir a un debilitamiento suplementario de lo que queda de las organizaciones políticas de izquierdas. La izquierda estará de nuevo ausente, pues, en la segunda vuelta de la elección y conservará una posición marginal dentro del sistema político. No se vislumbra actualmente ninguna posible recomposición.

 

La sólida posición de Emmanuel Macron.

Los sondeos otorgan actualmente un cuarto de los sufragios emitidos a Emmanuel Macron, es decir, el mismo nivel que en 2017, muy por delante de los demás candidatos, lo que le asegura la clasificación para la segunda vuelta. Estas cifras confirman que su victoria de 2017 no fue un accidente, sino que marcó, por el contrario, el principio de una reconfiguración importante de las fuerzas políticas. Situado en el centro del tablero político, ocupa una posición estratégicamente ventajosa frente a las numerosas candidaturas que se oponen a él. En la segunda vuelta de la elección las previsiones lo sitúan como reelegido sea cual sea el candidato al que se enfrente. Es cierto que sus adversarios están divididos y que él es el único candidato que se beneficia de una sólida imagen presidencial. Los electores estiman que ningún candidato lo haría mejor y que ha gestionado correctamente la crisis sanitaria. La mitad de ellos cree que saldrá reelegido. Por lo demás, la crisis internacional lo sitúa en el primer plano de la escena.

 

El dominio de la derecha radical en el seno de las derechas. 

En 2017, por primera vez, la candidata del RN (Agrupación Nacional por sus siglas en francés, antiguo Frente Nacional), Marine Le Pen, había adelantado al de la UMP (Unión para un Movimiento Popular), el partido de la derecha gubernamental. Solo un punto separaba a ambos candidatos. Desde entonces, esta diferencia se ha incrementado notablemente en beneficio de la derecha radical. Actualmente, los sondeos le dan a esta, representada por dos candidatos, Marine Le Pen y Éric Zemmour, en torno al 30 %, y a la derecha gubernamental LR (los Republicanos) alrededor del 15 %.

 

2 – LOS NUEVOS DESAFÍOS.

Los nuevos desafíos conciernen, así pues, a la derecha y la manera en que se vaya a recomponer después de las elecciones de 2022. Revisten, por tanto, una gran importancia. El primer desafío consiste en el futuro de la derecha radical, pujante pero desgarrada por el conflicto irredimible entre el RN de Marine Le Pen y el candidato Éric Zemmour. El segundo es el futuro de los Republicanos (antigua UMP), aprisionados entre el macronismo y la derecha radical. Estos dos desafíos están estrechamente ligados.

 

El fenómeno Zemmour.

Mientras que el RN, bajo la dirección de Marine Le Pen, había adoptado a lo largo del actual quinquenio una estrategia de «desdemonización», consistente en afirmar su vocación de partido de gobierno y en borrar la imagen de partido de extrema derecha que su padre, Jean-Marie Le Pen, le había imprimido desde su creación, la candidatura de Èric Zemour ha cambiado la situación en esta porción del espectro político. Zemmour, antiguo periodista y polemista de extrema derecha, centrando su discurso de campaña en el peligro mortal de la «gran sustitución» de la población francesa blanca por la población musulmana francesa e inmigrada, considerando que el Islam y el islamismo son una sola y misma cosa y que la guerra civil ya ha comenzado, ha vuelto a dar a la derecha radical una imagen de extremismo. Su estrategia consiste en llevar a cabo una reunificación de la extrema derecha y la derecha moderada. Le falta, para lograrlo, debilitar a la vez significativamente al RN y a los Republicanos. Esta estrategia ha tenido éxito en principio, pues el electorado potencial que le otorgan los sondeos es de alrededor del 13 %. Este electorado se compone a partes iguales de las deserciones del electorado lepenista y de las del electorado del LR. La parte del electorado del LR seducida por Zemmour está compuesta por su sector más derechista, particularmente los católicos más conservadores, atraídos a la vez por razones ideológicas (el miedo a la «gran sustitución») y sociales (el perfil más burgués e intelectual de Zemmour). Sin ninguna posibilidad de ser elegido, Zemmour tiene un interés objetivo en la reelección de Macron, que debilitaría peligrosamente al mismo tiempo al LR y el RN, ya que ambos sufrirían una tercera derrota consecutiva.

 

El debilitamiento de Agrupación Nacional (RN).

Sin la candidatura de Zemmour, Marine Le Pen saldría muy probablemente elegida para la segunda vuelta. Ciertamente, después sería, con toda probabilidad, derrotada por el presidente saliente, pero el RN continuaría siendo el principal partido de la oposición. La candidatura Zemmour da la oportunidad a Valérie Pécresse de rebasar a Marine Le Pen y de salir elegida para la segunda vuelta. Por ahora, los sondeos dan una ligera ventaja a esta última (ver el cuadro anexo), pero la partida no está decidida todavía, sobre todo si en el curso de la campaña Zemmour consigue atraer aún a más electores del FN. Si Valérie Pécresse se clasifica para la segunda vuelta, el futuro de la Agrupación Nacional y de su candidata quedará puesto en cuestión.

 

El debilitamiento de Los Republicanos.

La situación del LR es tan frágil como la del RN. Si Valérie Pécresse se clasifica para la segunda vuelta pero es derrotada luego por Macron, o peor aún, si no se clasifica siquiera, la supervivencia del LR estará amenazada. En efecto, este partido está de hecho profundamente dividido, tanto entre su electorado como entre sus dirigentes. A nivel electoral, en el caso hipotético de un duelo en la segunda vuelta entre Macron y Le Pen, el 60 % de los electores de Pécresse de la primera vuelta votaría a Macron y el 40 % a Le Pen. Esto indica las fuertes tensiones que sufre este partido, acorralado entre Macron y la derecha radical, tal como lo estuvo el PS entre Macron y Mélenchon en 2017. A nivel de los dirigentes, mientras que Valérie Pécresse se sitúa en el centroderecha, Éric Ciotti, que alcanzó la segunda posición en las primarias del LR del pasado diciembre, ha proclamado claramente su proximidad a Éric Zemmour. Por otra parte, el antiguo primer ministro de Macron, Édouard Philip, procedente de la UMP, el político más popular de Francia, se mueve en la sombra para recabar nuevas adhesiones entre la derecha moderada a favor de Macron.

El desafío principal de esta elección presidencial es, pues, junto con el de la reelección probable pero no segura de Macron, la forma en la que se llevará a cabo la recomposición de las derechas tras su eventual reelección. Más allá de esto, es el futuro del sistema de partidos lo que está en juego. Tras la destrucción del PS, el posible estallido del LR y el RN podría significar la victoria póstuma del general de Gaulle, cuyo proyecto, con la instauración de la elección presidencial por sufragio universal, era destruir el «régimen de los partidos». La elección presidencial ha demostrado ser en el período reciente una máquina formidable de triturar partidos. Ha canibalizado la vida política. Macron y Mélenchon han creado «partidos personales», mientras que Zemmour pretende romper el LR y el RN. La democracia representativa, pues, puede quedar más debilitada y, más allá de los retos específicos de la próxima elección, es su futuro mismo lo que está en cuestión.

Queda por saber si la elección presidencial, que se ha afianzado desde el principio como la elección principal del sistema político francés, conservará, en este panorama político desestructurado, los elevados índices de participación que ha cosechado siempre y que, en el curso de las últimas décadas, se ha mantenido más o menos estable, mientras la participación en las legislativas se desmoronaba. Según los sondeos, la participación en esta elección podría descender a su vez, quizá de forma considerable. Ahí está otro desafío importante de las próximas elecciones.