En las páginas de política&prosa venimos avisando desde hace tiempo de la amenaza que representa la extrema derecha para los valores democráticos. En estos más de sesenta números hemos prestado atención a su avance en diferentes países europeos, en Estados Unidos y también en América Latina. En más de una ocasión hemos publicado artículos sobre el riesgo que supone la entrada de Vox en las instituciones españolas, así como la radicalización del Partido Popular, que ha asumido gran parte del discurso de la ultraderecha y no ha tenido ningún reparo en pactar con ella.

Después de la importante resolución del Parlamento Europeo del 15 de septiembre de 2022, en que se afirma que la Hungría de Viktor Orbán ya no es una democracia plena, sino un «régimen híbrido de autocracia electoral», dedicamos un editorial en el número 49 a la preocupante propagación del virus autoritario, incluso en el corazón de la misma Unión Europea. Ahí apuntábamos que «No hi pot haver democràcia sense pluralisme, sense separació de poders, sense institucions independents, sense garantia de drets». Y lanzábamos una vez más un grito de alarma frente a la deriva que estamos viviendo.

Hace tan solo unos meses albergábamos una cierta esperanza de que el viento ultraconservador que estaba barriendo Europa hubiese dejado de soplar o, al menos, se hubiese moderado. Tras la entrada de la extrema derecha en los gobiernos de Italia, Finlandia, Israel y la República Checa, además de su avance electoral en Suecia, Chile y Grecia, sin contar con la enésima victoria de Erdogan en Turquía, los resultados de las elecciones españolas de julio y de las polacas de octubre habían despertado un cierto optimismo. Por un lado, la derrota del PP y Vox, cuya victoria todos daban por segura y, por otro, la victoria de Donald Tusk en un país que, tras ocho años de ejecutivos de Ley y Justicia, estaba camino de la orbanización, mostraron que la tendencia parecía haberse invertido.

Lamentablemente, el mes de noviembre nos devolvió a la realidad que, como se sabe, es tozuda. En Argentina, el paleolibertario Javier Milei, conocido por sus zafios insultos contra los «zurdos», se ha convertido en el nuevo inquilino de la Casa Rosada. En los Países Bajos, el ultraderechista Geert Wilders, euroescéptico e islamófobo, ganó con diferencia las elecciones legislativas y tiene buenas posibilidades de sustituir a Mark Rutte como próximo presidente del gobierno. En ambos casos, además, se ha dado un fenómeno preocupante: la disponibilidad, una vez más, de la derecha tradicional para pactar con estas fuerzas antidemocráticas.

Este 2024, marcado por dos guerras cuyo desenlace es una verdadera incógnita, será un año crucial en el que nos jugamos mucho, empezando por la misma supervivencia a medio y largo plazo de las democracias liberales. Las elecciones europeas del próximo mes de junio y las norteamericanas del mes de noviembre marcarán el futuro de nuestro continente y, en buena medida, del mundo. En Washington ya es un secreto a voces la probable victoria de los Republicanos, ya definitivamente trumpizados. En Bruselas, el avance de la extrema derecha pone por primera vez seriamente en cuestión la tradicional gran coalición entre las principales familias políticas que han forjado el proyecto europeo, es decir, los populares, los socialdemócratas y los liberales.

Nadie descarta ya que una parte de la extrema derecha, representada por los Conservadores y Reformistas Europeos con Giorgia Meloni a la cabeza, puedan ser parte de la mayoría que elegirá la próxima Comisión. No se olvide, además, que en marzo se votará en Portugal y en otoño en Austria: en ambos países la ultraderecha tiene números para llegar al gobierno, en coalición con los conservadores.

Es por esta razón que hemos considerado necesario dedicar el dosier de este número a la extrema derecha. En primer lugar, Pablo Stefanoni desentraña el fenómeno Milei, las causas que explican su victoria y las incógnitas que depara su gobierno. En segundo lugar, Juan M. Hernández-Puértolas nos presenta un análisis de larga duración de la radicalización del Partido Republicano estadounidense a las puertas de un año electoral sumamente complejo.

En lo que concierne al escenario europeo, hemos decidido centrarnos en tres contextos nacionales que consideramos, por distintas razones, prioritarios. Por un lado, Italia, donde la extrema derecha gobierna con mayoría absoluta: como explica Francesca De Benedetti, Meloni no solo no se ha moderado, sino que está intentando tejer alianzas a nivel europeo para cambiar la correlación de fuerzas en las instituciones comunitarias. Por otro, Alemania, donde, como apunta Guillermo Íñiguez, el avance de AfD está tensionando la CDU, el único partido conservador que sigue manteniendo el cordón sanitario frente a la ultraderecha. Por último, Polonia, donde Ruth Ferrero-Turrión se pregunta si la derrota de Ley y Justicia es suficiente para restaurar la democracia en el país báltico.

Ya lo hemos repetido en muchas ocasiones, pero esperamos que, como decían los latinos, repetita iuvant. En los próximos doce meses nos jugamos mucho. Lamentablemente, ya no podemos dar por descontado que en el futuro seguiremos viviendo en democracias liberales y pluralistas. Entendamos, pues, la amenaza que se cierne sobre nosotros y pongámonos todos manos a la obra para aportar nuestro granito de arena. Aunque vayamos tarde, estamos aún a tiempo.